El silencio como “producto” lleva décadas floreciendo en la literatura de la espiritualidad, como fue el caso de Biografía del silencio (2012), de Pablo d’Ors, además de dar lugar a charlas y grupos que se reúnen para compartir el hallazgo del silencio más allá del minuto. En este sentido, el silencio se diluye en el ruido convirtiéndose en un bien de consumo para un sector minoritario de la población en un mundo cada vez más gritón y explosivo. Ahora bien, el silencio tiene muchas derivaciones; puede ser tanto un receptáculo de callado dolor como una fuente de autoconocimiento, de puerta hacia el buen vacío, el no decir y el no saber de san Juan de la Cruz. “Cuando pronuncio la palabra silencio, lo destruyo”, escribió la poeta Szymborska. Desde aquella inquietante película El silencio de los corderos hasta el silencio impuesto por el abusador/a a su víctima, pasando por el silencio de la vergüenza y de la dificultad de relatar para los sobrevivientes el infierno de Auschwitz o el bombardeo criminal de Dresde, los matices del silencio son incontables, pero no debe ser nombrado, como insinúa la Nobel polaca.. Seguir leyendo
El silencio como “producto” lleva décadas floreciendo en la literatura de la espiritualidad, como fue el caso de Biografía del silencio (2012), de Pablo d’Ors, además de dar lugar a charlas y grupos que se reúnen para compartir el hallazgo del silencio más allá del minuto. En este sentido, el silencio se diluye en el ruido convirtiéndose en un bien de consumo para un sector minoritario de la población en un mundo cada vez más gritón y explosivo. Ahora bien, el silencio tiene muchas derivaciones; puede ser tanto un receptáculo de callado dolor como una fuente de autoconocimiento, de puerta hacia el buen vacío, el no decir y el no saber de san Juan de la Cruz. “Cuando pronuncio la palabra silencio, lo destruyo”, escribió la poeta Szymborska. Desde aquella inquietante película El silencio de los corderos hasta el silencio impuesto por el abusador/a a su víctima, pasando por el silencio de la vergüenza y de la dificultad de relatar para los sobrevivientes el infierno de Auschwitz o el bombardeo criminal de Dresde, los matices del silencio son incontables, pero no debe ser nombrado, como insinúa la Nobel polaca. Seguir leyendo
El silencio como “producto” lleva décadas floreciendo en la literatura de la espiritualidad, como fue el caso de Biografía del silencio(2012), de Pablo d’Ors, además de dar lugar a charlas y grupos que se reúnen para compartir el hallazgo del silencio más allá del minuto. En este sentido, el silencio se diluye en el ruido convirtiéndose en un bien de consumo para un sector minoritario de la población en un mundo cada vez más gritón y explosivo. Ahora bien, el silencio tiene muchas derivaciones; puede ser tanto un receptáculo de callado dolor como una fuente de autoconocimiento, de puerta hacia el buen vacío, el no decir y el no saber de san Juan de la Cruz. “Cuando pronuncio la palabra silencio, lo destruyo”, escribió la poeta Szymborska. Desde aquella inquietante película El silencio de los corderos hasta el silencio impuesto por el abusador/a a su víctima, pasando por el silencio de la vergüenza y de la dificultad de relatar para los sobrevivientes el infierno de Auschwitz o el bombardeo criminal de Dresde, los matices del silencio son incontables, pero no debe ser nombrado, como insinúa la Nobel polaca.. Tímido, el silencio es íntimo e infinito, pues venimos del silencio y a él vamos, como nos recuerda Laurence Joseph (Le Mans, 1980) en este libro original y necesario animándonos a aprender a escucharlo. “Los instantes de silencio nos empujan a creer, a confiar en el otro”, afirma la autora, psicoanalista y psicóloga clínica. Que “la conciencia brota del silencio” es algo que saben quienes practican el budismo o rezan en la iglesia sin musitar palabra, o quienes hayan visto Silencio, de Scorsese, la violencia que puede doblegar a la voz que enmudece.. La autora empieza trazando la etimología de ese callar obligado o voluntario al que todos nos sometemos en las palabras latinas tacet (de la que deriva “tácito” y “taciturno”) y sileo, siendo el primero impuesto por alguien. A partir de ahí, Joseph reúne citas y comentarios de quienes han abordado el silente tema, entre ellos Barthes, Celan, Dumézil, Lacan y por supuesto Freud, el cual consideraba el silencio como el primer factor de la angustia infantil. Hablando de Stendhal, Thierry Laget escribió que el silencio “es el vacío que permite que todas las voces resuenen”.. Joseph analiza la omertà como pacto de silencio “codificado y obligatorio” que solidifica la impunidad del crimen. La prosa de Joseph es densa, perturbadora y poética, revelando una experiencia propia tanto en la consulta como en el seno de su familia, ese callar de los miembros de la Resistencia francesa tan bien expuesto en el libro de Vercors El silencio del mar. Joseph analiza la omertà como pacto de silencio “codificado y obligatorio” que solidifica la impunidad del crimen. Desvela con autoridad múltiples facetas del no decir, como el de servir de puente entre el paso de un lugar a otro desmontando así el discurso banal y abriendo la puerta del secreto, del misterio. De esta manera el silencio es “otra clase de palabra” que amplía el horizonte íntimo y lleva a ver la realidad tal cual es, sin sofismas ni artificiales intermediarios.. En manos de la autora, sileo resulta un pozo de paradojas, por ejemplo: “Los amantes del silencio adoran las palabras”, o “Hablar contigo es el último cartucho que no debo quemar a la ligera”. El callar consciente, empecinado, puede enganchar cual droga. Georges Perec escribe: “Si somos fieles, nuestro mismo silencio irá creando en nosotros una atracción cada vez mayor”. Entrelazado entre la nada y el infinito, el material especulativo que maneja con soltura Joseph acaba calando en el hipócrita lector: descubre vergüenzas, persecuciones, maltratos, consentimientos; nos hace visibles a nosotros mismos. A veces llega incluso a propiciar ese relato milagroso que va “de boca en boca”, al decir de Walter Benjamin, y abre el cofre de la memoria cautiva. Quizá haya más silencio en el mundo que su contrario, a pesar del rugido de las armas y de la codicia, y descubramos que esa voz que no se oye es la gran esperanza de nuestro discurso, la esencia misma de lo humano.. Laurence Joseph. Traducción de Palmira Feixas. Gatopardo, 2026.. 169 páginas. 18,95 euros. Búsquelo en su librería
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