Un libro con cuatro relatos de una autora desconocida no parecía un debut muy prometedor en España a finales de los setenta del siglo pasado. El bum latinoamericano y sus grandes novelas marcaban tendencia como gran fenómeno comercial, y el cuento, entendido con frecuencia como un campo de pruebas, era valorado entre escritores y profesores, pero no entre el gran público. “Era un género demonizado. Había una confusión que negaba la calidad del relato, como si fuera un capítulo fallido de una novela. Me decían que los cuentos estaban bien pero que era raro y que esos libros se vendían fatal”, recuerda Cristina Fernández Cubas (Barcelona, 80 años), premio Nacional de las Letras en 2023, galardonada la semana pasada con el Premi Mediterrani Albert Camus y autora de nueve colecciones de relatos, la más reciente, Lo que no se ve (Tusquets), publicada el año pasado. “Tuve la suerte de que la editora Beatriz de Moura cambiara ese ‘raro’ por ‘asombroso’, que creyera en mí y apostara”, dice a propósito de la fundadora del sello Tusquets, fallecida el mes pasado. Fernández Cubas añade que, a pesar de haber escrito novela y teatro, sigue en el cuento porque “tiene un atractivo que no tienen los otros géneros: el riesgo, como si fueras por una cuerda floja”. Una suerte de equilibrismo literario donde hay poco margen para el error en las piruetas y los experimentos.. Seguir leyendo
Un libro con cuatro relatos de una autora desconocida no parecía un debut muy prometedor en España a finales de los setenta del siglo pasado. El bum latinoamericano y sus grandes novelas marcaban tendencia como gran fenómeno comercial, y el cuento, entendido con frecuencia como un campo de pruebas, era valorado entre escritores y profesores, pero no entre el gran público. “Era un género demonizado. Había una confusión que negaba la calidad del relato, como si fuera un capítulo fallido de una novela. Me decían que los cuentos estaban bien pero que era raro y que esos libros se vendían fatal”, recuerda Cristina Fernández Cubas (Barcelona, 80 años), premio Nacional de las Letras en 2023, galardonada la semana pasada con el Premi Mediterrani Albert Camus y autora de nueve colecciones de relatos, la más reciente, Lo que no se ve (Tusquets), publicada el año pasado. “Tuve la suerte de que la editora Beatriz de Moura cambiara ese ‘raro’ por ‘asombroso’, que creyera en mí y apostara”, dice a propósito de la fundadora del sello Tusquets, fallecida el mes pasado. Fernández Cubas añade que, a pesar de haber escrito novela y teatro, sigue en el cuento porque “tiene un atractivo que no tienen los otros géneros: el riesgo, como si fueras por una cuerda floja”. Una suerte de equilibrismo literario donde hay poco margen para el error en las piruetas y los experimentos. Seguir leyendo
Un libro con cuatro relatos de una autora desconocida no parecía un debut muy prometedor en España a finales de los setenta del siglo pasado. El bum latinoamericano y sus grandes novelas marcaban tendencia como gran fenómeno comercial, y el cuento, entendido con frecuencia como un campo de pruebas, era valorado entre escritores y profesores, pero no entre el gran público. “Era un género demonizado. Había una confusión que negaba la calidad del relato, como si fuera un capítulo fallido de una novela. Me decían que los cuentos estaban bien pero que era raro y que esos libros se vendían fatal”, recuerda Cristina Fernández Cubas (Barcelona, 80 años), premio Nacional de las Letras en 2023, galardonada la semana pasada con el Premi Mediterrani Albert Camus y autora de nueve colecciones de relatos, la más reciente, Lo que no se ve (Tusquets), publicada el año pasado. “Tuve la suerte de que la editora Beatriz de Moura cambiara ese ‘raro’ por ‘asombroso’, que creyera en mí y apostara”, dice a propósito de la fundadora del sello Tusquets, fallecida el mes pasado. Fernández Cubas añade que, a pesar de haber escrito novela y teatro, sigue en el cuento porque “tiene un atractivo que no tienen los otros géneros: el riesgo, como si fueras por una cuerda floja”. Una suerte de equilibrismo literario donde hay poco margen para el error en las piruetas y los experimentos.. Cerca de medio siglo después de que apareciera aquella primera colección de Fernández Cubas, Mi hermana Elba, la argentina Samanta Schweblin, al recibir el pasado abril el premio Aena de Narrativa Hispanoamericana por El buen mal, en la primera edición del millonario galardón al mejor libro del año, afirmó que se trataba de un reconocimiento al género del cuento: “Los otros grandes premios internacionales premian novelas, novelas extraordinarias, por supuesto, y muy cada tanto tiene que aparecer una Alice Munro, una Jhumpa Lahiri o una Banu Mushtaq, autoras de un talento sobrenatural, para lograr asomar un libro de cuentos. Me encanta que este premio incluya a otros géneros”.. Fernández Cubas: “Tiene un atractivo que no tienen otros géneros: el riesgo, como ir por una cuerda floja”. ¿Han roto los libros de relatos la barrera que los separaba del gran público lector? ¿El cuento escrito en español atraviesa un momento dulce en las mesas de novedades? Editoriales grandes y pequeñas, pertenecientes a grandes grupos o independientes hoy incluyen estos títulos en sus catálogos de novedades sin grandes aspavientos. Pues ahí están, entre otros títulos publicados en el último año y medio, Era todo el mismo hueco (Random House), de Eider Rodríguez; Personaje secundario (IX Premio Ribera del Duero, editado por Páginas de Espuma), de Sofía Balbuena; La sangre está cayendo al patio (Random House), de Elvira Navarro; Vista del abismo (Alfaguara), de Tomás González; En el camping (Anagrama), de Soledad Puértolas; Miembro fantasma (Páginas de Espuma), de Fernanda Trías; Corazón de piedra (Destino), de Karmele Jaio; Las iras (Galaxia Gutenberg), de Pilar Adón; o Animal Print (Reservoir), de Irene Cuevas. Y el gallego Ismael Ramos ha ganado el premio O Henry por la traducción al inglés de su cuento ‘A lebre’, incluido en el volumen La parte fácil (Las afueras). También Bejamin Labatut ha revisado y recuperado su primer libro de cuentos La Antártica empieza aqui (Anagrama).. “El cuento ha ido creciendo en el mundo editorial”, afirma Juan Casamayor, fundador de Páginas de espuma, el sello en español dedicado por completo a este género desde hace un cuarto de siglo y con cerca de 500 títulos en su catálogo. “Cuando empezamos me decían que estaba loco, que el cuento no vendía. Y ese dogma de hace casi tres décadas ha cambiado. No hay más que mirar las mesas de novedades. Lo que no creo es que hayamos llegado al punto más álgido”, matiza. Las líneas que hoy más triunfan, apunta, son los relatos “de lo no mimético por no decir fantástico, que ya se ha asumido dentro de la narrativa, y cosas como el gótico andino y el terror social que escriben muchas mujeres, porque el cuento escrito por ellas se lee más”.. Los escritores Pilar Adón, Cristina Fernández Cubas y Benjamín Labatut. A. AYERBE (IMPEDIMENTA) / I. Giménez (TUSQUETS) / S. Costantino (Avalon / Europa Press). Los caminos y propuestas son amplios. La uruguaya Fernanda Trías defiende en su obra la ruptura con una tradición que ella define como “el cuento del knock out cortaziano”. El género es muy amplio y muy flexible: “Conviven muchos tipos distintos. Se escribe mucho y muy bueno. Yo me enganché leyendo relato anglosajón con Katherine Mansfield, Alice Munro, o Flannery O’Connor. Un tipo de relato que toma cosas de la novela, como la profundidad psicológica de los personajes. Esa radiografía del alma es lo que trato de hacer”.. ¿Cómo se llegó a esta hora del cuento? Casamayor echa la vista atrás y considera que el auge en la venta de novelas de los años sesenta en adelante, junto a la desaparición de revistas donde el público cultivaba su gusto por los relatos y los escritores de posguerra arrancaban su carrera o lograban completar sus ingresos relegó a los márgenes un género que, a pesar de todo, nunca ha dejado de gozar del favor y fervor de los autores. El cuento, como el dinosaurio en el microrrelato de Augusto Monterroso, “todavía estaba ahí”, cuando hemos despertado. Pero son pocos quienes reivindican esta tradición en España. Ana María Matute, Ignacio Aldecoa, Juan Benet, Carmen Martín Gaite, Joan Perucho, entre otros, destacaron como cuentistas en la generación de los 50, los premios Cervantes José María Merino y Luis Mateo Díez, los libros de relatos sobre la guerra A sangre y fuego de Chaves Nogales, La cabeza del cordero de Francisco Ayala o Largo noviembre de Madrid de Juan Eduardo Zúñiga. También Javier Marías, Enrique Vila-Matas, pasando por Quim Monzó, Sergi Pámies, Eloy Tizón, Manuel Rivas, Cristina Grande, Pepe Cervera, Ismael Grasa, Hipólito Navarro, Ricardo Menéndez Salmón, Sara Mesa, Marcos Giralt Torrente, Ray Loriga o Juan Bonilla, apostaron por el relato.. Hoy triunfan los relatos “de lo no mimético, por no decir fantástico”, señala el editor Juan Casamayor. “Hubo un buen momento en los noventa, pero la novela era más fácil de vender, y la estructura editorial en torno al cuento ha sido más endeble. Hay a quien aún le cuesta entender que no es un trampolín para escribir otra cosa”, sostiene Casamayor, y apunta a la actual “bibliodiversidad con proyectos editoriales más sensibles a otros gustos” como uno de los factores que han propiciado hoy la bonanza del relato. Un momento cuyo ritmo viene en buena medida marcado por las mujeres. “Y en esto también hay una larga tradición”, señala el escritor Miguel Ángel Muñoz, quien menciona anglosajonas como Dorothy Parker, Cynthia Ozick, Isak Dinesen, Lydia Davis o Lucia Berlin, entre otras, como maestras del género. Después de Cheever, Carver o Bukowski llegó la hora de la fama y el reconocimiento de las cuentistas traducidas cuyos libros (Deborah Eisenberg en el sello Chai, Maeve Brennan en Eterna Cadencia) también llegan constantemente a las librerías.. Muñoz, además de escribir cuentos, decidió estudiar el género y arrancar la conversación entre los autores. Su blog El síndrome Chéjov recogió aquel momento de principios del siglo XXI en que el cuento emergió y 35 entrevistas que realizó quedaron recogidas en La familia del aire (Páginas de Espuma). “Traté de ver en qué momento estábamos allá por 2009. La tradición española estaba desatendida, y muchos de quienes escribían cuento eran conocidos solo por sus novelas. Hoy parece que esa tradición se ha vuelto a olvidar, aunque los escritores de los setenta en adelante hemos seguido en el cuento”, señala.. Más allá de grandes éxitos de crítica y ventas puntuales como Los girasoles ciegos (Anagrama) de Alberto Méndez oManual para señoras de la limpieza (Alfaguara) de Lucia Berlin, ha costado romper el muro y llegar a un público amplio. “Hoy hay muchos lectores nuevos que se acercan al género y las editoriales tratan de repetir el éxito que han tenido autores como Mariana Enriquez o Samanta Schweblin. El mercado editorial da y quita razones en función de las ventas”, reflexiona Muñoz, y subraya que los libros de relatos no han recibido “una atención seria y constante” por los medios, lo que ha dificultado que entraran en la conversación pública y ganaran lectores. Los cuentos de verano encargados a figuras mediáticas aunque no literarias “no valen”, y hacen un flaco favor al género, coinciden Muñoz y Casamayor.. Lo escritores Ismael Ramos, Elvira Navarro y Gudalupe Nettel. P. Souto (LAS AFUERAS) / EUROPA PRESS / R. Antillón. La editora, escritora, traductora y cofundadora de la revista Granta en español Valerie Miles enfatiza el papel determinante que publicaciones tanto especializadas como generalistas tienen en el mercado anglosajón para familiarizar al público con el relato y abrir la conversación en torno a la literatura. “Ese ecosistema es fundamental, porque genera conversación y la lectura tiene mucho que ver con hablar y compartir”, afirma. “El cuento es un artefacto que se sitúa entre la novela y el poema y encaja perfectamente en una revista que ofrece la posibilidad de asumir riesgos, apostar por talento y recoger nuevas voces e ideas imprimiendo un dinamismo a la escena literaria”. Algunas de las cabeceras que publicaban cuento en español han cerrado pero otras se mantienen aunque sin lograr llegar al gran público como Turia o Sibila. Aun así, Miles señala “grandes revistas como Cuadernos hispanoamericanos y Letras Libres, con cuyos directores colaboro e intercambiamos ideas y textos”. Miles constata que hasta ahora el cuento en España ha sido un género más de escritores que de lectores.. “Editores, agentes, críticos, al final, el cuento no ha llegado a tomarse muy en serio hasta ahora. Ha quedado atrapado por la presión de la novela”, objeta Miguel Ángel Muñoz. La autora Elvira Navarro también se muestra cauta en su evaluación del presente, y advierte que “el circuito se ha ampliado pero no tanto”. Sostiene Navarro que se “habla más del cuento de lo que se lee” y que a pesar del impulso que ha llegado desde el otro lado del Atlántico, aún cuesta que este género traspase más allá de lectores muy literarios. “En el momento en que un autor saca una novela, sus cuentos quedan opacados”, afirma.. Pilar Adón lleva casi cuatro décadas empeñada en el cuento, desde que a los 18 años recibió el primer premio literario por un relato. Ha probado otros géneros, y ganó el premio Nacional de Narrativa por su novela De bestias y aves (Galaxia Gutenberg), pero el libro de relatos ha sido una constante, y se define como “activista” de la forma breve. Adón reivindica que “debería estar en igualdad de condiciones frente a la novela”. El momento actual lo califica de “meseta” más que de auge, una etapa de consolidación más que de resurgimiento, algo que ella sitúa hace un par de décadas con el nacimiento de sellos como Menoscuarto o Impedimenta, que también apostaron por los libros de cuentos. “Hoy se ha roto la idea de que no eres escritor hasta que publicas una novela y nadie serio se atreve a decir que los cuentos son un género menor. Estamos llegando a una cierta normalidad, aunque pocas veces aparecen en las listas de los mejores libros del año o del siglo y aún pesa eso de ver el cuento como un hermano pobre”.. “En el momento en que un autor saca una novela, sus cuentos quedan opacados”, sostiene Elvira Navarro. Quizá una de las dificultades que afronta el cuento es su condición única y múltiple, porque un buen relato no hace un buen libro, y una colección debe encontrar su unidad, su ritmo y su atmósfera. Valerie Miles lo compara con un elepé musical: el sentido y mensaje de un álbum frente a los singles, y defiende la importancia de escuchar el disco entero. “Más que reunir distintas texturas y estilos para demostrar con lo que te atreves, hay que tratar de buscar una unidad, un mundo muy concreto, un espíritu, por eso no me gustan tanto las antologías”, explica la escritora Eider Rodríguez, quien al tratar de desentrañar la relación entre la narración breve y las lenguas cooficiales destaca el buen momento que atraviesa la literatura en euskera en el cuento y más allá con autores como Katixa Agirre, Karmele Jaio o Harkaitz Cano, y señala Obabakoak de Bernardo Atxaga como una novela de relatos que la marcó.. “Cosas como la proliferación de talleres de escritura creativa o el intercambio ágil del mundo virtual han ayudado a su expansión y mejor aceptación”, señala el editor Casamayor. “Este es un mejor momento creativo y comercial para el género. Los lectores siempre están condicionados por el mensaje de la industria, y hoy hay una mayor visibilidad de escritoras que hacen gran literatura, son cuentistas y lo reivindican”, señala y apunta a autoras latinoamericanas como Guadalupe Nettel, María Fernanda Ampuero, Mónica Ojeda, Liliana Colanzi, Fernanda Trías, Mariana Enriquez o Samanta Schweblin.. ¿Tiene el cuento hoy más nombre de mujer? “El impulso a la literatura escrita por mujeres es general y eso incluye al cuento. También las narradoras latinoamericanas han hecho que el relato tenga mayor proyección”, apunta Elvira Navarro. Eider Rodríguez reflexiona sobre cómo el género se adecúa “a los tiempos más fragmentados, a los días hechos de cachitos”, y añade que ella siente que sigue empeñada en el género después de 20 años y cinco colecciones porque su “forma de vivir la vida y la literatura encaja bien con el cuento”.. Tampoco faltan quienes apuntan también a la fragmentación de las vidas de los lectores como otro de los factores que favorecen la pegada del cuento, algo que el editor Casamayor rechaza de forma tajante. Cristina Fernández Cubas sostiene que el lector de cuentos “no es nada vago”, un relato no es “corto sino intenso”. Cuando funciona el lector se queda horas pensando en esa historia convertido en el “gran cómplice del autor”, colgado del érase una vez y sus misterios.. Era todo el mismo hueco. Eider Rodríguez. Traducción de Ander Izaguirre Random House, 2026. 148 páginas. 18,90 euros.. Personaje secundario. Sofía Balbuena. Páginas de Espuma, 2026. 128 páginas. 16 euros.. La parte fácil. Ismael Ramos. Las Afueras, 2026. 184 páginas. 16,95 euros.. En el camping. Soledad Puértolas. Anagrama, 2026. 144 páginas. 17,90 euros.. Corazón de piedra. Karmele Jaio. Destino, 2026. 302 páginas. 21 euros.. Vista del abismo. Tomás González. Alfaguara, 2026. 206 páginas. 19,90 euros.. La sangre está cayendo al patio. Elvira Navarro. Random House, 2025. 144 páginas. 18,90 euros.. Las iras. Pilar Adón. Galaxia Gutenberg, 2025. 160 páginas. 17 euros.. Animal Print. Irene Cuevas. Reservoir Books, 2026. 128 páginas. 18,90 euros.
EL PAÍS
