Hace apenas una década, el número 6 de la calle de Santa Ana era un edificio de vecinos. En los descansillos se conocían por los nombres, las conversaciones saltaban de balcón a balcón y los comercios de la calle formaban parte de la vida cotidiana de quienes vivían allí. Hoy, las maletas con ruedas han sustituido en buena medida a los carros de la compra. Las puertas se abren y se cierran al ritmo de turistas que apenas pasarán unos días en Madrid y muchos de los antiguos residentes han abandonado el inmueble. El edificio se ha convertido en un retrato de cómo el encarecimiento de la vivienda y la proliferación de los pisos turísticos están vaciando La Latina, en el mismo corazón de la ciudad. En él todavía resiste algún vecino de toda la vida. La principal, y más conocida, es Francisca López Ruiz, Paquita, de 82 años, cuyo caso se ha convertido en el símbolo de ese proceso.. Seguir leyendo
La conversión de los grandes caseros en aspirantes a fondos de inversión está limpiando de vida vecinal muchas calles del centro de la capital y da rienda suelta a la expansión de los pisos turísticos en la zona
Hace apenas una década, el número 6 de la calle de Santa Ana era un edificio de vecinos. En los descansillos se conocían por los nombres, las conversaciones saltaban de balcón a balcón y los comercios de la calle formaban parte de la vida cotidiana de quienes vivían allí. Hoy, las maletas con ruedas han sustituido en buena medida a los carros de la compra. Las puertas se abren y se cierran al ritmo de turistas que apenas pasarán unos días en Madrid y muchos de los antiguos residentes han abandonado el inmueble. El edificio se ha convertido en un retrato de cómo el encarecimiento de la vivienda y la proliferación de los pisos turísticos están vaciando La Latina, en el mismo corazón de la ciudad. En él todavía resiste algún vecino de toda la vida. La principal, y más conocida, es Francisca López Ruiz, Paquita, de 82 años, cuyo caso se ha convertido en el símbolo de ese proceso.. “Todo el barrio la conocemos y la apoyamos”, resume Teresa Rodríguez, de 74 años, propietaria de una frutería de la zona. La conoce desde hace casi tres décadas. “La hemos ayudado más a medida que se ha hecho mayor, por ejemplo con las compras. Siempre ha sido una vecina muy querida”. Sobre esta última vecina pesa la amenaza de desahucio. A Teresa le preocupa especialmente cómo esta situación puede afectar a la salud de la octogenaria. “Con este disgusto cualquier día le puede dar algo por ese miedo de no saber qué le va a pasar mañana”.. Paquita sospecha que solo le queda esperar el día y la hora en la que ejecuten la condena, a pesar de que nunca ha dejado de pagar su alquiler. Por orden del juez, el Ayuntamiento le buscará “una solución habitacional”. O lo que es lo mismo, un destierro fuera de su barrio de toda la vida. Y con ella estará a punto de fallecer el 6 de la calle de Santa Ana y otro pedazo de La Latina.. Aunque lleva 28 años viviendo en la calle de Santa Ana, el vínculo de Paquita con La Latina comenzó mucho antes. Llegó desde Huelva siendo adolescente y desde entonces toda su vida ha transcurrido en el barrio. Trabajó primero en una perfumería y después en la histórica marisquería Monje, junto a la plaza de Ópera. En La Latina crio a sus hijos, hizo la compra, conoció a sus vecinos y construyó una red de relaciones que hoy considera inseparable de su propia casa. Su madre y su marido fallecieron en el piso donde sigue viviendo con su hijo Carlos, de 47 años. “Aquí está toda mi vida, hijo, toda. Mi vida es esto, es mi mundo”, dice sentada en el salón.. Paquita retratada en su salón, el 21 de julio.Pablo Monge. Matilde Menéndez, de 96 años, lleva más de medio siglo viviendo enfrente. Las dos mantienen una costumbre cada vez más excepcional en el centro de Madrid: hablar de balcón a balcón.. La amenaza de desahucio comenzó en 2023, tras el fallecimiento de la propietaria del inmueble. Uno de sus tres hijos, a través de la sociedad Tolesanta SL, comunicó a Paquita que no renovaría su contrato de alquiler e inició el procedimiento para recuperar la vivienda. Los otros dos herederos también gestionan inmuebles en el edificio mediante sociedades, entre ellas Santa Toledo Real Estate SL, en una finca donde los vecinos sostienen que numerosos pisos han ido sustituyendo a los residentes permanentes por alojamientos turísticos. De acuerdo con la Asociación Vecinal La Chispera, el número de viviendas de uso turístico ilegales asciende a 21 en esta finca. Lo que era antes el 6 de Santa Ana nada tiene que ver con lo que es ahora.. EL PAÍS ha podido comprobar que ninguno de los pisos turísticos que operan en el número 6 de la calle de Santa Ana figura inscrito en el portal público del Ayuntamiento de Madrid. Además, el Plan Reside, aprobado por el Consistorio para regular la implantación de viviendas de uso turístico, prohíbe la coexistencia de estos alojamientos con viviendas residenciales en un mismo edificio. Este periódico ha intentado contactar con las sociedades propietarias para conocer su versión de los hechos, pero no ha obtenido respuesta.. El edificio también conserva otra memoria, la de quienes han visto cambiar la finca durante generaciones. Emilio Matesanz nació allí en 1956 y continúa viviendo en el inmueble gracias a la subrogación del contrato de renta antigua de sus padres. Recuerda cómo los antiguos vecinos fueron marchándose y cómo hoy la mayoría de quienes cruzan el portal son desconocidos. “A Paquita es a la única a la que conozco, es la siguiente inquilina más antigua después de mí”, explica el hombre de 70 años, ya jubilado.. En la calle de Santa Ana los contratos de alquiler se convierten en papel mojado de la noche a la mañana y dan paso a otro sistema de alojamiento: las reservas por noche. Sabela Mascuñana vivió en el bloque entre 2016 y 2017, cuando, recuerda, más de la mitad de las viviendas ya funcionaban como apartamentos turísticos. Compartía piso con otra inquilina y pagaban 900 euros de alquiler. Al cabo de un año el propietario elevó la renta a 1.300 euros, y poco después volvió a incrementarla en otros 500 euros. Sabela decidió marcharse porque no podía asumir el coste. Tiempo después comprobó que aquella vivienda se había convertido en un apartamento turístico. “Nuestro primer pensamiento cuando nos subió el precio fue que nos quería echar”, recuerda. Para ella, el edificio donde vivió apenas conserva parecido con el que conoció hace una década. “La Latina tenía un rollo muy identitario, muy underground, que ha cambiado por algo que no le aporta nada de identidad”.. La cerradura automática de uno de los pisos turísticos del número 6 de la calle de Santa Ana.Rafa Ruiz-Matas. Ese proceso también preocupa a algunos de los pocos pequeños propietarios que todavía viven en la finca. Una propietaria, que prefiere no revelar su nombre para evitar problemas con las inmobiliarias que operan en la finca, compró un piso en 2025, adquirido a través de Santa Toledo Real Estate SL, y asegura que apenas cinco propietarios residen de forma permanente en el edificio, mientras que cuatro grandes tenedores concentran cerca del 80% de la participación en la comunidad. “Cuando vimos lo del desahucio de Paquita nos dimos cuenta de que el alquiler de pisos turísticos no era una actividad que estuviese en receso, sino al revés”, explica. Según sostiene, la inmobiliaria que le vendió el inmueble le aseguró que “en cuestión de ocho meses” se acabaría el uso turístico de las viviendas, una promesa que no se ha cumplido.. La transformación también se aprecia a pie de calle. Los comercios que durante décadas abastecieron a los vecinos han ido desapareciendo para dejar paso a negocios orientados al turismo. Larisa Balinge conoce ese cambio desde dentro. Su familia regentó durante 72 años el histórico Museo de la Radio, antes conocido como El Mesón del Rastro, un negocio situado en el número 8 de la calle de Santa Ana que pasó por tres generaciones. En 2020 recibieron una carta comunicándoles que no les renovarían el contrato. “Cambiaron nuestra vida de un plumazo”, recuerda. Intentaron negociar un año de margen para reorganizar el negocio, pero no fue posible. Hoy, donde antes funcionaba aquel bar de barrio, hay un establecimiento de consignas para guardar maletas.. Para Larisa, el caso de Paquita no es una excepción, sino la continuación de un proceso que comenzó hace años. Sus abuelos vivían en el número 8 de la calle de Santa Ana y ella pasó buena parte de su infancia entre aquel edificio y el bar familiar. “Estoy informada de lo que está pasando con Paquita, la conozco perfectamente. Mis abuelos vivían allí, me he criado allí. Nos han echado a todos”, afirma. También recuerda que en su edificio otras personas mayores tuvieron que abandonar sus viviendas. “Me parece fatal que las instituciones no hagan nada”.. Un cartel informa del desahucio de Paquita en el barrio de La Latina, el pasado lunes.Andrea Comas. La orden de lanzamiento de la sentencia, prevista para el pasado 22 de julio, quedó suspendida de forma cautelar por el Juzgado de Primera Instancia número 36 de Madrid, que solicitó al Ayuntamiento un informe sobre la situación de vulnerabilidad de Paquita y la posible existencia de una alternativa habitacional antes de decidir si el procedimiento debía continuar. La resolución concede un respiro, pero el procedimiento judicial sigue abierto y la octogenaria continúa sin saber cuánto tiempo más podrá permanecer en la casa donde ha vivido durante casi tres décadas.. Cada tarde, Paquita repite un recorrido que apenas ocupa unas pocas manzanas. Baja a comprar fruta, saluda a los comerciantes que todavía la conocen por su nombre y se detiene unos minutos a conversar con los vecinos que quedan. Después vuelve despacio al número 6 de la calle de Santa Ana. Mientras espera una decisión definitiva sobre su futuro, continúa aferrada a una rutina que para ella es mucho más que un hábito. Es la última expresión de una forma de vivir el barrio. Por la forma en la que los fondos actúan impunemente en Madrid, se puede decir que a Paquita solo le queda esperar el día y la hora de la ejecución de su condena.
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