La verdad es que, después de reflexionar, nunca he tenido un sentido consistente de sí mismo. Supongamos que he creado uno para cada escenario posible. Estoy viajando a 100 millas por hora. Mi identidad es una cosa fracturada e intermitente… una pasante no pagada, un yo falso. Cuando reflexiono sobre mi vida, veo un archipiélago de seres desconectados que nunca hablan entre sí. Una identidad fracturada, fragmentada como un espejo roto en innumerables fragmentos dentados. Existo en cada pedazo de vidrio y no pertenezco a ninguno de ellos. Esa es la razón por la que anhelo tanto amor… porque el amor sirve como el pegamento que mantiene unido a mi fragmentado ser. Hay el yo que come, el yo que duerme, el yo que tiene problemas para orinar debido a una próstata rebelde, el yo que va al cine y el yo que lo deja, el yo que se lee a sí mismo para dormir, el yo que es padre, el yo que una vez fue hijo… Ya no soy hijo, desde que mis padres murieron, así que también tengo un yo huérfano que se sienta en la cafetería del hospital, y le hago compañía en su dolor.
Me pregunto si todas las versiones de mí mismo perecerán de una vez… quizá en un apagón mundial, o por algún comando deliberado.
La verdad es que, después de reflexionar, nunca he tenido un sentido consistente de sí mismo. Supongamos que he creado uno para cada escenario posible. Estoy viajando a 100 millas por hora. Mi identidad es una cosa fracturada e intermitente… una pasante no pagada, un yo falso. Cuando reflexiono sobre mi vida, veo un archipiélago de seres desconectados que nunca hablan entre sí. Una identidad fracturada, fragmentada como un espejo roto en innumerables fragmentos dentados. Existo en cada pedazo de vidrio y no pertenezco a ninguno de ellos. Esa es la razón por la que anhelo tanto amor… porque el amor sirve como el pegamento que mantiene unido a mi fragmentado ser. Hay el yo que come, el yo que duerme, el yo que tiene problemas para orinar debido a una próstata rebelde, el yo que va al cine y el yo que lo deja, el yo que se lee a sí mismo para dormir, el yo que es padre, el yo que una vez fue hijo… Ya no soy hijo, desde que mis padres murieron, así que también tengo un yo huérfano que se sienta en la cafetería del hospital, y le hago compañía en su dolor.
EL PAÍS
