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Para los escritores de ficción todas y cada una de las historias son posibles. ¿Es así? Bueno, hasta que chocan con las restricciones
—¿Lo esencial?, me preguntaron un día.. —La alegría de las mañanas, el sol, la casa, el balcón, la música, el café, el trabajo, el quiebro al vacío y al tedio, el regreso diario al discurso propio.. La respuesta hizo fortuna y todavía hoy, a veces, a modo de talismán y porque sé que va a darme confianza, la reescribo poco antes de afrontar un texto como el que estoy aquí escribiendo y que arranca afirmando que para los escritores de ficción todas y cada una de las historias son posibles. ¿Es así? Bueno, lo son hasta que chocan con las restricciones que, con las primeras líneas, los mismos autores se crean. Aunque no pienso que vaya a ser este mi caso, donde la confortable idea de regresar al discurso propio me está incluso facilitando abordar el “estallido de libertad” que dice Alan Pauls que hay en toda digresión.. La digresión, ese feliz desvío del hilo principal.. Y movimiento tan antiguo como la propia literatura. Recuérdese que Homero en la Odisea, introduce una descripción de la cicatriz de Ulises que interrumpe la acción principal para dejar que la vieja sirviente Euriclea lo reconozca. Es una escena que paradójicamente, al desviarse del hilo principal, nos amplía en realidad la trama y, según como, hasta nos hace entrever el futuro reinado de la digresión en la literatura contemporánea.. Es un reinado que de algún modo alentó Montaigne, para quien la digresión era “la estructura misma del texto”, y por eso el inventor del ensayo saltaba de un tema a otro siguiendo el flujo natural de su pensamiento, el libre vagabundeo de su mente.. He visto a narradores de nuestros días, vagabundos mentales perdidos, convertirse en portavoces de la digresión cuando, al presentar sus nuevos libros, les formulan la pregunta de rigor, la que siempre suena tan tópica y, en realidad, no lo es nada, porque en el fondo es una gran pregunta:. —Y dígame, ¿tuvo usted claro desde el principio qué iba a narrar, o la propia escritura le fue desviando del plan original?. En las respuestas, uno detecta a los admiradores de la digresión. Porque encuentra al que, por ejemplo, dice que la escritura es, en realidad siempre, un desvío de un hilo principal que no existe. Y también el que cita a Cervantes y los relatos independientes que insertó dentro del Quijote para expandir el universo del libro, romper la linealidad y reflexionar sobre la propia literatura. Y está también el que no se olvida de Jonathan Swift, que en Historia de un tonel incluyó una genial y larga Digresión en alabanza de las digresiones, por no hablar del inevitable Laurence Sterne y su prodigiosa Tristram Shandy, esa novela donde se nos dice que las digresiones son el alma de la lectura.. Y uno, al recordar esto y lo otro, en plena digresión íntima, se queda pensando en la alegría de aquellas mañanas en el balcón de casa y a la vez en unas palabras de Alan Pauls (en su libro Alguien que canta en la habitación de al lado) que juraría que dan en el clavo:. “Excesiva, impune, descarada, la digresión es la pasión dichosa del relato”.
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