En 1974, J. Tinbergen, el primer nobel de Economía, sugirió que, en un contexto de desarrollo tecnológico, si el sistema educativo proporciona más titulados superiores de los que el mercado reclama, sus salarios relativos bajan, mientras los del resto, por ello más escasos, suben y se reduce la desigualdad. Ese círculo virtuoso ya había sido propuesto por la teoría del capital humano, pero él añadió la metáfora de la carrera, así como que el círculo también podría ser vicioso, si la escasez de títulos superiores eleva sus salarios mientras la sobreabundancia deprime el resto. En 2008, C. Goldin (nobel 2023) y L.F. Katz retomaron la metáfora dando título a un libro que analiza la evolución salarial de los EE.UU. en el siglo XX. El núcleo es que mientras el progreso tecnológico fue firme pero el educativo fue más rápido, por la generalización de la secundaria (primera mitad) y la expansión de la superior (segunda), la productividad creció y la desigualdad salarial se redujo, pero cuando el desequilibrio se invirtió, desde 1980, por la aceleración tecnológica y el estancamiento educativo, productividad y riqueza siguieron creciendo, pero no para todos, y la desigualdad alcanzó cotas desconocidas desde la Gran Depresión, pronto hará un siglo. La carrera determina, pues, si la prosperidad es compartida o se abre una gran brecha.. Seguir leyendo
La escuela no gobierna economía, el trabajo, el clima, ni la paz, pero sí forma para ellos, y su mejor contribución sería asegurar a todos un suelo formativo suficiente
En 1974, J. Tinbergen, el primer nobel de Economía, sugirió que, en un contexto de desarrollo tecnológico, si el sistema educativo proporciona más titulados superiores de los que el mercado reclama, sus salarios relativos bajan, mientras los del resto, por ello más escasos, suben y se reduce la desigualdad. Ese círculo virtuoso ya había sido propuesto por la teoría del capital humano, pero él añadió la metáfora de la carrera, así como que el círculo también podría ser vicioso, si la escasez de títulos superiores eleva sus salarios mientras la sobreabundancia deprime el resto. En 2008, C. Goldin (nobel 2023) y L.F. Katz retomaron la metáfora dando título a un libro que analiza la evolución salarial de los EE.UU. en el siglo XX. El núcleo es que mientras el progreso tecnológico fue firme pero el educativo fue más rápido, por la generalización de la secundaria (primera mitad) y la expansión de la superior (segunda), la productividad creció y la desigualdad salarial se redujo, pero cuando el desequilibrio se invirtió, desde 1980, por la aceleración tecnológica y el estancamiento educativo, productividad y riqueza siguieron creciendo, pero no para todos, y la desigualdad alcanzó cotas desconocidas desde la Gran Depresión, pronto hará un siglo. La carrera determina, pues, si la prosperidad es compartida o se abre una gran brecha.. Es la tesis del cambio tecnológico sesgado por la cualificación (skill-biased), que resiste pero ha ido dejando paso a la del sesgo por las tareas (task-biased) que defienden economistas como D. Autor y D. Acemoglu (otro Nobel, 2024). Aplicada al presente, sostiene que la transformación digital no sustituirá tanto empleos completos, como los conocemos, cuanto tareas susceptibles de serlo en todos ellos; en particular las de procesamiento de la información que eran el componente complejo del grueso de empleos de clase media, cuando recaían en los humanos, pero triviales para los algoritmos digitales. La carrera, pues, no consistiría tanto en lanzar más títulos académicos al mercado, aunque tal progresión siga, sino en rediseñarlos de modo que no se vean destruidos ni degradados porque sus tareas son absorbidas por algoritmos y mecanismos. No ya una simple carrera entre la escuela conocida y una tecnología desconocida, sino también una pugna por la configuración del mercado de trabajo, la estructura de empresas y puestos, entre sistema educativo y desarrollo tecnológico, como dinámicas independientes, y en el seno mismo de cada empleo, organización o profesión.. Llama la atención que esta interpretación nos devuelva al análisis marxista más clásico, siglo XIX, y sus debates de finales del XX. Apoyado en Ure y Babbage, Marx ya señaló que, para que una máquina sustituya a un trabajador, antes hay que descomponer y normalizar las tareas de éste. La división de tareas (que Adam Smith ejemplificó en las 18 necesarias para fabricar un alfiler) era previa a la mecanización, como el taylorismo (gestión científica del trabajo) lo sería al fordismo (cadena de montaje) y la burocracia a la digitalización. Autores como Braverman o Freyssenet desarrollaron a Marx en una lógica implacable: primero descomponer las tareas, después mecanizarlas y automatizarlas; pero otros vieron un horizonte más abierto, con opciones como la maestría profesional (Proudhon), la producción flexible y los distritos industriales (Piore y Sabel) o, simplemente, la pugna por el control entre capital y trabajo organizados (Edwards, Nobel, Thompson…). Carrera, pues, sí, pero que no consiste sólo en correr, ni en hacerlo como hasta hoy, sino que es también un combate por (re)definir saberes, competencias, tareas, procesos, puestos, organizaciones y profesiones, en buena medida fuera de la escuela, pero ya en y desde ella.. Formar, para qué. Y no es la única carrera. Se ha dicho mil veces que la institución escolar debe formar para la ciudadanía, no para el mercado laboral. Aunque algo maniquea, es una afirmación legítima que reafirma y prioriza el interés común frente a los intereses privados, sean empresariales o personales; pero también es un reflejo defensivo de la profesión docente, que prefiere trabajar con lo estable y duradero, el Estado y la ciudadanía, frente a lo cambiante y volátil, el mercado y el empleo, por motivos obvios. La mala noticia es que la esfera política es ya tan inestable y contestada como la económica, no ya por las opciones individuales (votar a quién, militar en qué) sino en todo lo relativo a su estructura misma; en todo caso el discurso, donde el consenso ha estallado y las opciones se polarizan y se multiplican (la ventana de Overton se abre a todo, eliminando toda cautela), y le sigue la práctica, en que proliferan democracias de baja calidad, regímenes iliberales, el autoritarismo competitivo y los populismos. Volviendo a la metáfora, la carrera entre educación y tecnología se extiende hoy, nos guste o no, a la democracia, o mejor decir a la política, que ambas tratan de (re)configurar.. Esta nueva pugna es cada día más clara, incluso ostentosa. Líderes ideológicos de la tecnooligarquía como Peter Thiel, Alex Karp o Marc Andreessen exhiben su deseo de transformar el mundo a medida, a su servicio. Thiel, el hermano mayor, primer gran sostén tecno de Trump (salvo el tenebroso Mercer) y pilar de la construcción de su estado policial, acude a Milei (como los Chicago boys acudieron a Pinochet) para experimentar un gemelo digital de la sociedad que eleve el control a un nivel superior, mientras clama contra el anticristo, que es todo lo que se interponga en su camino y el de los suyos: regulación de la tecnología, gobernanza global, sostenibilidad, humanitarismo… Karp, su segundo en Palantir, proclama en el libro La República Tecnológica (resumido en un manifiesto), más bien tecnofeudal, con más poder duro y menos valores blandos, donde él y los suyos serían la élite y sus empresas el aparato real. Andreessen, protagonista en su día de la privatización de internet y gurú del capital-riesgo tecnológico, lanza su Manifiesto Tecnooptimista, aceleracionista, reclamando libertad absoluta para el capital y su tecnología, declara enemigo todo lo que se interponga e invoca filialmente el Manifiesto futurista de Marinetti, gran precursor intelectual e impulsor fundacional del fascismo italiano. Llamativo, además, que ambos manifiestos se proclamen manifiestos de empresa (de Palantir y Andreessen-Horowitz), poniendo a éstas en el lugar que antes ocupaban partidos u otras asociaciones, Y con redes y algoritmos, vigilancia y seducción, dinero ilimitado y poder sin barreras, de momento sin duda van ganando, están cambiando el terreno y las reglas de juego de la política, sin que las instituciones en general ni las educativas en particular logren dar una respuesta a la altura.. Competición por la adolescencia. Es también una carrera por la adolescencia: por su tiempo, su atención y su alma misma. Y también gana la tecnología, al menos posiciones. Aprecian menos la democracia los jóvenes que sus mayores; los de menos estudios, que los de más; cada nueva cohorte, que la anterior. Hay razones para ello, desde la incertidumbre sobre el futuro hasta la saturación de escuela, ambas de impacto desigual sobre distintas categorías sociales. La escuela no gobierna la economía, ni el trabajo, ni la vivienda, ni el clima, ni la paz…, pero sí forma para ellos, y su mejor contribución sería asegurar a todos un suelo educativo suficiente, erradicando el fracaso y el abandono prematuro, y dejando de insuflar, por activa o por pasiva, la idea de que el desigual logro académico refleja diferencias de valor entre las personas, la falacia meritocrática en versión aristocracia natural.. Tanto o más importa cómo se enseña y aprende. Churchill decía: “Siempre estoy dispuesto a aprender, pero no siempre me gusta que me enseñen”. Así es, y más en el explosivo desarrollo adolescente. Nuestro sistema, empero, sigue anclado en un modelo de currículum tradicional, procesamiento por lotes, lecciones frontales, aulas huevera, horarios fragmentarios, programas arbitrarios, comprensión superficial y memorización efímera, inspirado y sostenido por la imprenta (didacografía –estamparlos todos iguales, mientras aguanten–, lo llamó Comenio, autor del primer libro de texto y diseñador del modelo–el término no tuvo éxito, el concepto sí).. Mientras, el mundo vive la transformación digital, dejando a la escuela tan fuera de juego como ésta y la imprenta dejaron a la crianza doméstica. No es una pugna contra la tecnología pero sin ella (prohibirla), sino con ella contra su dinámica descontrolada (domarla); y no es una carrera para después sino ya, según la maduración lo permite, pues quien no aprenda en la escuela ya ha perdido, especialmente los que antes la dejen.. Mariano Fernández Enguita es sociólogo, catedrático emérito y profesor honorifico de la Universidad Complutense de Madrid. Autor de La Quinta Ola: La transformación digital del aprendizaje, de la educación y de la escuela.
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