La novela más posmodernamente moderna de László Krasznahorkai tiene a un joven idiota, Florian, Flori, Herscht, el loco del pueblo —siendo el pueblo un lugar llamado Kana, un algo perdido en Turingia, repleto de neonazis, o nazzis, para su protagonista—, como epicentro de una peculiarísima y adictiva historia que tira de ti como si fuese algún tipo de cuerda, que está sujetándote, se te lleva, cada vez un poco más lejos; te preguntas cómo y no hay otra respuesta que la digresiva realidad ficticia imposiblemente encantadora y triste, ilusa, y terrible. Una sinfonía —no en vano se dice, en un subtítulo explicativo, que lo que tenemos entre manos es una novela bachiana—, una fuga, una cantata, un algo que contiene una melodía principal que se bifurca en una infinidad de pequeños mundos cuyo fin es alertar, precisamente, sobre el fin de este único mundo.. Seguir leyendo
La novela más posmodernamente moderna de László Krasznahorkai tiene a un joven idiota, Florian, Flori, Herscht, el loco del pueblo —siendo el pueblo un lugar llamado Kana, un algo perdido en Turingia, repleto de neonazis, o nazzis, para su protagonista—, como epicentro de una peculiarísima y adictiva historia que tira de ti como si fuese algún tipo de cuerda, que está sujetándote, se te lleva, cada vez un poco más lejos; te preguntas cómo y no hay otra respuesta que la digresiva realidad ficticia imposiblemente encantadora y triste, ilusa, y terrible. Una sinfonía —no en vano se dice, en un subtítulo explicativo, que lo que tenemos entre manos es una novela bachiana—, una fuga, una cantata, un algo que contiene una melodía principal que se bifurca en una infinidad de pequeños mundos cuyo fin es alertar, precisamente, sobre el fin de este único mundo. Seguir leyendo
La novela más posmodernamente moderna de László Krasznahorkai tiene a un joven idiota, Florian, Flori, Herscht, el loco del pueblo —siendo el pueblo un lugar llamado Kana, un algo perdido en Turingia, repleto de neonazis, o nazzis, para su protagonista—, como epicentro de una peculiarísima y adictiva historia que tira de ti como si fuese algún tipo de cuerda, que está sujetándote, se te lleva, cada vez un poco más lejos; te preguntas cómo y no hay otra respuesta que la digresiva realidad ficticia imposiblemente encantadora y triste, ilusa, y terrible. Una sinfonía —no en vano se dice, en un subtítulo explicativo, que lo que tenemos entre manos es una novela bachiana—, una fuga, una cantata, un algo que contiene una melodía principal que se bifurca en una infinidad de pequeños mundos cuyo fin es alertar, precisamente, sobre el fin de este único mundo.. Y he aquí el fascinante punto de partida —y la melodía principal—: Florian ha recibido clases de un tal señor Köhler, el hombre del tiempo, un físico, sobre la realidad como ente cambiante, sobre el poder de lo cuántico, y, aterrorizado ante la posibilidad de que, “el Algo”, eso que se dio tras “la Gran Explosión”, es decir, el big bang, se convierta, súbitamente, y sin otra razón de la misma idea de la posibilidad con la que se dio en un primer momento, en “el AntiAlgo”, dando lugar al “surgimiento de la Nada”, y el retorno “al punto del que partimos en el universo”, esto es, otro big bang, y otro mundo, distinto, quién sabe si el mismo pero de nuevo reiniciado, lo que acabaría, evidentemente, con el mundo tal y como lo entendemos en este preciso instante, decide escribirle una carta a la canciller Angela Merkel para 1) alertarla y 2) pedirle que lo pare.. Se trata de una sola frase de más de 400 páginas. Gracias al traductor Adan Kovacsics, suena tan inteligentemente flexible en español como debe hacerlo en su idioma original. De ahí que el título del último asalto del último Nobel de Literatura sea el apartado de correos, ese 007769, porque es ese intento de comunicación —quién sabe si fallido, oh, no haremos ni un solo spoiler— ilusamente poderoso lo que pone en marcha el artefacto, degustable hasta lo indecible: piensen que se trata de una sola frase que se extiende durante más de 400 páginas y que, gracias al todopoderoso genio traductor de Adan Kovacsics, suena tan inteligentemente flexible en español como debe hacerlo en su idioma original. La sensación, bernhardiana, de composición musical da, bajo las teclas de Krasznahorkai, un paso más: no se limita a martillear con una melodía —decíamos— obsesiva, como en el caso del clásico, también adictivo, y oscuro, alemán, sino que extrae pequeñas digresiones, que dejan entrar la luz —y el color— a la historia de un casi esclavo.. Y estoy pensando en algo tan absurdamente ridículo como el gusto por los tomates en rama del señor Köhler, tan sabiamente insertado como un solo de, por qué no, violín, en mitad de una escena de acción intelectual que transcurre en un Lidl, capaz de iluminar la inocencia invencible de Florian —y a la vez, dejarla en suspenso— desde un ángulo imprevisto y de una profundidad existencial sutilmente insuperable. El aire narrativo es un aire del siglo XIX, pero de un siglo XIX en el que existen los móviles y, sin embargo, nos traen sin cuidado porque todo lo que importa es aún aquello que queda —lo físico, la correspondencia— y que nadie más está viendo. La vida (y aquello que nos mueve) es una batalla íntima y personal, pero una que, como los tomates en rama del señor Köhler, aún puede tocarse, existe, se trabaja, concienzuda y dolorosamente.. Todo lo que rodea a Florian, excepto su pasión por comunicarse con Angela Merkel —una aventura quijotesca por carta, y en vagón de tren, pues hay un momento en el que el personaje pasa a la acción y viaja a Berlín, y luego simplemente espera en el andén, y no les diré nada más— es horrible. Hay en su vida un Jefe, un Encargado, una tal señora Ringer y el desaparecido señor Köhler, y unos grafiteros que atentan contra símbolos de Bach, el gran compositor. Sus atentados son ridículos. Tienen algo que ver con una (CABEZA DE LOBO), así, en mayúsculas, y molestan sobremanera al Jefe —un tipo que brinda por el Cuarto Reich— que se obsesiona con limpiarlos y que, tal vez, sólo tal vez, está buscando una excusa para ¿qué? ¿Odiar?. Tiene, la vida de Florian, ese idiota ambicioso y sensible, posmoderno, un aire kafkiano: está atrapado entre el mencionado Jefe —un neonazi exigente y autoritario, que aparenta respetarle y quererle, pero que no podría querer a nada ni a nadie y que no es más que una colección de órdenes—, el Encargado —que representa la idea del trabajo invasivo—, su pasión —el señor Köhler: la ciencia— y el mundo que le rodea y que lo considera el loco del pueblo, “un personaje imprevisible”, alguien, aún, se diría, vivo pero en extremo solo, y sin embargo, incapaz de perder la fe en, no tanto el ser humano como la idea de la vida en la Tierra, y la propia Tierra, el milagro que podría dejar de darse en cualquier momento. Si aún no han leído al Nobel, he aquí un buen lugar por donde empezar. Un clásico instantáneo.. László Krasznahorkai. Traducción de Adan Kovacsis. Acantilado, 2026. 424 páginas. 26,60 euros.. Búsquelo en su librería
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