El miedo puede hacer que padres y madres críen bajo presión. No tanto por un temor inherente a la maternidad y la paternidad, sino por las expectativas externas que dictan cómo se debe hacer: alimentar a los hijos de forma saludable, conseguir que duerman bien, limitar las pantallas y evitar cualquier posible error. Una exigencia que puede complicarse durante la adolescencia, cuando mantener una conversación con los hijos parece, en ocasiones, una tarea titánica. Para ayudar a los progenitores a vivir la crianza con más calma, Fátima García Doval (Vilagarcía de Arousa, Galicia, 52 años), pedagoga, diplomada en Magisterio por la Universidad de Santiago de Compostela y licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación por la UNED, acaba de publicar, Ni frágiles ni idiotas (Shackleton Psyché, 2026) junto a José César Perales. Es su segundo título y el primero que escribe con el catedrático de Psicología en la Universidad de Granada, y en el libro ofrece pautas a los progenitores para que niños y adolescentes desarrollen recursos emocionales y criterio propio, sin caer ni en la sobreprotección ni en tratarlos como si no pudieran afrontar las dificultades.. Seguir leyendo
La también licenciada en Filosofía publica ‘Ni frágiles ni idiotas’, un libro en el que ofrece pautas a los progenitores para ayudar a sus hijos a desarrollar recursos emocionales y criterio propio, sin caer en la sobreprotección
El miedo puede hacer que padres y madres críen bajo presión. No tanto por un temor inherente a la maternidad y la paternidad, sino por las expectativas externas que dictan cómo se debe hacer: alimentar a los hijos de forma saludable, conseguir que duerman bien, limitar las pantallas y evitar cualquier posible error. Una exigencia que puede complicarse durante la adolescencia, cuando mantener una conversación con los hijos parece, en ocasiones, una tarea titánica. Para ayudar a los progenitores a vivir la crianza con más calma, Fátima García Doval (Vilagarcía de Arousa, Galicia, 52 años), pedagoga, diplomada en Magisterio por la Universidad de Santiago de Compostela y licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación por la UNED, acaba de publicar, Ni frágiles ni idiotas (Shackleton Psyché, 2026) junto a José César Perales. Es su segundo título y el primero que escribe con el catedrático de Psicología en la Universidad de Granada, y en el libro ofrece pautas a los progenitores para que niños y adolescentes desarrollen recursos emocionales y criterio propio, sin caer ni en la sobreprotección ni en tratarlos como si no pudieran afrontar las dificultades.. “Hay muchos estilos de crianza y cada relación paterno-filial es un mundo, pero no podemos negar que el clima general de la crianza está sobrevolado por una preocupación que en no pocas ocasiones es excesiva”, explica García. La preocupación es normal, saludable y protectora: “Pero en ese afán de apoyo podemos estar pasándonos de frenada”. La pedagoga explica que no es algo específico del ámbito de la infancia y la adolescencia: “Vivimos en un mundo razonablemente seguro y cuyos indicadores no dejan de mejorar. Sin embargo, la percepción social no acompaña a la realidad. En este contexto de temor, altas expectativas y escrutinio social, las familias quieren hacer bien su tarea y es comprensible que ese miedo excesivo acabe por saltar. Esto, además, las vuelve inseguras; parecería que no saben cumplir con su misión”.. PREGUNTA. ¿Dónde está la frontera entre proteger y controlar?. RESPUESTA. La frontera es difusa. El ejercicio de la protección puede requerir cierto grado de control, pero también puede suponer que demos margen para la autonomía de modo progresivo. Proteger, a veces, también es dejar volar porque es favorecer el desarrollo de competencias que permitan un proyecto de vida libre. No siempre es fácil reconocer el control adecuado y protector del control excesivo que impide el desarrollo del autocontrol y la autorregulación de la infancia y la adolescencia. No hay puntos ideales válidos.. P. Su libro se centra en la adolescencia; ¿por qué se tiende a convertir los comportamientos normales de esta etapa en señales de alarma?. R. Porque les queremos y nos preocupamos. Es una reacción esperable, natural y deseable. El marco mental con el que analizamos el mundo es nuestro marco adulto, con nuestros códigos y claves, desde la responsabilidad de cuidar. Tendemos a pensar que el recuerdo autobiográfico de nuestra adolescencia es fidedigno, y no somos conscientes de cuánto se parece a quienes somos ahora en lugar de a quienes fuimos en su momento. Este recuerdo distorsionado nos convierte en una vara de medir injusta e inalcanzable para la adolescencia, necesitada de cometer sus propios errores en un marco de experimentación necesaria.. P. ¿Y qué papel desempeñan la tolerancia al riesgo y la incertidumbre en esta mirada sobre la adolescencia?. R. Ahora mismo vivimos tiempos en los que la tolerancia al riesgo (por mínimo que sea) y la incertidumbre se ha reducido a la mínima expresión y esa situación tiene su reflejo en cómo interpretamos comportamientos adolescentes que pueden llegar a ser muy llamativos y aparatosos.. Los padres tienen que dejar de poner la venda antes que la herida, ahorrándoles toda incomodidad.Lourdes Balduque (Getty Images). P. ¿Cómo puede un padre distinguir entre un malestar normal de la adolescencia y un problema de salud mental que necesita ayuda?. R. Los malestares normales de la adolescencia pueden requerir de ayuda y apoyo. Lo que no siempre necesitan es la patologización. Cada familia conoce a su hijo o hija, debe estar ahí mostrando apoyo, confianza y margen para que puedan intentar resolver sus situaciones problemáticas de modo autónomo. Aunque el adolescente necesite ayuda profesional, esa ayuda debe favorecer también su autonomía, no limitarse a evitarle cualquier dificultad o hacer que dependa siempre de los adultos. No podemos ahorrarles o evitarles toda situación difícil porque entonces les hurtamos su desarrollo actual y su bienestar y libertad futura.. P. Cuando un adolescente pasa muchas horas con el móvil, ¿los padres y madres deberían preguntarse qué está encontrando ahí que no encuentra fuera, antes de limitárselo?. R. El tiempo frente a las pantallas, salvo en casos muy concretos o exagerados, es un pobre indicador o predictor de nada. La Academia Americana de Pediatría ha dejado atrás la obsesión por establecer un número concreto de horas y propone valorar cinco aspectos: chicos (edad y necesidades individuales), contenido, calma (no usar las pantallas como principal recurso para regular emociones), calidad de la elección (que no desplacen sueño, ejercicio o relaciones sociales) y comunicación y acompañamiento. Y, ante todo, debemos tener en cuenta que el móvil no es una actividad, sino el medio a través del cual se desarrollan muchas actividades. Este medio no convierte a dichas actividades en esencialmente mejores o peores que las que se desarrollan en otros contextos. Lo primero debería ser entender el comportamiento más como un síntoma o signo que como un problema en sí mismo. En muchos casos, el móvil será el resultado o el refugio para tratar de satisfacer necesidades psicosociales, bien porque no tienen oportunidades fuera del entorno digital, bien porque no tienen las competencias necesarias para satisfacer sus necesidades en su entorno físico. En cualquier caso, mirar más allá de las horas de dispositivo es lo que nos permite ofrecer la ayuda de calidad que necesitan.. P. ¿Qué tres cosas deberían dejar de hacer los padres de adolescentes si quieren ayudarles de verdad?. R. Es difícil elegir solo tres, pero estos tres son un buen punto de inicio. Primero, dejar de hacer por ellos lo que puedan hacer solos o con algo de ayuda de adultos o compañeros más capaces. En segundo lugar, dejar de poner la tirita antes que la herida, ahorrándoles toda incomodidad. No toda incomodidad es sufrimiento. Hay que dejar a los adolescentes experimentar las consecuencias de sus decisiones. Cuando el riesgo es pequeño y la consecuencia verdaderamente intrascendente, hay que arriesgarse para crecer. Por último, dejar de asumir que todo es patológico. Se puede ser distinto, madurar a un ritmo diferente, tener necesidades poco convencionales y ser perfectamente normal. Ser normal no es ser igual. Esa es la riqueza de nuestras hijas e hijos. Son como ningún otro y debemos permitirles ese regalo y ese privilegio.
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