La escritora barcelonesa recibe la noticia del premio emocionada y se lo dedica a la desaparecida editora Beatriz de Moura. «Este premio también es para ella. Cuando la gente decía que mis cuentos eran extraños e incomprensibles, ella contestaba: ‘Son geniales'», reivindica Leer
La escritora barcelonesa recibe la noticia del premio emocionada y se lo dedica a la desaparecida editora Beatriz de Moura. «Este premio también es para ella. Cuando la gente decía que mis cuentos eran extraños e incomprensibles, ella contestaba: ‘Son geniales'», reivindica Leer
Como si fuera uno de sus personajes, la escritora entra en la librería con gafas de sol, gabardina, mitones y, al cuello, un foulard burdeos-marrón. Podría ir de incógnito o de estrella: esta mañana toca lo segundo. En la Casa del Libro la reciben entre aplausos, abrazos y un ramo de flores. No es para menos: Cristina Fernández Cubas ganó ayer el Premio Cervantes, uno de los galardones más importantes de las letras hispánicas. «Estoy aterrizando aún, ayer estuve zombi todo el día. Me pasé la mañana de médicos oculistas y por la tarde recibí la llamada del ministro, muy simpático él», ha confesado en la librería, rodeada de periodistas y cámaras.. «Pese a mi estado grogui, ayer me acordé de Ana María Matute cuando le dieron el Cervantes», ha rememorado. Se refiere al 2010, cuando Matute, entonces de 85 años, recibió el premio: la noticia le llegó por la tarde, estando con la misma Fernández Cubas y la editora Esther Tusquets. «Ana María era divertidísima, lo contaba todo con mucha vehemencia. Y dijo preocupada: ‘¡Dios mío qué horror, tengo que hacer un discurso!’. Le contestamos: ‘Pero si lo harás muy bien’. Y ella: ‘Antes que ese discurso, preferiría escribir 40 novelas, 200 cuentos y 26.000 ensayos'», ríe Fernández Cubas, que no está tan preocupada por el discurso institucional ante los Reyes, en la tradicional ceremonia en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. «Me encanta que el premio sea por Cervantes. Ahí quizás tengo algo que contar: cómo llegué yo al Quijote… Empiezo a tener ideas», asegura la maestra del cuento.. «Tal vez sea pionera. Pero es que cuando empecé no era normal conseguir publicar un libro de cuentos. Quizás, solo quizás, he introducido una libertad en el cuento», admite. Y recuerda cómo en todas las entrevistas siempre, de forma invariable, le preguntaban cuándo llegaría una novela. Ella siempre respondía que el cuento era un género en sí mismo. Pero la novela llegó: El año de Gracia (1985). Y otras dos más.. Pero si algo identifica a Fernández Cubas son los relatos breves con un toque inquietante, una pincelada de fantástico. «El cuento tiene mucho de aventura y a veces me meto en unos líos que no sé como voy a salir. Un párrafo malo te hunde el cuento entero, es peligrosísimo. Me siento como una funámbula que puede caerse en todo momento. Todos los cuentistas somos trapecistas que trabajamos sin red».. Cuando habla del cuento se explaya, cuenta anécdotas, se desvía del camino y encadena reflexiones. Hasta que concluye: «Este es un premio para mí y para el cuento como género. Soy una entusiasta del género, no solo como escritora sino como lectora. El cuento debe empezar a tener respeto. Antes no tenía ninguno». Y eso que uno de los primeros ganadores del Cervantes fue Jorge Luis Borges (en 1979), un virtuoso del relato corto. Pero Borges era Borges. Y a finales de los 70 las editoriales no querían publicar los cuentos de una escritora desconocida. «No les interesaba, ni siquiera existía. Suerte de Beatriz de Moura, que se entusiasmó con mis cuentos. Cuando la gente decía ‘Son extraños, son incomprensibles’, ella contestaba: ‘Son geniales’. En realidad, este premio también es para ella», reivindica Fernández Cubas, fiel escritora de la editorial Tusquets.. A sus 81 años, Fernández Cubas es la séptima mujer que recibe el Cervantes desde que se creó en 1975. «El siete es mi número de vida, es de buen augurio. Claro que sería mejor si fuera la 23ª mujer que lo recibe. Pero la situación está cambiando. No olvidemos que en España hemos heredado prejuicios de otros países, cuando aquí hemos tenido y tenemos escritoras de primera fila. No digamos ya a doña Emilia [Pardo Bazán]… Pero ha habido primerísimas espadas: Matute, Carmen Martín Gaite, Carmen Laforet…», ha destacado Fernández Cubas, que en el 2000 dedicó una biografía a «doña Emilia», como ella la llama, auténtica adelantada de lo fantástico y la narrativa breve.. Autora de tempo lento y a la contra de las trepidantes exigencias de la industria, el año pasado publicó su última recopilación de relatos, Lo que no se ve, un título que podría servir para enmarcar su obra completa, incluidas sus tres novelas, sus memorias y su biografía de Pardo Bazán. «Siempre digo que lo que se ve me interesa menos que lo que no se ve», señala.. Pero contra todo pronóstico, el verano pasado Fernández Cubas empezó un nuevo relato. «Era un verano muy caluroso. ‘Oh, qué horror’, decía la gente. Hacía un calor infernal en casa… Pero yo, a contracorriente, quería escribir», explica. Inmersa en su proceso de escritura, que siempre es de «descubrimiento», Cervantes la ha interrumpido para distraerla con un premio. «Las novelas saben esperar pero los cuentos son como un amante infiel, si no estás pendiente se va con otra y te deja colgada», compara la escritora.. Al final de su multitudinaria rueda de prensa, Fernández Cubas ha recibido una gran caja de bombones, que ha repartido entre sus colegas periodistas (durante años fue una destacada pluma de Fotogramas). «¿Queréis? ¡Coged, coged!», animaba. Un poco como en sus cuentos, sin saber qué te va a tocar.
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