“Hasta la hora del ocaso amarillo / cuántas veces habré mirado/ al poderoso tigre de Bengala”. Me sentía como Borges, huérfano de tigres, perdidos el oro de la fiera y sus violentas rayas. Había ido al zoo de Barcelona a verlos, como suelo, y no estaban. “Oh tigres, oh fulgores”, lamenté. En la instalación frente a la que desde niño he soñado tanto no se veía ni uno. Pensé que igual me había quedado ciego como el poeta, pero no, un letrero daba cuenta de que allí ya no había ni volvería a haber tigres. Signo de los tiempos.. Seguir leyendo
Jonathan C. Slaght, el autor de ‘Buhos de los hielos del Este’, publica ahora un libro extraordinario sobre la especie siberiana del felino rayado
“Hasta la hora del ocaso amarillo / cuántas veces habré mirado/ al poderoso tigre de Bengala”. Me sentía como Borges, huérfano de tigres, perdidos el oro de la fiera y sus violentas rayas. Había ido al zoo de Barcelona a verlos, como suelo, y no estaban. “Oh tigres, oh fulgores”, lamenté. En la instalación frente a la que desde niño he soñado tanto no se veía ni uno. Pensé que igual me había quedado ciego como el poeta, pero no, un letrero daba cuenta de que allí ya no había ni volvería a haber tigres. Signo de los tiempos.. Ya en casa llamé por teléfono a Pilar Padilla, conservadora de mamíferos del parque. “Sí, se murió en octubre el último, la hembra Pertama, de 18 años, una edad geriátrica, a causa de una enfermedad renal, y se ha decidido que ya no tendremos más, una pena, es doloroso, pero así son las cosas”. Detecté una nota de melancolía en la voz de Padilla, quizá un alma gemela, y nos sumimos en una conversación sobre tigres, para pasar el duelo. “Teníamos dos, ambos tigres de Sumatra, una subespecie más pequeña que el de Bengala (cien kilos los machos, 80 o 90 las hembras), y en peligro crítico de extinción. Tibor, el macho, murió primero, tres meses antes”. La conservadora evocó al animal, magnífico, aunque era tuerto (otro para la lista), por un glaucoma. “Eso le hacía ser algo miedoso y que en el zoo de Edimburgo, de donde procedía, le desdeñaran las hembras. Pero era guapísimo”. Padilla suspiró. Pertama y Tibor se convirtieron en pareja aunque se decidió que no tuvieran descendencia. “Las crías habrían sido un problema porque su línea genética ya está muy representada en los zoos europeos”. Así que para no tener que castrar a Tibor, lo que hubiera sido una faena (para el sujeto y para el practicante), le realizaban implantes subcutáneos anticonceptivos a ella.. ‘Tibor’, el tigre tuerto del Zoo de Barcelona.ZOO BARCELONA. ¿Qué tal eran de carácter? “Ah, muy buenos, aunque, claro, eran tigres, pero de fácil manejo, acudían a la llamada de los cuidadores e inspiraban confianza. Tenían sus cosas de tigres, ciertamente: te hacían emboscadas, y no podías darles la espalda porque te atacaban, por instinto. Él era muy noble, ella más puñetera”. ¿Dieron algún susto gordo? “No, de haberlo hecho hubieran sido noticia: hubiera habido muertos; por ejemplo si alguien se hubiera lanzado a su recinto no habría sobrevivido, los tigres no son como los leones que puede que no te maten”, explicó Padilla con un extraño orgullo.. Ya no habrá tigres, pues. “Sí, un final de época; también pasó con los guepardos. La modernización exige espacios más grandes y optar por unas especies en detrimento de otras”. Debía ser fantástico oírlos rugir. “Oh, sí”, recuerda la conservadora y sorprendentemente imita, con mucho realismo a mi juicio, las diversas voces de los tigres. “Aquel profundo graaaah sobre todo cuando estaban en celo, el aooooo, de emboscada, que te entraba hasta el corazón, y aquel ffff más de gato”. Colgamos y me quedé a solas con el eco del tigre —aaarrrooouuua— resonándome en la cabeza como una despedida.. Jonathan Slaght, a la izquierda con gorro rojo, ayuda a monitorizar un tigre del Amur anestesiado.. Afortunadamente los libros siempre vienen al rescate. Y me he zampado para compensar Tigers between empires, the journey to save the siberian tiger from extinction, del naturalista virginiano Jonathan C. Slaght (Allen Lane, 2025), el nuevo libro del autor de aquel estupendo Búhos de los hielos del Este (Siruela, 2022) y que trata sobre los tigres más majestuosos que existen, los intimidadores tigres del Amur, popularmente conocidos como tigres siberianos, unas bestias formidables, de pelajes deslumbrantes en la nieve y ojos de un ámbar frío. Slaght, que ya nos llevó a las remotas y muy duras y heladas regiones del extremo oriental de Rusia en pos de la rapaz nocturna más grande del mundo, el búho manchú o búho pescador de Blakiston, nos hace seguir ahora en los mismos parajes, la provincia de Primorye (capital Vladivostok), fronteriza con China y el Mar del Japón, el rastro de los enormes tigres (pueden llegar a pesar cerca de trescientos kilos), una peripecia muchísimo más peligrosa.. La fórmula de Tigers between empires, tigres entre imperios, Rusia y China, que publicará en octubre Siruela, es parecida a la del libro de los búhos pescadores: Slaght relata la gran aventura de investigar a unos animales casi legendarios, “paradojas de gracia y violencia”, “manojos de músculo e ira”, a través de las sensacionales experiencias de un puñado de naturalistas rusos y estadounidenses unidos por su amor a la naturaleza. De nuevo el autor, que participó puntualmente en la aventura, hace el retrato de unos personajes extraordinarios y un punto (o muy) extravagantes. Entre ellos el biólogo ruso Igor Nikolayev, su colega especialista en la captura de tigres del Amur, que ya es oficio, Nikolay Kolya Rybin, Zhenya Smirnov, que una vez mató con un hacha a un oso que le atacaba, o los estadounidenses Maurice Hornocker, estudioso de todo tipo de felinos y que consiguió que se implicara Bruce Willis en la defensa del tigre ruso, o su compatriota Dale Miquelle. Slaght explica la gestación y el desarrollo a lo largo de tres décadas del Siberian Tiger Project, Proyecto Tigre Siberiano, central en el estudio y la preservación de los tigres del Amur, “una remarcable historia de innovación, camaradería, aventura y, finalmente, éxito inspiracional”, como resume él mismo, y que contribuyó, en palabras de Miquelle, “a hacer mejor el mundo para los tigres y las personas”.. Un tigre siberiano.VADIM GHIRDA (AP). Los rusos ponían en la aventura científica el conocimiento del terreno y de los tigres del Amur, de los que en la actualidad quedan unos 450 individuos en estado salvaje, y los estadounidenses, además de también sus redaños, la tecnología para hacerles el seguimiento una vez se les colocaba los collares GPS para monitorizarlos. Como se puede imaginar, colocarle un collar a un tigre del Amur salvaje no es cosa fácil, y Slaght describe el emocionante proceso de rastreo, la captura empleando dardos anestésicos y el peligro de que el bicho se te despierte en plena faena. En una ocasión, con la tigresa Olga (la cara que hubiera puesto el tuerto Tibor al verla), a la que había que recapturar para cambiarle el collar por fallo de la batería, uno de los valientes naturalistas, Bart Schleyer, tuvo que dispararle el tranquilizante suspendido de una cuerda que colgaba del baqueteado helicóptero ruso en que la perseguían. En un momento de la acción, el aparato bajó demasiado y dejó al bueno de Bart al lado de la tigresa cabreada…. El libro está lleno de peripecias semejantes y además de constituir una privilegiada inmersión en la vida de los misteriosos tigres del Amur, de los que el proyecto ha revelado innumerables novedades, ofrece una panorámica excepcional de uno de los rincones de vida salvaje más extraordinarios de nuestro planeta. Slaght se mueve magistralmente entre el relato científico, la aventura vital —incluyendo la impagable galería de personajes de la que forman parte naturalistas, tramperos, cazadores, autoridades locales, furtivos y contrabandistas— y la fascinación que provocan los tigres del Amur y los parajes extremos e inhóspitos pero arrebatadoramente hermosos en que viven.. Un tigre de bengala en el zoo indio de HyderabadAP. El libro de Slaght, que además escribe condenadamente bien y con hálito literario (la tigresa, “una hebra de tenue naranja y negro entrelazándose en el sotobosque como una anguila serpenteando a través de un mar de hierba”), es uno de los mejores libros de tigres que conozco, a la altura de Tigers in the snow, de Peter Matthiessen (no todo iban a ser leopardos); The deer and the tiger, de George B. Schaller; El embrujo del tigre, de Sy Montgomery; Los senderos del tigre, de José Luis Rivera, o El tigre (Debate, 2011), aquel fenomenal relato de John Vaillant sobre la caza real de un tigre siberiano, precisamente, devorador de hombres y que ahora, en septiembre, va a recuperar Errata Naturae. Slaght habla en Tigers between empires de los libros de Matthiessen (cuya introducción y fotos son de Hornocker y en el que salen muchos de los personajes que aparecen en el de Slaght) y de Valliant.. En el libro de Jonathan Slaght aparece, junto a los de otros tigres “conflictivos” que amenazan las vidas humanas o al ganado, el caso del devorador de hombres del río Bikin (Primorye) que se comió a dos personas antes de ser rastreado y abatido (la historia que cuenta Valliant).. Slaght dedica un capítulo al devorador de hombres de Kolumbe, y aquí estamos en el terreno de los relatos clásicos de fieras antropófagas de Jim Corbett (al que menciona el naturalista estadounidense) y Kenneth Anderson. El tigre mató y se comió, dejando solo las piernas, a un trampero, y un equipo del Siberian Tiger Project —Bart, Igor y Dale— acudió al lugar remoto de los hechos para esclarecerlos. El relato de cómo rastrean a pie sobre la nieve a la fiera, encuentran el lugar del ataque y pelos humanos en las heces del tigre, es terrorífico. Los tigres normales, recuerda el autor, no suelen ver a los seres humanos como presas, pero el trampero tuvo la mala suerte de que el tigre lo encontró arrodillado apuntando a una presa con su rifle y de espaldas, así que quizá lo malinterpretó como un animal de su menú habitual. O puede que se tratara de un tigre herido, viejo o enfermo que no podía cazar otra cosa.. La guerra de Ucrania, señala Slaght, ha exacerbado de rebote la tensa atmósfera en las regiones del tigre siberiano, que sufren el mismo caos del resto de Rusia. En todo caso, el proyecto ruso-estadounidense sobre estas fieras ha dejado, además de un gran impacto en la causa de la conservación de los tigres, una enorme cantidad de experiencia y conocimiento, y ha contribuido a arrojar luz sobre la ecología de los felinos. Y parece que, a diferencia de lo que ocurre con otros tigres como los de Sumatra, tigres siberianos tenemos para rato. Aunque su territorio del nordeste asiático —las montañas rusas de Sikhote-Alin (Primorye) y las chinas de Changbai y Wandashan, los impenetrables bosques del Pri-Amur— nos pille más a desmano que el zoo de Barcelona, no deja de ser un consuelo que allí los tigres sigan rugiendo.
EL PAÍS
