Romain Duris borda el papel de un padre extraviado en Tokio que, de repente, se reencuentra con la hija adolescente que creía perdida para siempre Leer
Romain Duris borda el papel de un padre extraviado en Tokio que, de repente, se reencuentra con la hija adolescente que creía perdida para siempre Leer
Entre tanta y justa película sobre la maternidad de repente recuperada, se agradece una sobre no exactamente lo contrario, sino lo otro. Y no, no me miren así, que no se trata de Padre no hay más uno. El director belga Guillaume Senez aliado con el actor francés Romain Duris ya demostró (o demostraron, mejor) en Nuestras pequeñas batallas (2018) que retratar la paternidad no pasa necesariamente por abrazar clichés ni adoptar un tono recriminatorio ni mucho menos autoinculpatorio ni siquiera paternalista, patriarcalista o paracaidista. Basta con bajar el tono de voz y, lo más importante, vocalizar.. Una hija en Tokio es, si se quiere, una ampliación de aquella película, pero desde un lugar hasta cierto punto inédito. La cinta anterior de Senez-Duris narraba la historia de un padre que se quedaba solo con sus hijos después de que la madre abandonara el hogar común. La idea era reconstruir desde la soledad de un hombre entrenado para ocuparse exclusivamente de él mismo (como todos) la posibilidad de otro capaz de ver más allá de sus narices. El mérito no era tanto el argumento como la modulación de la voz, decíamos, la ausencia de subrayados innecesarios, la claridad y la hondura. Ahora se insiste en un hombre solo, pero de manera radical. El personaje de Duris vive en Tokio. Hace tiempo que se separó de su mujer y, tras perder la custodia de su hija (en Japón, por lo visto, no existe la figura de la custodia compartida ni nada parecido), lo perdió prácticamente todo. Hasta su propia identidad. Habla japonés, conoce la cultura, tiene trabajo como chófer, pero su soledad de un tipo extraño y extrañado de todo lo que le rodea en tierra extraña se antoja descomunal.. Toda la película está construida desde el detalle. La situación inicial (¿qué hace ese sujeto allí abandonado a su suerte?) es esencialmente incomprensible. Hasta que poco a poco, de manera pautada y sutil, se va desvelando la auténtica hondura abisal de su drama, de su tragedia callada: simplemente ha renunciado a todo, incluido a vivir. Y así hasta que dé con una mujer en una situación parecida a la suya, también francesa y también sola. Este encuentro hará que el protagonista despierte de la apatía y recupere no tanto la esperanza como algo parecido a la desesperación; la forma más radical de sentirse vivo. De repente, en un giro tan inesperado e irreal como disculpable, la casualidad hará que, en mitad de la mayor ciudad del mundo, nuestro protagonista se reencuentre por casualidad con su hija a la que no ve desde hace años.. Senez arriesga al colocar la película en ese lugar tan frágil y tan cerca del pastelón. De repente, el escenario oscuro y triste del arranque se transforma en un espacio demasiado convencional para ser cierto. El lugar común de un padre y una hija que se vuelven a ver para ser melodramáticamente felices amenaza con comérselo todo. Pero no es así. Con tacto, la pareja Senez-Duris acierta a componer lo que bien podría pasar por una deconstrucción de eso llamado patriarcado o, para no sonar tan campanudo, una meticulosa descripción de cada una de sus heridas (la verdad es que suena igual de tremendo). Aquello de que el patriarcado daña a todos (no por igual, pero sí a todos, hombres y mujeres) se presenta como una verdad, en efecto, tan indubitable como perfectamente patriarcal. Es así.. –. Director: Guillaume Senez. Intérpretes: Romain Duris, Judith Chemla, Mei Cirne-Masuki. Duración: 98 minutos. Nacionalidad: Francia.
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