El páramo de Haworth, el pueblo natal de las hermanas Brontë, en plena campiña inglesa, se cubrió el pasado fin de semana de mujeres vestidas de rojo. Ninguna parecía conocer a las demás, y todas sabían exactamente a qué habían venido: el 30 de julio nacieron, con siglo y medio de diferencia, Emily Brontë y la cantante que llevó su novela a la música. En 1977, con dieciocho años, Kate Bush escribió su canción Cumbres borrascosas, homónima de la novela que Emily Brontë firmó con el pseudónimo de Ellis Bell, después de ver la última escena de una serie de la BBC: una mano que entra por una ventana, cristales y sangre. Solo más tarde descubrió que compartía cumpleaños con la mujer que la había escrito. Todas las que bailan se llaman Cathys, por la heroína de la novela y por la cantante que le dio voz.. Seguir leyendo
El páramo de Haworth, el pueblo natal de las hermanas Brontë, en plena campiña inglesa, se cubrió el pasado fin de semana de mujeres vestidas de rojo. Ninguna parecía conocer a las demás, y todas sabían exactamente a qué habían venido: el 30 de julio nacieron, con siglo y medio de diferencia, Emily Brontë y la cantante que llevó su novela a la música. En 1977, con dieciocho años, Kate Bush escribió su canción Cumbres borrascosas, homónima de la novela que Emily Brontë firmó con el pseudónimo de Ellis Bell, después de ver la última escena de una serie de la BBC: una mano que entra por una ventana, cristales y sangre. Solo más tarde descubrió que compartía cumpleaños con la mujer que la había escrito. Todas las que bailan se llaman Cathys, por la heroína de la novela y por la cantante que le dio voz. Seguir leyendo
El páramo de Haworth, el pueblo natal de las hermanas Brontë, en plena campiña inglesa, se cubrió el pasado fin de semana de mujeres vestidas de rojo. Ninguna parecía conocer a las demás, y todas sabían exactamente a qué habían venido: el 30 de julio nacieron, con siglo y medio de diferencia, Emily Brontë y la cantante que llevó su novela a la música. En 1977, con dieciocho años, Kate Bush escribió su canción Cumbres borrascosas, homónima de la novela que Emily Brontë firmó con el pseudónimo de Ellis Bell, después de ver la última escena de una serie de la BBC: una mano que entra por una ventana, cristales y sangre. Solo más tarde descubrió que compartía cumpleaños con la mujer que la había escrito. Todas las que bailan se llaman Cathys, por la heroína de la novela y por la cantante que le dio voz.. El Most Wuthering Heights Day (El día de Cumbres borrascosas) es un evento alegre. Se baila cada julio en decenas de ciudades del mundo, con miles de participantes que emulan la coreografía del videoclip de Kate Bush: brazos que se abren de golpe, giros bruscos, manos que empujan el aire… Su exagerada teatralidad parece contar la historia con el cuerpo y evocar el espíritu de Cathy pidiendo entrar por la ventana. No es un baile bonito ni técnico. Es más bien raro, dramático y un poco fantasmal. Pero da igual bailarlo bien o mal porque nadie ha venido a lucirse, sino a formar parte de la coreografía. Lo que comenzó en Brighton en 2013 como una parodia festivalera se ha ido cargando de sentido hasta volverse, en Haworth, casi lo contrario: una romería que reúne a gente de todo el mundo sobre la tierra real de Charlotte, Emily Jane y Anne Brontë. Este año, las 500 plazas se agotaron enseguida, y lo recaudado se destinará a organizaciones de mujeres.. La peregrinación a Haworth no es nueva. En noviembre de 1904, una jovencísima Virginia Woolf subió hasta aquí y escribió sobre la visita en un semanario londinense. En el libro de visitas de la casa de las Brontë han firmado, entre otras muchas mujeres, Sylvia Plath y Patti Smith. Durante más de un siglo, hasta aquí han venido sobre todo mujeres que buscaban a otras mujeres. Woolf se preguntaba si esta u otras romerías a las casas de los escritores no serían puro sentimentalismo, y se respondía que solo se justifican cuando el lugar añade algo a los libros. Con las Brontë, concluía, el viaje merecía la pena: Haworth y las hermanas, escribió, encajan “como un caracol en su concha”. Es imposible separar la obra del sitio que la produjo.. View this post on Instagram. Y es verdad. Haworth tiene hoy algo de parque temático, con sus tiendas de imanes, sus camisetas con mensajes literarios y la efigie de las tres hermanas repetida en todos los souvenirs. La camarera de uno de sus cafés lo confirma sin dramatismo: con la última película, escrita y dirigida por Emerald Fennell y estrenada a principios de este año, vino más gente —dice— pero la cosa viene de mucho antes. “El pueblo siempre ha recibido a peregrinos”, concluye. Y, sin embargo, cuando una sale del empedrado y el viento del páramo entra en la calle, algo se sostiene por debajo de la mercancía, una energía que las tiendas para turistas literarias no alcanza a tocar del todo. Porque Emily no escribió sobre el páramo: escribió desde dentro de su lógica, esa donde el amor y la crueldad no son contrarios sino una misma fuerza sin domesticar. Se podría decir que en Cumbres borrascosas no hay lecciones: hay fuerza. El paisaje no hace de decorado porque es él mismo el que manda, convirtiendo a las personas en accidentes geológicos de su furia. Por eso el lugar y el libro, como el caracol y su concha, no se pueden separar.. La actuación en homenaje a ‘Wuthering Heights’ de 2025 tenía como objetivo fomentar la recaudación de fondos para la organización Women’s Aid.Anthony Devlin (Getty Images). La novela no describe esta tierra, está hecha de ella. El páramo no es un lugar bonito, es duro, ventoso y parece tragarse a la gente. Y aún así, de aquí salió la obra de tres mujeres que escribieron desde la estrechez, el aislamiento y la pérdida, sin esperar a que las condiciones mejoraran primero, tal vez porque sabían que era un deseo imposible. Las tres firmaron como los hermanos Bell (Currer, Ellis y Acton), manteniendo sus iniciales verdaderas y añadiendo un apellido falso, buscando la ambigüedad justa para que nadie supiera que eran mujeres. Era la condición para que las tomaran en serio porque, al tiempo que el páramo brumoso y sombrío inspiraba su obra, el mundo exigía que la firmaran ocultándose.. Siglo y medio después, una de sus colinas está llena de mujeres que no ocultan nada. Se visten todas iguales, de rojo, y en ese uniforme no se borran: se reconocen. Al contemplar la danza, es inevitable pensar en la ironía que produce una obra hecha en el aislamiento más extremo, y cómo sigue generando un mundo propio un siglo y medio después. A poca distancia está el Parsonage Museum, donde ellas vivieron, con vistas al cementerio y a la Iglesia, pero la cultura no puede contenerse en un recinto, es algo que se reactiva en los cuerpos vivos de todas estas magníficas mujeres, convirtiendo el páramo en un mar de rojo que se mezcla con el olor del brezo en flor, con los muros de musgo y piedra seca y las ondulantes colinas del horizonte inmenso.. Haworth, el pueblo de las hermanas Brontë.Universal Images Group North America LLC / DeAgostini / Alamy Stock Photo (Alamy Stock Photo). Podría pensarse que vestidas todas igual se convierten en masa o mera muchedumbre y, sin embargo, cuando las ves, ocurre lo contrario: sin la señal común, cada una sería solo una mujer suelta como una flor en un campo; con ella, muchas se descubren iguales y distintas. El rojo no borra a ninguna, las hace aparecer juntas. Y no es, por supuesto, un color inocente. Kate Bush no eligió el rojo por azar para encarnar a Cathy. Es el rojo de la pasión que late en la novela, el único que se niega a pasar desapercibido sobre este tapiz de tonos verdes y marrones. Entre las mujeres, hay algún hombre con peluca morena haciendo de Cathy, y otros adornados con una flor roja al cuello. El rojo, al cabo, no pregunta quién eres: solo pide que estés. Lo que las Brontë tuvieron que esconder para existir, hoy se celebra a gritos en esta asombrosa colina por cualquiera dispuesto a ponerse el vestido.. El escritorio expuesto en el Museo de la Casa Parroquial de los Brontë.Christopher Furlong (Getty Images). Hay gente sentada en sillas de plástico, una maleta de ruedas azul en mitad del campo, una mesa con cosas encima, algunos paraguas y abrigos negros sobre los vestidos porque hace un día gris, lluvioso y ventoso. No es una postal perfecta: es una romería real, con su desorden, su frío, su espera. Y eso es exactamente lo que la salva del kitsch. La gente ha subido a un campo embarrado un día nublado a hacer algo aparentemente ridículo, y lo hace con una entrega absoluta. Ahí está la dignidad del gesto, en que nadie está posando para nadie. Emily, que escribió y describió el páramo como una fuerza anterior a toda ley, sigue convocando a los vivos. Por eso no envejece.
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