En el centro del escenario, una persona con máscara de perro da la espalda al público. Podría ser cualquier persona o cualquier perro porque la sala está tan oscura y el micrófono distorsiona de tal manera su voz que hay pocas pistas para identificarlo. Hasta que se quita la careta, y el perro se descubre y confiesa que es, más bien era, un popular presentador de televisión. Ya no trabaja, ahora, dice, ha elegido el exilio en algún lugar de la pampa de Argentina. Hasta allí se ha ido, subraya, por voluntad propia. Nadie le ha desterrado, vuelve a recordar al público. Ha sido él quien ha elegido marcharse muy lejos después de que una compañera más joven, su empleada, le denunciara en redes sociales por agresión sexual.
El dramaturgo Rubén Romero y el actor y periodista Sato Díaz adaptan ‘La diatriba del perro’, un monólogo en el que un presentador opta por el exilio ante el castigo social de sus iguales EL PAÍS
En el centro del escenario, una persona con máscara de perro da la espalda al público. Podría ser cualquier persona o cualquier perro porque la sala está tan oscura y el micrófono distorsiona de tal manera su voz que hay pocas pistas para identificarlo. Hasta que se quita la careta, y el perro se descubre y confiesa que es, más bien era, un popular presentador de televisión. Ya no trabaja, ahora, dice, ha elegido el exilio en algún lugar de la pampa de Argentina. Hasta allí se ha ido, subraya, por voluntad propia. Nadie le ha desterrado, vuelve a recordar al público. Ha sido él quien ha elegido marcharse muy lejos después de que una compañera más joven, su empleada, le denunciara en redes sociales por agresión sexual.
A partir de esta primera confesión, el periodista y actor Sato Díaz transita los estados emocionales del personaje durante la hora de monólogo que dura La diatriba del perro, un texto firmado por la periodista y activista Cristina Fallarás, dirigido por Rubén Romero. Se trata de una profunda reflexión sobre cómo afronta un hombre que encajaba en la categoría de aliado del feminismo una acusación pública de este tipo. La obra se estrenó este domingo en el Teatro del Barrio de Madrid y tiene programadas funciones hasta el 26 de abril, con la posibilidad de ampliar fechas.
“No quería ridiculizar la figura del aliado, hacer una obra bufa, era demasiado fácil caer en el grotesco. Por eso pensé que lo peor que le puede pasar a un aliado es que lo dejen en pelotas públicamente”, dice la autora al otro lado del teléfono sobre el encargo que el propio Díaz le hizo allá por 2022, cuando el periodista entró a trabajar en Público.
Durante casi un año, Fallarás se metió en el pellejo de los agresores. Los conoce bien, ha hecho de sus cuentas en redes sociales una plataforma a la que acuden las mujeres para narrar todo tipo de violencias. Su objetivo, cuenta, era intentar encontrar la vulnerabilidad en los hombres, un lugar que no estuviera “sepultado por la masculinidad”. “Sería un avance brutal a la hora de redefinir el papel de los hombres en el feminismo si fueran capaces de mostrarla”, añade.

Fallarás ha dedicado los últimos años de su vida a construir una memoria de las experiencias de las mujeres, a través de los testimonios que publica en sus redes sociales. Los hombres, considera, no están, por ahora, en esa tarea. “En el caso de los varones, como eso no pasa, no hay relato colectivo. Hay una historia, como sucede en esta obra, y ante esa confesión los perros se echan encima del presentador para no verse arrastrados a reconocer sus propias vulnerabilidades”, continúa. De alguna manera es la interpretación teatral del Not all men, ese sintagma que muchos hombres usan para defender, atacando, que no todos son violadores o agresores. Que la violencia machista es casi una cuestión de manzanas podridas. “Hay una generación a la que se les está echando en cara ser violentos, ser de extrema derecha, y esa chavalada merece esta reflexión por parte de sus mayores”, continúa.
En La diatriba del perro se constata que la debilidad masculina tiene el mismo efecto que una herida abierta en mitad del océano. Atrae a los depredadores. En este caso, a los perros, las manadas, las jaurías… Díaz se encargará de recordárselo en varias ocasiones al público con interpelaciones directas con un potente montaje en el que los disparos de luz, la música tecno y el sonido agudizan el mensaje.
El actor buscará la complicidad de los hombres del público, les animará a confesarse, a reconocerse, les pedirá a gritos que se autodefinan como violadores, agresores, abusadores… “La obra pretende incomodar y despertar conciencias, sobre todo entre los asistentes. A fin de cuentas, es una apelación sobre cómo ejercen, bueno, ejercemos el abuso de poder sobre las tías”, explica Díaz, “ojalá vengan muchos tíos con ganas de debatir, esto consiste en plantear un problema, subirlo a un escenario, abrirlo a la sociedad y que se genere un debate sobre ello”. Fallarás tiene más dudas sobre la asistencia de hombres a la obra. “Tal vez los que lleguen sean los perros”, avanza.
—Son las mujeres las que suelen acudir a este tipo de obras, lo mismo pasa con las películas y los libros que entran en la categoría de feministas. ¿Cómo van a atraer al público masculino?
—Fallarás: No es nuestro papel llevarlos al cine y al teatro, no van a ir. Tiene que suceder un clic en sus cabezas.
—¿Y cómo cree que puede conseguir esta obra ese efecto?
—Fallarás: Por ejemplo, que reconozcan personajes históricos que aparecen en el texto, con mucho poder… Ahí les va a poder la curiosidad del ego, de decir que están hablando de uno de los suyos.
La diatriba del perro incluye referencias a la actualidad, pero también a casos históricos y muy mediáticos. Todas bastante reconocibles, aunque no aparezcan nombres reales por decisión del director, Rubén Romero, que confiesa que esa intención está también en el montaje: “Hay referencias al cine porno, a los sets desde los que hablan en redes sociales los criptobros, a la televisión”. Son lugares tan ampliamente reconocibles en la cultura del scroll infinito que vuelven a difuminar la cara del protagonista y sus posibles alter egos.

Aún así, es más que probable que el público crea identificar a políticos, cineastas, cantantes y periodistas cuyas denuncias se conocieron después de que Fallarás entregara el texto. “Todos los casos posteriores se veían venir, yo ya sabía que si salían iban a ser muchísimo más relevantes que los de un hombre de derechas”, dice apuntando al magnate de la comunicación que aparece en su texto. “Hay arquetipos y modelos de comportamiento que son muy parecidos, da igual que pase el tiempo, un hombre usa su poder para abusar de una mujer que está en condición de inferioridad. La masculinidad tóxica nos ha impregnado a todos y nos sigue impregnando. A mí el primero”, reconoce Díaz.
—¿Qué ha aprendido de sí mismo al interpretar este texto?
—Cuando leí el texto, pensé que ese tío estaba muy alejado de mí. Las cosas que pasan en la obra yo no las he vivido muy cerca, pero sí que hay reminiscencias de cosas que he visto y que me ha contado de otra gente cercana.
Antes del estreno, ya empezaron a llegar mensajes de odio en redes sociales cuando se anunció el montaje. A Fallarás, dice, su alerta de ansiedad se le había disparado antes, el día que Díaz y Romero le dijeron que la pieza iba adelante. “La alarma que se me enciende es la de si una vez más se van a revolver contra mí y contra lo que hago”, explica la autora, que en el último año ha recibido amenazas de muerte de los seguidores de Vox. “Pero lo que me llamó la atención es que de repente me di cuenta de que a los hombres que participan en la obra les pasaba lo mismo. Es una alarma que ellos no conocen”. El propio Díaz así lo reconoce, no tiene miedo, explica, pero sí está inquieto por las posibles reacciones. “Si esta fuera una obra sobre el ejército, sobre cuidadores de perros o sobre asesinos en serie, en ningún momento tendrían miedo”, añade la periodista. “El miedo llega cuando haces una obra escrita por una mujer y que además va a tratar la vulnerabilidad de los hombres. Y a mí eso me interesa muchísimo”.
