Brendan Fraser conduce con gesto sorprendido una fábula amable en exceso sobre la soledad y los rituales de la tribu Leer
Brendan Fraser conduce con gesto sorprendido una fábula amable en exceso sobre la soledad y los rituales de la tribu Leer
La familia es, entre otras muchas cosas, una enfermedad. Es refugio, espacio de socialización, comunidad de apoyo, lugar de encuentro y, en efecto, una dolencia tan universalmente reconocida pese a sus muy dispares síntomas que exige su propio médico. Y no lo decimos nosotros, sino la Seguridad Social. Rental Family, un paso más allá y sin moverse del espacio clínico, nos propone pensar la institución familiar no tanto como un padecimiento, que un poco también, sino más bien como una medicación. Es decir, un remedio a asuntos como la soledad, la tristeza o el desarraigo. Y de hecho, toda la película de la directora Hikari se podría interpretar como el prospecto de una medicina, como una explicación detallada de sus contraindicaciones, sus dosis correctas, su efectividad y la manera de proceder caso de intoxicación por ingesta desproporcionada. Digamos que solo por el brillante y original planteamiento, Rental Family está a salvo. Otra cosa es cómo está escrito el dichoso prospecto. Ahí llegan las dudas.. Para situarnos, la película cuenta la aventura de un actor estadounidense en Japón. Lo normal, cosas del etnocentrismo, el colonialismo o la pereza (llámese como se quiera) es lo contrario. El otro es el que no es occidental. Nuestro héroe (Brendan Fraser abonado al papel de grandullón ingenuo que ya luciera en La ballena) malvive entre anuncios, pruebas de casting fallidas y mucha imaginación. Y así hasta que un día da con una agencia dedicada a fingir la misma vida. Tal cual. La empresa rellena los huecos de los funerales (los de verdad) por aquello de las apariencias sociales, o provee al cliente de esa madre protectora y amantísima que quizá nunca tuvo. Se trata de traspasar la frontera de la máscara y convertir en fingimiento real lo que muchas veces no es más que realidad fingida. El matiz da la clave y, de paso, la brillantez del planteamiento.. Un buen día, el protagonista se verá contratado para hacer de padre de una cría. Un colegio exclusivo de esta nuestra sociedad tan pendiente de la excelencia solo admite alumnos con familias debidamente regladas con padre, madre, perro y cuenta corriente holgada. Una niña huérfana de padre no tendría opción alguna. Su misión, por tanto, es a la vez exhibir los síntomas de una enfermedad, una enfermedad social, y proponerse él mismo como remedio. Por el camino, le pasarán muchas más cosas y todas muy peculiares. Y así hasta que las líneas que separan lo real de lo fingido primero se difuminan, luego se confunden y, finalmente, se borran. De nuevo, genial, además de muy inquietante.. Pero cómo decíamos arriba, no todo son buenas noticias. Hikari opta por el camino menos comprometido, el más familiar si se quiere y convierte una propuesta que amenazaba con un auténtico cataclismo (¿Y si las instituciones que nos hemos dado no son más que una enorme mentira?) en un melodrama de gesto edulcorado tan entrañable como, admitámoslo, decepcionante. Al fin y al cabo, un prospecto es lo que es y cumple el propósito que cumple. Nada que decir ni que criticar de la actuación de un Brendan Fraser que, definitivamente, ha encontrado su sitio. La directora obtiene de él lo que él da sin el menor esfuerzo, pero resulta imposible no preguntarse qué habría pasado si ese candor natural que desprende Fraser tan cerca de Buster Keaton se hubiera utilizado de manera mucho más precisa, más ácida, menos convencional. Y, a todo esto, la familia sigue sin cura.. —. Directora: Hikari. Intérpretes: Brendan Fraser, Mari Yamamoto, Takehiro Hira. Duración: 103 minutos. Nacionalidad: Japón.
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