Néstor Baruque acaba de leer Jane Eyre de Charlotte Brontë y está contento de que su camino se haya cruzado con ese libro. Hasta el punto de plantearse por vez primera escribir una novela después de haber hablado durante incontables horas sobre literatura clásica en las redes sociales. Nacido en Valladolid hace 28 años, ya había amagado en alguna ocasión con dejar su puesto de profesor de Filosofía. Ha sido este verano cuando ha dado el paso definitivo para centrarse en su club de lectura virtual y en sus contenidos en línea en distintos formatos, como YouTube, Instagram (donde suma más de 260.000 seguidores), TikTok y Substack, plataforma en la que ha creado la publicación Océano.. Seguir leyendo
Este vallisoletano de 28 años licenciado en Filosofía no para de hablar de literatura clásica en redes. Cuenta con 264.000 seguidores en Instagram, pero adora el formato largo de YouTube.
Néstor Baruque acaba de leer Jane Eyre de Charlotte Brontë y está contento de que su camino se haya cruzado con ese libro. Hasta el punto de plantearse por vez primera escribir una novela después de haber hablado durante incontables horas sobre literatura clásica en las redes sociales. Nacido en Valladolid hace 28 años, ya había amagado en alguna ocasión con dejar su puesto de profesor de Filosofía. Ha sido este verano cuando ha dado el paso definitivo para centrarse en su club de lectura virtual y en sus contenidos en línea en distintos formatos, como YouTube, Instagram (donde suma más de 260.000 seguidores), TikTok y Substack, plataforma en la que ha creado la publicación Océano.. “Yo soy muy mal policía, no me gusta esa lucha constante entre hacer que tu contenido sea valioso y que los alumnos presten atención”, confiesa en conversación telemática. “Y tampoco me gusta nada lo limitado que es el temario. Es muy frustrante ver a los chicos por fin entusiasmarse con un determinado autor y no poder seguir profundizando en ello porque tienes que avanzar en el temario, en especial en Segundo de Bachillerato, donde al final te limitas a preparar un examen con los alumnos”, lamenta.. View this post on Instagram. Ahora, comenta con los miembros de su club de lectura El viejo y el mar de Ernest Hemingway o un clásico inmediato como fue hace unos años Física de la tristeza, la segunda novela del búlgaro Gueorgui Gospodínov. Su nueva profesión no deja de ser didáctica, pero a otro ritmo. En su club, lo diferencial es que no busca transmitir un conocimiento excesivamente académico o técnico, sino que intenta destacar algunas ideas y conectarlas con otros libros o con corrientes filosóficas.. En cuanto a las redes sociales, asegura sentirse mucho más cómodo en un formato largo como el de YouTube, porque no tiene “que contentar tanto a los algoritmos ni luchar por cómo captar la atención en tan solo cinco segundos para que tu contenido se haga viral”, explica. Y aunque en la plataforma de vídeos se siente mucho más natural, tranquilo y sosegado, donde en realidad ha encontrado casi a su pesar la fórmula del éxito es en el contenido rápido de Instagram. “Me adapto a esa realidad”, cuenta sin excesivos lamentos, esperando a que esas ventanas abran otras puertas a sus seguidores.. Aun rechazando las generalizaciones, no es común encontrar a un veinteañero que prefiera leer y hacerlo en formato de papel cuando las pantallas son su entorno nativo. De hecho, Baruque no nació así. “Siempre me atrajeron los libros, pero el interés por ellos se cristalizó al empezar a estudiar Filosofía en la universidad, donde, desde el primer día, te hablan de libros”, rememora el divulgador cultural. “Recuerdo un profesor en el primer curso que nos decía: ‘Yo miro a mi biblioteca y me veo en todos esos libros; de este libro tengo esto, de aquel otro libro tengo esto otro…’ Y me dije: ‘Yo quiero sentirme así’. Así que empecé muy poco a poco a leer más”, cuenta.. View this post on Instagram. El periodismo digital también es esclavo del algoritmo y Baruque se ha visto recientemente en multitud de titulares entrecomillados en los que alertaba del uso del teléfono móvil y lamentaba cómo las nuevas generaciones viven, a causa de esta adicción tecnológica, educadas para estar alejadas de su pensamiento. “Es curioso porque nadie me hizo una entrevista. Esas publicaciones digitales son extractos de algunos de mis vídeos. Llegó hasta los medios de comunicación argentinos. Bueno, al menos me gusta el mensaje que se lanza”, comenta.. “Los propios diseñadores del scroll infinito no se sienten orgullosos de su trabajo, creen que es una trampa. Pero cada día es más necesario tener un móvil. Incluso nos acompaña. A mí me conecta a diario con mi amigo que vive en Estados Unidos. Pero eso es lo más preocupante. Yo soy una víctima completa de todo este asunto, porque lo hago absolutamente todo con un móvil. Lo que sí podemos hacer es desconectar de forma consciente durante un tiempo cada día. Aunque sea una herramienta muy útil, hay que prescindir de ella al menos una hora a diario; vivir como la humanidad ha vivido hasta hace poco”, reivindica.. En la medida de lo posible, y aunque las pantallas sea su modo de vida, Baruque defiende en sus vídeos la idea de la slow life, “que es básicamente lo que defendían los filósofos antiguos: dedicarte a la contemplación, a la relación con la naturaleza, a cumplir con lo que tienes que cumplir para mantenerte con vida y no estresarte más. Porque, al final, ese es uno de los mayores indicadores de malestar en nuestra sociedad: vivir estresado”, explica.. Ese concepto de vida más relajada lo aplica a muchos de sus vídeos, en especial en YouTube, donde los usuarios le llegan a comentar que siguen sus publicaciones aunque no tengan tiempo de leer el libro del que habla; simplemente porque les da paz consumir su contenido. “Recuerdo ese tipo de reacciones porque me hacen especial ilusión. Eso es traspasar una barrera muy bonita a nivel de comunicación, porque vas más allá de lo que dices, y se traslada a cómo lo dices y al mensaje que hay detrás, que habla sobre la persona que eres”, celebra.. Baruque rechaza por completo esa conversación que se ha instalado en los últimos meses en torno al fin de los influencers. “Hay muchas personas que han tenido cierta habilidad para comunicar y que han aprovechado el auge en las redes sociales para llegar a mucha gente sin tener un poso, sin un gusto por algo en concreto, sino simplemente mostrándose o contando su vida. Y eso les coloca en un sitio que es muy difícil de gestionar, porque, al final, te saca de la realidad”, comenta. “No se trata de cancelar a todo el mundo, pero sí ciertas opiniones no fundamentadas: el antiintelectualismo sí hay que cancelarlo”.. Esa fiebre opinadora y extremista de las redes es algo que, considera Baruque, no está muy lejano a la corriente de moda en un medio mucho más tradicional como la televisión: el del debate en bucle en las parrillas de casi todas las cadenas. “A mí me encantaría que volvieran estos programas de televisión en los que se debatía sobre cuestiones éticas y, simplemente, no tanto de actualidad; sobre asuntos transversales como qué sentido tiene poner fronteras o qué significa el aborto a nivel ético. En los debates actuales de televisión se lleva todo a lo emocional y se habla siempre desde una ideología muy marcada que tiene respuestas para todo. Un debate tiene más que ver con hacer preguntas y poder decir en directo: ‘pues no sé qué decir frente a este problema concreto’. Y eso ahora mismo no existe en televisión.. Los seguidores de Baruque ya conocen su predilección por Los hermanos Karamázov, de Dostoievski. “Tuve una relación muy especial con él. Es mi libro favorito. Creo que es tan bueno porque salva a la sociedad, la resuelve. Si todos fuéramos como Aliosha Karamázov, ese hermano pequeño que plantea Dostoievski, su héroe, al que le dedica el libro y al que iba a dedicar una segunda parte, que nunca existió porque murió antes, la sociedad mejoraría”, defiende apasionado. “El personaje, con independencia de su fe religiosa, plantea un ideal de ser humano empático que no juzga a los demás, que trata de ayudar, que se hace cargo del resto, que habla siempre desde el respeto y desde el amor”, prosigue. “Lo creó un Dostoievski que en ese momento ya había vivido muchísimas penurias en su vida y consiguió con ese personaje entrar en la psicología de lo que sería un buen ser humano. Y nos lo pone ahí, como ejemplo al que todos deberíamos aspirar. Yo quiero ser un Aliosha en mi vida”, argumenta el joven divulgador.
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