Fue una de las principales voces del posboom latinoamericano de la literatura Leer
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«Julius nació en un palacio en la avenida Salaverry, frente al antiguo hipódromo de San Felipe; un palacio con cocheras, jardines, piscina, pequeño huerto donde a los dos años se perdía y lo encontraban siempre parado de espaldas, mirando, por ejemplo, una flor; con departamentos para la servidumbre, como un lunar de carne en el rostro más bello».. Así empezaba Un mundo para Julius, la primera novela del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939), el libro que nació como el hermano pequeño, impertinente y brillante de las novelas fundacionales del Boom Latinoamericano que había arrasado con las librerías seis años antes. Con Julius, Bryce, que era tres años menor que Mario Vargas Llosa y más de una década más joven que García Márquez y José Donoso, ampliaba, honraba, se tomaba a broma y refutaba los grandes relatos de sus mayores y los llevaba a una nueva década. Llevaba la novela latinoamericana al mundo de la cultura y la música popular, lo exponía al humor judío de Nueva York, al terror a la neurosis y el psicoanálisis, a la estética del barroco virreinal… Durante muchos años, Bryce estuvo casi a la altura en fama y prestigio que los más grandes. La noticia de su muerte llegó este martes desde Lima cuando el mundo lo tenía casi olvidado.. Olvidado hasta que reparecen las primeras líneas de Un mundo para Julius. «Hasta con una carroza que usó tu bisabuelo, Julius, cuando era Presidente de la República, ¡cuidado!, no la toques, está llena de telarañas, y él de espaldas a su mamá, que era linda, tratando de alcanzar la manija de la puerta», continuaba la novela en su apertura. «La carroza y la sección servidumbre ejercieron siempre una extraña fascinación sobre Julius, la fascinación de ‘no toques, amor; por ahí no se va, darling’. Ya entonces, su padre había muerto». ¿No suena todo un poco a bebop?. Alfredo Bryce Echenique era Julius. No exactamente pero sí casi. Había nacido en el Perú de la arquitectura parisina, en el distrito de Magdalena, en un mundo a punto de desaparecer que evocaría obsesivamente en sus libros. La madre proustiana, el padre banquero que habría de arruinarse por culpa de un gobierno de izquierdas, los colegios privados (el Inmaculado Corazón que llenaría tantas páginas), los palacetes imposibles de mantener, los criados salidos de otro mundo, las universidades marxistas, los country clubs en San Isidro, los anhelos por ir a Europa al encuentro de la verdadera vida… Bryce nació como escritor a los 25 años, recién licenciado en Derecho en San Marcos (la misma universidad de Conversación en La Catedral), becado para ampliar estudios en París y obsesionado con Hemingway. En París entró en contacto Bryce con el gran escritor peruano del exilio, Julio Ramón Ribeyro, y escribió los relatos de su primer libro, Huerto cerrado, un conjunto mucho más minimalista y austero que la imagen que tenemos hoy de su autor. Más Hemingway y Ribeyro que Woody Allen, para entendernos. Los cuentos de Huerto cerrado comparten protagonista, un limeño joven llamado Manolo, que entra en la vida adulta a través de los ritos de la burguesía limeña: el prostíbulo, el tedio familiar, la hipocresía, el racismo, la dulzura, la claustrofobia… El Manolo de Huerto cerrado es un desclasado que mira desde fuera a su gente pero lo hace desde la compasión y el buen humor. Ese habría de ser el marco de Bryce.. Huerto cerrado apareció publicado en La Habana y, después, en Seix Barral, en Barcelona, apadrinado por Vargas Llosa. Un mundo para Julius esperaba al cabo de un par de años como su continuación lógica porque la novela partía de la misma emoción, de la misma mezcla de nostalgia, ironía y claustrofobia por aquel mundo perdido de San Isidro, Miraflores, Barranco… Por la Lima de los blancos. Los ropajes, en cambio, eran nuevos: populares, barrocos, jazzísticos, zumbones… Julius era un niño solitario en la Avenida Salaverry, en el borde parisino del Cercado de Lima. Su madre era una viuda medio inglesa, joven y guapa, y tenía un pretendiente, un tal Juan Lucas que admiraba a Estados Unidos y jugaba al golf. También tenía una hermana destinada a la tragedia, dos hermanos mayores brutales, y una segunda familia de sirvientes que serían su veradera compañía en el viaje a la vida adulta. Julius terminaba en un trauma.. Al final de la novela, el protagonista descubría que la más querida de todas las criadas de su casa ejercía la prostitución en sus días libres y esa noticia acababa con su inocencia. Por eso, durante años exisitó la tentación de leer la novela en términos políticos. La obra posterior de Bryce desmintió esa idea: lo que importaba en Julius era su método, la oralidad y el humor, las palabras que marcaron las siguientes grandes novelas de Bryce Echenique: Tantas veces Pedro (1977), La vida exagerada de Martín Romaña (1981) y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985).. Tomemos las primeras líneas de Martín Romaña: «Mi nombre es Martín Romaña y esta es la historia de mi crisis positiva. Y la historia también de mi cuaderno azul. Y la historia además de cómo un día necesité de un cuaderno rojo para continuar la historia de mi cuaderno azul. Todo, en un sillón Voltaire… Cabe advertir, también, que el parecido con la realidad de la que han sido tomados los hechos no será a menudo una simple coincidencia, y que lo que intento es llevar a cabo, con modestia aparte, mucha ilusión y justicia distributiva, es un esforzado ejercicio de interpretación, entendimiento y cariño multidireccional, del tipo a ver qué ha pasado aquí… Creo que me entiendo, pero puedo agregar que hay un afán inicial de atenerse a las leyes que convienen a la ficción y pido confianza».. De modo que el Julius golpeado de 1970 se había convertido, al cabo de 11 años, en un neurótico divino: bebedor, locuaz, maniaco-depresivo, consumista, escéptico, enamoradizo, autoparódico… Martín Romaña y Octavia de Cádiz eran dos libros que hoy nos podrían parecer extraordinariamente modernos: piezas de autoficción hilarantes, narradas a un paso de la locura. Bryce, en el momento de mayor prestigio de su carrera, desarrolló un personaje público que parecía hecho para confirmar sus libros. Hay mil anécdotas sobre aquel Bryce semialcoholizado, dandi, impresentable pero adorable. Se quedaba dormido en sus propias conferencias, defendía a sus amigos en las peleas con golpes de kárate inverosímiles y cantaba coplillas en su propio honor: «De vascos sin una pela / e ingleses sin un penique / nació para la novela / Alfredo Bryce Echenique».. La segunda parte de la carrea de Bryce Echenique tendió a la contracción y la melancolía: la vida caótica le pasó factura y su impulso se fue agotando. Los mejores libros de sus últimos años fueron colecciones de relatos que hicieron el viaje de vuelta, desde la exuberancia hacia el laconismo, como La esposa del rey de las curvas. Bryce ganó premios y lanzó best sellers que lo fueron alejando del latido del mundo y después cayó en desgracia en esa época por un asunto un poco deshonroso de plagios en la prensa. Se recluyó durante la última década de su vida. Fue un final un poco amargo para un escritor genial.
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