Las gratitudes, la exitosa novela francesa de Delphine de Vigan, llegó a España en la pandemia. Era 2021 y la historia de una mujer septuagenaria que, desde una residencia de mayores, se aferra a la urgencia de dar las gracias antes de que la afasia le arrebate las palabras, tocó fibras especialmente sensibles en ese momento. Por celebrar el entonces cotizado sentimiento de gratitud, pero también por abordar el final de la vida y la dependencia. Se coló rápidamente en la lista de lo más vendido y hasta hoy no la ha abandonado.
Juan Carlos Fisher dirige la adaptación del superventas francés sobre una mujer que se aferra a la urgencia de agradecer antes de que la afasia le arrebate las palabras EL PAÍS
Las gratitudes, la exitosa novela francesa de Delphine de Vigan, llegó a España en la pandemia. Era 2021 y la historia de una mujer septuagenaria que, desde una residencia de mayores, se aferra a la urgencia de dar las gracias antes de que la afasia le arrebate las palabras, tocó fibras especialmente sensibles en ese momento. Por celebrar el entonces cotizado sentimiento de gratitud, pero también por abordar el final de la vida y la dependencia. Se coló rápidamente en la lista de lo más vendido y hasta hoy no la ha abandonado.
Entre sus miles de incipientes lectores estaba Juan Carlos Fisher, director teatral peruano que en los últimos años trabaja a menudo en producciones españolas, entre ellas la exitosa Prima Facie, protagonizada por Victoria Luengo. “Me traspasó completamente”, cuenta, seguramente explicando lo que sintieron muchos más al leerla: “El mundo cambió y el agradecimiento por estar vivo y por que la gente alrededor esté contigo se volvió muy importante. Me hizo pensar en las cosas que no me había atrevido a decir, y empecé a mandar mensajes y a llamar para que no fuera tarde”. Comenzó a trabajar en un proyecto que se encuadra en dos de las tendencias teatrales más evidentes actualmente: la adaptación de novelas de éxito a los escenarios y la representación de la fragilidad y la muerte. El montaje se estrena en el Teatro de la Abadía de Madrid este jueves, donde estará hasta el 10 de mayo.
Su intención, como suele ser la de quienes se enfrentan a adaptaciones de libros al teatro, era “condensar el espíritu del texto original”. No era difícil encontrar en él —corto y con una gran sencillez formal— un aire escénico, reflejado en los diálogos entre los personajes y la evolución dramática de la protagonista. Michka, la anciana con afasia y deterioro cognitivo, atraviesa en escena la progresiva pérdida de lenguaje. Comienza confundiendo algunas palabras, con momentos que incluso tienen humor, y termina sin poder pronunciarlas. Uno de esos personajes que son regalos para los actores. “Desde que la leí, dije: ‘Este personaje es para mí”, cuenta Gloria Muñoz, quien la encarna. “Me atrajo mucho por esa necesidad que tenía de comunicarse antes de perder las palabras y quedarse incluso sin el pensamiento. Exige un gran trabajo emocional interno, de ver a la gente que le ocurre esto y al mismo tiempo de buscar cómo te sentirías tú”.

La puesta en escena de Fisher potencia la sensación de pérdida de memoria metiendo a su protagonista en una escenografía cuadrada y blanca —fiel también a un estilo que lo ha acompañado en trabajos anteriores—, con efectos de sonido como leitmotiv y cortes abruptos en la iluminación y las escenas, como para ayudar a la sensación de pensamiento amputado. A Michka la acompañan Marie y Jérôme [Macarena Sanz y Rómulo Assereto], una joven a quien la mujer cuidaba de niña y el logopeda que le ayuda con el habla, que observan el conflicto desde dos puntos de vista con fuertes resonancias hoy: la vida en una residencia de ancianos y la relación entre las distintas generaciones. Quizá ese trasfondo explica el éxito sostenido del libro entre los lectores jóvenes. Se ha convertido en un fenómeno en las redes sociales, con reseñas y recomendaciones de los creadores de contenido con más seguidores. Y es que Marie se enfrenta a dilemas habituales de las personas de su edad. “Por una parte, la tristeza de estar perdiendo a alguien al que quieres muchísimo y, por otra, la complejidad del cuidado”, dice Sanz. Una batalla entre “no convertirse en paternalista” y “la necesidad de cuidar a esa persona y a la vez querer estar en su vida”.
La muerte y la fragilidad humanas son dos temas centrales en la historia del teatro, pero esta temporada han abundado especialmente, con estrenos como La última noche con mi hermano, de Alfredo Sanzol; Tres noches en Ítaca, de Alberto Conejero, o Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán, de María Goiricelaya. Una tendencia que para Marifé Santiago, poeta, filósofa y miembro del Instituto del Teatro de Madrid, se debe a que “la muerte es el tema que Occidente no ha querido tener presente como parte de la vida. Un aprendizaje que, como sociedad, está pendiente”. Este acercamiento más en profundidad, donde la acción quizá se reduce, pero la experiencia se intensifica, se incrementó por los sentimientos despertados por la pandemia: “El trauma aflora tarde o temprano y solo hacer el duelo limpia. En el teatro se tiene una experiencia común, como posibilidad de vivir el sueño y la pesadilla en comunidad. Que el teatro esté hablando de los vínculos, de agradecer, del duelo, del renacer que cada día es vivir, es volver a su esencia limpiadora. Quita prejuicios, temores e idolatrías”, explica.
Pero el libro se publicó en su idioma en 2019, poco antes de la pandemia y con la gratitud y el lenguaje como esencia. Eso, asegura Fisher, sigue siendo el centro de su espectáculo: “En tiempos como estos, donde el otro es el enemigo, es el que es diferente, es una amenaza, y el odio voraz se está generalizando, este tema debe ser más importante que nunca”. Coincide Marifé Santiago, que suma también una sensación extendida en el presente: la dificultad creciente para comunicarse en un entorno saturado de mensajes pero no siempre de sentido. “No olvidemos nunca que el teatro es contemporáneo de la filosofía y de la democracia. Y si uno de los tres sobresale en un tema es porque los otros dos lo llaman”, cuenta. La pérdida del lenguaje, que en la obra se encarna de forma literal en la protagonista, puede leerse también, como dice Santiago, “como una gran metáfora del olvido”, que lleva al odio. “Más en un mundo que quiere borrar el pasado como si este no estuviera delante de nosotros alumbrando el presente”, explica. ¿Y qué pinta la gratitud en todo esto? “Es un acto de empatía, de generosidad. De poco egocentrismo”, responde el director.Una forma —quizá la más simple— de seguir reconociendo al otro.
