A quienes leímos Hilbilly, una elegía rural, el libro que le hizo popular y acabó llevándole a la vicepresidencia de Estados Unidos, no nos ha sorprendido tanto que J. D. Vance se rinda —y no como placer culpable— a los encantos de Emily in Paris, serie que considera el Shakespeare de nuestro tiempo. El escritor que Vance fue antes de meterse a destructor de la humanidad era un narrador afectado, con tendencia al melodrama, una autoconciencia muy dada a la autocompasión, una idea del mundo reducida a una lucha del bien contra el mal y una incapacidad casi patológica para contar chistes o apreciar el lado divertido de las cosas. En otras palabras: era un cursi. ¿Cómo no va a emocionarle esa sublimación de la cursilería, ese merengue de la ingenuidad, esa tarta nupcial con forma de Torre Eiffel que es Emily in Paris?. Seguir leyendo
Hay una línea directa que une las ensoñaciones disneyficadas de la reina del instituto en el baile de fin de curso con las razias de inmigrantes del ICE
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