La actriz, que no se presenta en Berlín, decepciona en una exagerada exhibición de sí misma. Por lo demás, la competición oficial salva los muebles con dos bellos ejercicios de cine delicado y hondo: Nina Roza (***) y We are all strangers (***) Leer
La actriz, que no se presenta en Berlín, decepciona en una exagerada exhibición de sí misma. Por lo demás, la competición oficial salva los muebles con dos bellos ejercicios de cine delicado y hondo: Nina Roza (***) y We are all strangers (***) Leer
En estos tiempos tan de mercadotecnia, rentabilidad y excelencia a machamartillo, el tiempo de la espera es siempre mirado con desconfianza; es, en efecto, una perdida de tiempo. Una de las enfermedades terminales de nuestro sistema sanitario son, en efecto, las listas de espera y nada peor que la desesperación ante la desesperanza. Y, sin embargo, y desde otro punto de vista, en la espera el tiempo se alarga, se densifica y se hace presente. La espera bien entendida, no alineada en una lista, camina de la mano de la esperanza. Valga las nada esperadas frases precedentes para situar el lunes de Berlinale en la jornada número 6. Se esperaba, y se esperaba con ansia, la llegada de Amy Adams en la última película de Kornél Mundruczó y ahí que estábamos todos hilvanando ripios sobre las bondades de no desesperar: que si una estrella de Hollywood al lado de una voz tan peculiar como la del húngaro, que si el gran regreso de la protagonista de La llegada y The Master, que si… Pues no. Ni apareció Adams en Berlín ni la película fue, ni de lejos, la esperada. Desesperante.. El que fuera responsable de películas tan interesantes como el drama rural, agrio y oscuro Delta (2008) y de deslumbrantes fantasías caninas como White God (2014), a la vez que de películas profundamente irregulares pero plagadas de destellos como Jupiter’s Moon (2017) o Fragmentos de una mujer (2020), propone ahora un viaje íntimo muy cerca del último citado con una sola excusa y razón de ser: Amy Adams.At the sea (En el mar) cuenta el regreso de una mujer. Tras un periodo en una clínica de desintoxicación, la protagonista vuelve a casa donde le aguarda (otra vez la espera) un marido resentido, una hija adolescente muy enfadada, un crío pequeño desconcertado y, lo más grave de todo, el recuerdo de un padre egocéntrico, maniático y genial que le dejó en herencia una vida de éxito en el mundo de la danza, pero increíblemente desgraciada. Y muy tóxica. Lo del alcoholismo, de eso se trata, tiene su razón de ser.. Con este punto de partida, el director se arriesga a la confección de un drama mínimo construido únicamente sobre lo que podríamos llamar la sensación del cine. O la sensualidad del cine, mejor. La idea es contar el contraste entre una vida desnortada e inundada alcohol, incoherente y destructiva, pero excitante y llena de desafíos; frente al rigor de culpas, deberes, responsabilidades y quiebras financieras de la vida de sobria. Y hacerlo sin más recurso que una cámara atada a un personaje que duda, llora, se pierde y, lo apuntábamos antes, baila. El riesgo siempre puntúa doble y Mundruczó es de los que tira desde lejos del área buscando siempre el triple. El problema es, en efecto, no acertar. Siempre te cogen sin defensa.. A medida que avanza At the sea va acumulando pretensiones, errores, bailes tontos, planos vaporosos, flashbacks obvios y una pomposidad se diría que casi ebria. Adams sale de rehabilitación y la película debería entrar. El que todos los personajes que rodean a la protagonista sean completamente planos y sin relieve no ayuda. Bien está volcarlo todo en el talento indiscutible de la actriz principal, pero eso no debería significar maltratar al resto. Así las cosas, la Berlinale, de repente, se quedó sin argumentos en la anunciada, y por tanto esperada, como una de las mayores atracciones de la edición que nos ocupa. Habrá que seguir esperando.. El director Anthony Chen en la presentación de We are all strangers.CLEMENS BILANEFE. El resto de la sección oficial no le fue a la zaga. Eso sí, al director de Singapur Anthony Chen y a la canadiense Geneviève Dulude-De Celles se les exige menos que a Mundruczó. Aunque uno y otra llegaban con unas referencias impecables. Al primero le debemos logros como Retratos de familia yLa fragilidad del hielo. Ambas son estudios de personajes profundos, claros y calculados. La segunda por su parte filmó antes el preciso y precioso dibujo de la adolescencia que es A Colony. Digamos que ni We are all strangers, de Chen, ni Nina Roza, de Dulude-De Celles, desmerecen las filmografías respectivas, pero, justo es reconocerlo, no llegan. Hay sin duda algo que une a los tres directores del día: en ninguno su última película cuenta como su mejor trabajo.. We are all strangers cuenta en paralelo la vida de dos parejas que también son dos generaciones. Los jóvenes se tropiezan con un embarazo sorpresivo y, de golpe, todo cambia. Los mayores, por su parte, se dan de bruces con un enamoramiento igual de no esperado y, de golpe, todo cambia. Chen recrea así una fábula moral, que también lo es social, sobre la aceptación, sobre la pérdida y, esencialmente, sobre las dificultades de amar (el verbo más fácil de conjugar en latín y el más complicado de conjugar también en la vida). La película crece en la mirada cuando se olvida de retóricas y simplemente reconstruye desde los materiales más elementales (la rutina de cocinar o la alegría de un paseo por el parque) los sentimientos más delicados y hondos. Sin embargo, se pierde ligeramente en el empeño melodramático y algo banal de demostrarse a sí misma su propia importancia. En cualquier caso, tan dulce y agradable que no queda otra que ponerse de su lado.. Geneviève Dulude-De Celles en la presentación de Nina Roza.CLEMENS BILANEFE. Con Nina Roza se diría que sucede algo similar. Un hombre relacionado con el mundo del arte es enviado por su jefe a su Bulgaria natal. Allí ha surgido como de la nada una niña pintora de un talento e intuición pocas veces antes conocido. Desde Montreal a Sofía, el protagonista deberá enfrentarse a su pasado. Hace más de 20 años que dejó el país en el que nació tras la muerte de su mujer. De esta guisa, Dulude-De Celles se esfuerza en componer un paisaje sobre la identidad no necesariamente abstracto compuesto de remordimientos, heridas sin curar, cuentas pendientes y olvidos necesarios. Sorprende y enamora la delicadeza del trazo, la facilidad para dibujar sentimientos con apenas una mirada, un movimiento de cámara o una canción desafinada en plena borrachera. El problema, como en el caso anterior, es ese empeño por trascender a fuerza de metáforas que, en verdad, no son en absoluto necesarias. Pero, tanto da, Nina Roza es, en el bello sentido de la palabra, bella.. Y así, a esperar una nueva jornada.
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