Para obtener un cuadro lo más completo posible de lo que ocurrió con el terrorismo en el País Vasco, no es tan necesario recordar que ETA secuestró el 10 de julio de 1997 a un administrativo de pueblo que se iba a casar, batería de un grupo local, concejal del PP e hijo de emigrantes para anunciar que lo asesinaría en 48 horas si el Gobierno se plegaba a sus exigencias, y lo asesinó, como que después de muerto y enterrado, la tumba del muchacho fue vandalizada tantas veces que la pobre familia se llevó los restos a su pueblo natal, cerca de Ourense. A este crimen le dedican Juanjo López y Jon Sistiaga un documental, Las 48 horas que lo cambiaron todo,auspiciado por Netflix y que se estrena este viernes para, dicen, tratar de sacar las telarañas a algo que jamás creímos los españoles que podía pasar: el recuerdo. El 60% de los jóvenes no saben quién fue Miguel Ángel Blanco. Sistiaga (Irún, 59 años) recibe a EL PAÍS en un hotel del centro de Madrid.. Seguir leyendo
El periodista español y Juanjo López estrenan este viernes en Netflix ‘Las 48 horas que lo cambiaron todo’
Para obtener un cuadro lo más completo posible de lo que ocurrió con el terrorismo en el País Vasco, no es tan necesario recordar que ETA secuestró el 10 de julio de 1997 a un administrativo de pueblo que se iba a casar, batería de un grupo local, concejal del PP e hijo de emigrantes para anunciar que lo asesinaría en 48 horas si el Gobierno se plegaba a sus exigencias, y lo asesinó, como que después de muerto y enterrado, la tumba del muchacho fue vandalizada tantas veces que la pobre familia se llevó los restos a su pueblo natal, cerca de Ourense. A este crimen le dedican Juanjo López y Jon Sistiaga un documental, Las 48 horas que lo cambiaron todo,auspiciado por Netflix y que se estrena este viernes para, dicen, tratar de sacar las telarañas a algo que jamás creímos los españoles que podía pasar: el recuerdo. El 60% de los jóvenes no saben quién fue Miguel Ángel Blanco. Sistiaga (Irún, 59 años) recibe a EL PAÍS en un hotel del centro de Madrid.. Pregunta. ¿Por qué no saben los chicos quién es Miguel Ángel Blanco?. Respuesta. Porque no se lo hemos contado.. P. Fue, por desgracia, el tipo más famoso de nuestra generación. Su foto es un icono. ¿No lo conocen?. R. En Euskadi llevamos 15 años viviendo en una dulce amnesia colectiva, pasando página a toda leche. Quienes se sentían amenazados o no podían ir a tomar potes a la Parte Vieja porque necesitaban escolta pudieron de repente entrar en esas zonas de la ciudad y ser libres. Esa sensación de alivio hizo a la gente salir a la calle y decir: “Ahora sí se puede decir que aquí se vive de puta madre”. Antes no podías decirlo si tenías que mirar debajo del coche. Por fin podías defender que aquí tenemos la mayor concentración de estrellas Michelin del planeta y todas esas cosas.. P. Y se pasó página.. R. Porque no quedaba otra que seguir conviviendo con quienes, desde el silencio o desde la actividad, habían apoyado a ETA, y esos eran tus vecinos. Necesitabas poder mirarles a la cara sin cambiarte de acera, sin tener que saludarles siquiera, pero sabiendo lo que habían hecho.. En Euskadi llevamos 15 años viviendo en una dulce amnesia colectiva, pasando página a toda leche. P. Ya.. R. Pero también se ha pasado página por parte de todos esos malos: los que se fueron de rositas y los que no quieren que se les interpele con las preguntas incómodas que empiezan a salir ahora, probablemente una vez transcurrido el tiempo de estabilización de la memoria.. P. ¿Y hacia dónde se va?. R. A la siguiente fase: qué hizo cada uno o qué dejó de hacer. Y en este tiempo no hemos hecho los deberes, que consistían en contarles a los chavales lo que pasó. No lo hemos hecho ni en Euskadi ni aquí. En la PAU de este año, en el País Vasco, ha entrado por primera vez una pregunta sobre los años de plomo, los años ochenta. Es la primera vez, en 2026, que se pregunta qué pasó en aquellas mismas calles, institutos o universidades donde se hace el examen.. P. Miguel Ángel Blanco tuvo que ser enterrado fuera de Euskadi. Puede uno hasta preguntarse: ¿qué hizo tan grave? Pero nada.. R. No sé qué satisfacción ética post mortem encontraban algunos en vandalizar la tumba de un don nadie. Porque era eso: un desconocido. Eso demuestra el grado de degradación moral al que se llegó en Euskadi. Fuimos una anomalía ética en la Europa de los años ochenta, noventa y principios de los dos mil. En cualquier otro lugar se vivía con normalidad; allí se mataba a la gente por pensar de otra manera, hasta el punto de no respetar ni su tumba.. P. Acaba usted en Faramontaos (A Merca, Ourense) hablándole a los restos de Miguel Ángel Blanco.. R. Tenía 29 años cuando cubrí su asesinato. Él también tenía esa edad cuando lo mataron. Han pasado 29 años. Allí se me ocurrió hablarle de tú a tú. Pensé: esto ya no es romper la cuarta pared para hablarle al espectador; es romper una quinta pared y hablarle al más allá. Trato de decirle: “Teníamos la misma edad. Esto es todo lo que te has perdido”. Hemos arriesgado. Le digo: “Que sepas, tío, que tu muerte —ya me jode decírtelo así— lo cambió todo”. Es una reflexión. Creo que está bien; es emocionante y ayuda. Tiene todo el sentido que, después de hablar de este chaval, vayamos a su tumba y le digamos qué significó todo aquello. El espectador asume que, en el viaje personal de un periodista curtido, tienes la autoridad para decirle: “Tío, me quedé a cinco kilómetros de donde te mataron. Y pensaba que te iban a dar un tiro en la rodilla y a liberar, después de todo lo que había ocurrido”.. P. A usted lo envían desde Madrid a informar del secuestro.. R.Estaba trabajando en Telecinco. Soy de al lado, de Irún. Todo sucedió en Ermua, pero lo mataron en Lasarte. Lasarte está a 15 kilómetros de Irún y durante estos años pasé muchas veces por allí, por el lugar. Siempre me extrañó que no hubiera nada.. P. ¿Nada?. R. Ni una cruz, ni una pintada, ni una chapa. Ahora sí la hay: una cruz tallada por alguien en un árbol, hace dos o tres años, pintada de blanco. A mí me dijeron: “Tú, a los montes”. Me fui a los montes y me quedé a cinco kilómetros de donde lo mataron. Lo contamos en el documental: “¿Cómo se lo van a cargar? Aquí, entre Lasarte, Hernani y Andoain. Va a ser el comando Donosti y se lo van a follar aquí”. Nos quedamos a cinco kilómetros por carretera, dos en línea recta. Y, fíjate, no escuchamos los disparos de chiripa. Allí, en los montes, rodeados de guardias civiles y policías buscando como locos; aquello era un carajal alucinante, vertiginoso.. P. Fueron 48 horas angustiosas.. R. Te encañonaba un ertzaina y tú decías: “¡Periodista!”. Yo sacaba la cara y me decían: “Coño, ¿qué haces aquí”. En una pista forestal, a esas horas, un solo coche con tres tíos dentro —mi compañero, el cámara y yo— tenía toda la pinta de llevar a los terroristas.. El periodista Jon Sistiaga en un hotel en Madrid. Jaime Villanueva. P. Y cuando lo matan, el silencio. En toda España.. R. Hay algo que me dice todo el mundo y que no puede ser del todo cierto; es un recuerdo que ha generado nuestra imaginación. El silencio. Le he dado muchas vueltas y creo que, de alguna manera, a todos se nos apagó el cerebro durante unos segundos. Nadie quería que lo mataran, y la última esperanza se fue a la mierda cuando alguien, desde un chiringuito en una playa o con una radio de transistores, dijo: “Se lo han cargado”. Este fin de semana discutía con mi hermana: ella dice que la radio se apagó. Eso no pudo pasar; la radio no puede apagarse, estaría sonando música.. Toda mi vida ha estado atravesada por la violencia, desde que nací.. P. Yo estaba en la playa de Silgar, en Sanxenxo. Y se hizo un silencio terrorífico.. R. Pero no pudo ser: se hizo en tu mente. Siempre hay un perro ladrando, un niño jugando, ruido ambiente, un chapoteo o el aviso de que se ha perdido un crío. Pero en nuestra cabeza, durante unos segundos, hubo un “puf”. La playa de Mallorca, la de Hondarribia, la de Zahara… He hablado con mucha gente y todos los que estaban en una playa conservan esa sensación. Fue como un apagón cerebral general de toda la buena gente que no quería que lo mataran.. P. ¿Qué impacto tuvo ETA en la vida de alguien de su edad?. R. Toda mi vida ha estado atravesada por la violencia, desde que nací. Soy del 67 y ETA mata al año siguiente, en Irún, a Melitón Manzanas, un tipo muy conocido y muy temido en mi ciudad. Yo me crié conociendo a todos los que habían pasado por sus manos: comunistas, socialistas, anarquistas, independentistas del PNV; todos. A partir de ahí, mi vida transcurre como la de cualquier chaval que tenga ahora mis 58 años, marcada por las amistades indelebles que haces en el colegio, el equipo de fútbol y la calle. Cinco o seis de aquellos chavales acabaron muertos de sobredosis, como en cualquier otro lugar de España; dos o tres entraron en ETA y otros dos o tres fueron hijos de víctimas de ETA. Ese era el ecosistema en el que vivía. A gente como yo, como periodista, eso nos permitía no situarnos en ningún plano de equidistancia —no creo en ella—, pero sí entender los matices que había detrás de cada cosa. También me permitió mantener contactos y fuentes para llamar al otro lado, a Francia, a los refugiados o a compañeros que estaban metidos en el jaleo o acababan de salir de la cárcel, y así tomar el pulso desde dentro.. P. ¿Y?. R. Aquel fin de semana de julio pude llamar y estuve con gente de HB para conocer el pulso interno. Y tuve una sensación que explica por qué creo que esto lo cambió todo: no me encontré con nadie que dijera “algo habrá hecho” o “se lo merecía”. Nadie. En otras ocasiones sí se decía: “Que no se hubiera metido” o “ya sabía dónde se metía”. Esta vez era: “Es demasiado cruel hasta para nosotros”.. P. En esas 48 horas no hubo negociación, pero sí contactos.. R. Sí. Sacamos a la luz dos, incluso tres. Conseguimos que alguien del PNV, Iñaki Anasagasti, reconozca algo que yo ya sabía: que Arzalluz llamó directamente a Gorka Aguirre, su contacto, su línea caliente. El PNV tenía una línea caliente con ese mundo. La respuesta fue: “Se lo van a cargar”. Luego Patxi Zabaleta, que acababa de dejar la Mesa Nacional de HB y trataba de montar un partido pacifista de la izquierda abertzale, Aralar, cogió el coche, se fue a Baigorri, en Francia, y habló con José Manuel Pagoaga Gallastegui, alias Peixoto. Había sido dirigente de ETA hasta unos años antes. El Batallón Vasco Español le puso una bomba y lo dejó medio ciego y sin una mano, pero era un tipo con mucho ascendiente, una figura muy considerada en el mundo del euskera. Hizo las llamadas, pero no sirvió de nada. Y la historia que más me interesa ya se conocía, pero la mujer que la protagonizó, una abogada de Donosti, no había querido contarla nunca. Me ha costado veintitantos años que lo haga, porque es de mi pueblo.. P. Sí.. R. Veintitantos años y unos 800 gin-tonics para conseguir que dijera: “Venga, te lo voy a contar”. La historia surge en Madrid. La hermana de esta abogada trabajaba en El Mundo y le dijo a Pedro J. Ramírez: “Mi hermana conocía a Txelis de joven”. Pedro J. se lo comentó a Mayor Oreja: “Oye, quizá haya una opción ahí”. Esta mujer cogió un avión en Biarritz y se plantó en la prisión de La Santé. Llamó: “Quiero hablar con el director. Soy María José Gurruchaga”. Y le respondieron: “La estábamos esperando”. Mayor Oreja dice en el documental: “Sí, hicimos una gestión. Siempre dijimos que era una iniciativa personal. Ella no estaba autorizada para negociar, firmar ningún papel ni ofrecer ninguna condición”. Era una vía exploratoria, pero la facilitaron. Aznar dice: “No sé de qué me habla, pero, si usted lo dice, será así. Yo no lo sé”. Claro, hombre. Tu Gobierno autorizó contactos indirectos; si no, ¿cómo entras en la prisión? Y hay otro detalle: ella pidió hablar con Txelis, que era su amigo.. P. Pero no estaban solos.. R. En la reunión había otro hombre: Kepa Pikabea. Tenía 24 muertos a sus espaldas y luego se arrepintió y dejó ETA, pero en aquel momento era muy respetado dentro, uno de los grandes. Ella no lo conocía. Pikabea, con quien yo había hablado muchas veces y que al final se echó atrás y no quiso aparecer en el documental, sí me permitió contar su versión. Él recuerda a una mujer alta y guapa y a Txelis, pequeño y feo; el contraste era evidente. Lo comprobé todo con esa abogada. Le pregunté a Pikabea: “¿Qué hacías tú allí, si no la conocías?“ No lo sabe. Estaba allí por ser quien era en ese momento. Si ella conseguía que el exjefe ideológico de ETA, Txelis, y un militante tan conocido como Kepa Pikabea dijeran algo, podía tener peso. Pikabea había sido instructor de los comandos que estaban operativos; les había enseñado a disparar. Es decir, el Gobierno permitió un acercamiento de aquella manera. Interpretarlo así sí es novedoso.. P. No se negocia con terroristas, pero se puede intentar salvar la vida de este hombre.. R. Claro. Fueron contactos indirectos. También hubo más: Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz, estuvo hablando con Antxón. Esta vez Antxón no quiso hablar conmigo.. P. ¿Sigue cazando mariposas en la República Dominicana, Antxón?. R. Qué va. Fue delegado sindical de LAB hasta hace cuatro o cinco años. Ni siquiera me ha contestado a los mensajes de WhatsApp; no me habla.. Jon Sistiaga en un hotel en Madrid, el pasado lunes.Jaime Villanueva. P. Hablan ustedes con el rey Felipe VI.. R. No hizo falta demasiado para convencerle. Todo coincidía con el 29 aniversario, que era también su edad. Él lo recuerda como su primer acto de gran impacto y cuenta el miedo con el que fue allí. La situación era volátil y podía haber otro atentado. “El rey no puede ir; que vaya el príncipe”. Mandaron al chaval. Él lo cuenta desde un lugar muy humano: no es el rey hablando con un periodista, sino Felipe hablando como persona.. P. Las televisiones hicieron algo en común.. R. Todas se fueron a negro durante veinte segundos, a las cuatro de la tarde, con un cartel: “Miguel Ángel, te esperamos” o “Miguel Ángel, vuelve a casa”, algo así. En el cementerio había una carga emocional muy contenida que podía haber estallado en cualquier momento. En el documental aparecen otros personajazos, como el alcalde que puso a andar a todo el pueblo durante seis kilómetros para cansarlo y lograr que la gente se fuera a casa, sudada y agotada; o los ertzainas que evitaron un posible linchamiento de gente de HB.. Al hablar con periodistas de aquella época que trabajaron en Euskadi, he comprobado que el caso de Miguel Ángel Blanco fue el que más nos marcó y el que confirma que todos conservamos un pequeño trauma. P. Un ertzaina se saca el verduguillo.. R. Sí, el verduguillo, la máscara.. P. Aquella imagen fue muy potente.. R. Para mí es una de las grandes imágenes de la democracia: aquella catarsis en la que el pueblo se da cuenta de que estaba a punto de convertirse en eso mismo que combatía, arrollando a los otros.. P. Cubrir aquello no tuvo que ser fácil.. R. Al hablar con periodistas de aquella época que trabajaron en Euskadi, he comprobado que el caso de Miguel Ángel Blanco fue el que más nos marcó y el que confirma que todos conservamos un pequeño trauma. Muchos lo estamos sacando ahora, no sé si porque toca recuperar la memoria, porque hay que contarlo o porque, al ponerlos a hablar, han empezado a salir cosas. En tu periódico trabajaba una periodista a la que pusieron una bomba en una planta de su casa donde vivía ella y su marido con un bebé de 18 meses.. P. Aurora Intxausti.. R. Autora Intxausti. Lo de Miguel Ángel Blanco fue tan emocional que diluyó las fronteras entre el periodista y el ciudadano, entre el reportero y el ser humano.. P. Las emociones invadieron el trabajo.. R. Te ponías a llorar, te parabas, te bloqueabas. Nos ha pasado otras veces, sí, pero aquello ocurrió en nuestra tierra. “No puedo seguir grabando; bajo la cámara y me sumo a la manifestación”. Llorabas mientras trabajabas. Creo que marcó a toda una generación. Lo vivimos tan desde dentro que no sabíamos si queríamos informar de cuánta gente había o sumarnos a la manifestación para ser uno más. Lo que querías era que no lo mataran.. P. La cobertura fue impactante. Estábamos todos concernidos.. R. ETA tampoco midió el avance de los medios de comunicación: ya podían sostener una narración continua durante 48 horas. Pensaron que aquello sería un titular un día y otro titular al siguiente, pero no fue así. Normalmente, cuando mataban a alguien, después te preguntabas quién era, qué hacía, dónde trabajaba, si tenía hijos o familia. Esta vez primero te lo contaron todo y después lo mataron. Y dijiste: “No jodas”. Además, caía bien a todo el mundo. Le gustaban Héroes del Silencio, tocaba la batería en un grupo de bodas, iba a casarse con su novia de toda la vida, acababa de comprarse un coche, querían ir a Las Landas en su primer viaje e iba a dejar la política. Tenía 29 años. No querías que lo mataran porque ya lo sabías todo de él. Eso cambió emocionalmente la percepción.
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