Nuestro hombre orquesta (y bueno) por antonomasia presenta en Madrid un concierto con doble fin: solidario y homenaje a su amigo Antonio Vega Leer
Nuestro hombre orquesta (y bueno) por antonomasia presenta en Madrid un concierto con doble fin: solidario y homenaje a su amigo Antonio Vega Leer
Emilio Aragón (La Habana, 1959) funciona a otra velocidad. Acaba de entregar su nueva novela, está rematando el guión de su tercera película como director y ha grabado un documental sobre su empeño en dominar el Concierto en Sol Mayor de Ravel, uno de los más complicados que existen («A mi edad, es como querer correr la maratón de Nueva York en 2h 43m», sonríe). Sin embargo, en las últimas semanas ha centrado su atención en ‘Lucha de gigantes’, el concierto solidario que organizó junto a Acción contra el Hambre en el Teatro Real de Madrid. Allí, Raphael, Ismael Serrano, Chambao, Travis Birds, Salvador Sobral y muchos más recordarán las canciones de Antonio Vega. Explica su implicación con una frase muy sencilla que, en estos tiempos convulsos e individualistas, suena revolucionaria: «Si puedo ayudar a alguien, ¿cómo no voy a hacerlo?».. ¿Sientes que la solidaridad y la bondad ya no se llevan, que han ganado los malos?. Siempre he tenido un problema, que yo pensaba que no era tal, pero como todo el mundo me lo dice… Siempre veo el vaso medio lleno. Desgraciada o afortunadamente, es así y siento que si hay un país solidario en el mundo es el nuestro. Estaremos discutiendo todo el día, pero cuando pasa algo grave, en España la gente sale de inmediato a la calle a ayudar, a expresarse, a lo que se necesite. El problema es que ahora hay tantos conflictos nuevos que algunos problemas enormes ya conocidos, se olvidan entre el ruido. Ese es el peligro y el temor de organizaciones como Acción contra el Hambre y tantas otras ONG en las que tantos cooperantes se dejan la piel. Hay que recordarle a la gente constantemente que, hoy, 673 millones de personas padecen hambre en el mundo; 295 de ellos, hambre severa, especialmente en África.. ¿Te inquieta hacia dónde vamos como sociedad?. Es curioso porque, sobre todo, lo que me inquieta es algo personal: no adaptarme y no entender los tiempos que vivimos. Por ejemplo, la inteligencia artificial es como si fuese un caballo que se me está alejando y yo corro detrás, pero no llego. Entiendo que de alguna manera tengo que ponerme al día, pero no sé si ya voy a poder. La ironía de todo esto es que en los tiempos de la inteligencia artificial en el primer mundo, siga muriendo gente de hambre. De todos modos, no quiero parecer un optimista absurdo, pero quiero pensar que toda esta labor marca una diferencia. La de la gente que trabaja en las ONG, no la mía, que soy un simple altavoz. Luego, también, han pasado cosas feas con ciertas ONG que han tenido un efecto colateral y han salpicado negativamente a las que lo hacen bien. Acción contra el Hambre hace más de 40 auditorías al año para mantener una transparencia exquisita y absoluta, para que no haya ningún tipo de duda. Eso a mí me da paz. Al final, las organizaciones no son entes, las organizaciones son personas y los cooperantes, en su inmensa mayoría, son oro puro. El concierto es, en un plano casi tan importante como lo solidario, un homenaje a tu íntimo amigo Antonio Vega.. Sí. Nos conocimos cuando yo tenía 14 y él, 16. Éramos vecinos cuando mi familia volvió a Madrid. Antonio me llevaba dos años y pico, pero conectamos porque nuestras vidas giraban en torno a la música. Íbamos juntos a recoger los vinilos que habíamos pedido, nos los aprendíamos de memoria, sabíamos hasta quién era el fotógrafo de la carátula y, luego, los rayábamos escuchándolos una y otra vez en su habitación o en la mía. Loggins and Messina, James Taylor, los Allman Brothers… Tengo unos recuerdos bárbaros. Sus hermanos mayores estaban ya en la universidad, Ricardo en Medicina y Carlos en Arquitectura, y sus hermanas pequeñas también andaban con nosotros. Todo el mundo entraba y salía de las habitaciones… No sé, era una amistad muy profunda [Emilio se emociona ostensiblemente].. ¿Tocabais mucho juntos?. Todo el rato. Mi padre me había regalado un [piano eléctrico] Fender Rhodes y él venía con la guitarra. Sigo buscando una grabación que hicimos en los antiguos estudios de RCA, en Doctor Fleming, en la que Antonio hizo unas maquetas y yo otras, cada uno sus canciones por separado, pero yo hacía coros y tocaba los teclados en la suya y él, guitarra y coros en la mía. Las perdí en una mudanza que hizo mi cuñado y fue un disgusto enorme, pero no pierdo la esperanza. Cada poco tiempo insisto a mis hermanas y en algún trastero tienen que estar.. Es curioso porque vuestra imagen pública no puede ser más diferente: el artista atormentado y el cómico feliz para todos los públicos.. Es así. A primera vista parecemos polos opuestos, pero había una química especial. Éramos amigos, nos unía la música, yo iba a ver sus partidos de rugby en el campo de Arquitectura… Inseparables. Lo que pasó fue que llega la democracia, el referéndum y empieza la Movida, donde cogemos caminos diferentes. Antonio crea Nacha Pop y yo voy por otro lado, primero como Milikito con Los Payasos y, luego, ya por mi cuenta en la tele. Ahí fue más complicado porque nos fuimos de casa de nuestros padres, él tenía sus giras, yo me casé joven y nos fuimos viendo menos, pero la amistad duró hasta el final.. Emilio Aragón posa en la sede de Acción contra el Hambre.Javier Barbancho. Generacionalmente, te pilla de pleno La Movida, pero no se te imagina formando parte de ella.. Porque la realidad es que casi no la viví. Giraba alrededor de la música y algo de cine y yo hacía comedia, teatro y tele. Era otra historia y otra forma de vida. Además, a mí me pilló trabajando con mi padre, me tenía vigilado y no me daba tiempo, porque La Movida era una cuestión de noches y fines de semana y yo estaba haciendo bolos o durmiendo porque a la mañana siguiente tenía que estar a las siete en maquillaje. No sé, igual me ahorré algún peligro, pero a lo mejor hubiese vivido experiencias muy interesantes. Nunca sabes. Antonio era una estrella en esos años y yo me alegraba muchísimo, pero cuando me pongo a recordar mi memoria se va a antes, a los veranos con las guitarras y el bongó en la piscina de su casa, cantando en corro y fumando, o cuando nos íbamos a Asturias a hacer trekking por la montaña. Una vez, en la sierra del Sueve, las pasamos canutas. Empezó a bajar la niebla, no encontrábamos la cabaña, hacía un frío de su padre y tuvimos un rato muy malo. Tengo recuerdos imborrables.. ¿Te molesta que su recuerdo vaya siempre asociado a la droga y a esos últimos años, ya tan deteriorado?. Al final pasó lo que pasó, pero Antonio nunca fue ese tío triste y solitario. Siempre tuvo amigos, fue deportista… pero sería absurdo negar la otra parte. Hay un momento en que a mí se me puso un nudo en la garganta porque hice un programa en Antena 3 que no funcionó, en el 93, justo antes de ‘El juego de la Oca’, y Antonio vino de invitado a cantar ‘El sitio de mi recreo’. Ya estaba bastante mal. Y dijo: «Si alguien puede entender el sentido de esta letra, ése es mi amigo Emilio». Es una pena que, según pasa tiempo tras su muerte, se le vaya olvidando. También por eso quiero hacer este concierto cada año, para recordar a la gente su trabajo y lo importante que fue.. ¿Se le olvida?. Me parece que eso lo podemos extender a toda la cultura española. Deberíamos cuidar mucho más a nuestras figuras, a los que se fueron, recordarlos más de alguna manera. Hay otras culturas, como la francesa, la italiana o la inglesa, donde si sales a la calle y preguntas por sus clásicos, todo el mundo los conoce. Eso no pasa aquí con José Bódalo o José María Rodero. Se debería encontrar la manera de explicar a nuestros jóvenes quiénes fueron estos gigantes. Si hubiesen nacido en Estados Unidos, Bódalo podría haber sido perfectamente Gene Hackman y José Luis López Vázquez, Jack Lemmon. De hecho, George Cukor dijo que el mejor actor que había conocido en su vida era López Vázquez. Es necesario honrar a esas figuras que forman parte de nuestro patrimonio.. ¿Tú te sientes justamente reconocido?. Sí, creo que he sido muy afortunado, sobre todo por una cosa muy curiosa. Ahora hay una generación en la que me conoce todo el mundo y otra en la que no me conoce nadie. Se me acerca alguien en la calle a decirme cosas muy bonitas mientras el hijo me mira con cara de «¿quién es este tío de barba blanca?» [risas].. Con lo insoportable que se te hizo la fama extrema de la época de ‘Medico de familia’, sospecho que prefieres lo segundo.. Absolutamente, porque me ha permitido, además, hacer muchas más cosas. El problema de estar delante de la cámara es que te quita tiempo para hacer lo que de verdad quieres. Tienes que estar ahí delante en vez de estar detrás, escribiendo o dirigiendo.. Dime la verdad, no puedes ser tan buena persona todo el rato, ¿qué secreto turbio escondes?. [Risas] Hay muchos defectos, pero nada oscuro. Si hay alguien imperfecto, soy yo, o al menos así me siento porque soy una persona muy insegura. Pero la vida ha querido que haya tenido muy buenos compañeros de viaje que me han ayudado, de los que he aprendido mucho y me han permitido brillar.. Algo, Emilio, algo. ¿Nunca has levantado la voz?. Solo he gritado una vez, en un ensayo antes de estrenar ‘El juego de la Oca’. Veníamos del fracaso que te he comentado antes y tenía mucha presión porque tenía un equipo muy grande detrás, muchas personas que habían confiado en mí y si no funcionaba, teníamos un problema muy gordo. Fue una tontería, la típica gota que colmó el vaso. Llevaba seis días diciendo que faltaba un clavo en el escenario, el clavo no estaba y estallé. Me arrepentí de inmediato y estuve pidiendo perdón a esa persona muchos días. Aprendí que gritar no lleva a ningún sitio, que los tiempos de Toscanini han pasado y una orquesta ya no tolera que un director grite. Por suerte. Una atmósfera de terror no sirve de nada en ningún trabajo. No he vuelto a gritar.. ¿Qué te queda por hacer?. Ya no me da tiempo a aprender, pero el otro día, viendo el documental de Mel Brooks, pensaba que la figura que más me hubiese gustado es la del pintor que pinta el cuadro y se va sin ver la reacción de la gente. Ni audiencias, ni críticas terribles…Llegar a entender que no puedes gustarle a todo el mundo es es un ejercicio complicado, hay que trabajarlo mucho. De todos modos, por encima de todo soy un cómico, un payaso. Hay algo epigenético en mi ADN de lo que no puedo escapar. Alguna vez estuve tentado y me ofrecieron hacer drama. Gerardo Vera me lo pidió, por ejemplo. Pero es que no me veo yo y, además, creo que a la gente le va a chocar también. Me encanta ser payaso. De hecho, antes de morirme, quiero hacer un espectáculo de mimo. Es mi asignatura pendiente: hacer algo que lo pueda entender hasta un ruso.
Cultura // elmundo
