Me acuso: estoy entre esa parte de la población para la que la unión de la palabra idea con el adjetivo refrescante no evoca más que lo obvio. Estoy en Madrid bajo los efectos de la enésima ola de calor y sólo soy capaz de fantasear con un chapuzón en la piscina que no tengo o arrastrarme a la cocina en busca de agua fresca. La memoria no me devuelve ningún recuerdo y, si busco acontecimientos recientes con los que tejer una metáfora refrescante, tampoco los encuentro. Arrastro un curso muy fatigoso, lleno de viajes y toboganes emocionales, y necesito cortar, irme de vacaciones, pero no creo que mi sequía sea circunstancial ni producto de una contaminación anímica. En realidad, el sintagma idea refrescante me resulta incongruente, casi un oxímoron fallido. Una idea inspirada, la llamemos como la llamemos, desencadena un proceso que, por corto o simple que sea, acarrea decisiones y cierto grado de incertidumbre, y, en ese sentido, las ideas refrescantes tienen los pasos muy cortos. O se agotan en sí mismas, o bien el momento del refrigerio se alarga en exceso o nunca llega.. Seguir leyendo
Me acuso: estoy entre esa parte de la población para la que la unión de la palabra idea con el adjetivo refrescante no evoca más que lo obvio. Estoy en Madrid bajo los efectos de la enésima ola de calor y sólo soy capaz de fantasear con un chapuzón en la piscina que no tengo o arrastrarme a la cocina en busca de agua fresca. La memoria no me devuelve ningún recuerdo y, si busco acontecimientos recientes con los que tejer una metáfora refrescante, tampoco los encuentro. Arrastro un curso muy fatigoso, lleno de viajes y toboganes emocionales, y necesito cortar, irme de vacaciones, pero no creo que mi sequía sea circunstancial ni producto de una contaminación anímica. En realidad, el sintagma idea refrescante me resulta incongruente, casi un oxímoron fallido. Una idea inspirada, la llamemos como la llamemos, desencadena un proceso que, por corto o simple que sea, acarrea decisiones y cierto grado de incertidumbre, y, en ese sentido, las ideas refrescantes tienen los pasos muy cortos. O se agotan en sí mismas, o bien el momento del refrigerio se alarga en exceso o nunca llega. Seguir leyendo
Me acuso: estoy entre esa parte de la población para la que la unión de la palabra idea con el adjetivo refrescante no evoca más que lo obvio. Estoy en Madrid bajo los efectos de la enésima ola de calor y sólo soy capaz de fantasear con un chapuzón en la piscina que no tengo o arrastrarme a la cocina en busca de agua fresca. La memoria no me devuelve ningún recuerdo y, si busco acontecimientos recientes con los que tejer una metáfora refrescante, tampoco los encuentro. Arrastro un curso muy fatigoso, lleno de viajes y toboganes emocionales, y necesito cortar, irme de vacaciones, pero no creo que mi sequía sea circunstancial ni producto de una contaminación anímica. En realidad, el sintagma idea refrescante me resulta incongruente, casi un oxímoron fallido. Una idea inspirada, la llamemos como la llamemos, desencadena un proceso que, por corto o simple que sea, acarrea decisiones y cierto grado de incertidumbre, y, en ese sentido, las ideas refrescantes tienen los pasos muy cortos. O se agotan en sí mismas, o bien el momento del refrigerio se alarga en exceso o nunca llega.. Hace poco releí El nadador, de John Cheever, uno de los cuentos más conocidos de la literatura universal. En él, un norteamericano acomodado, vecino de un barrio residencial de viviendas ajardinadas, decide regresar a su casa, después de tomar unos cócteles en la casa de unos amigos, cruzando a nado todas las piscinas, privadas y públicas, que hay entre medias. La idea, si descontamos el alcohol, efectivamente, no puede ser más refrescante. Un domingo soleado, un aperitivo con amigos y la brillante idea —aquí utilizo la expresión en un sentido irónico—de regresar a casa nadando de piscina en piscina. Neddy Merrill, que así se llama el nadador, inicia su periplo en un estado de euforia que equivocadamente confunde con el vigor la juventud y que vemos decrecer desde las festivas y alegres primeras casas, donde se le recibe con complicidad, hasta las siguientes, que coinciden con los primeros signos de fatiga y un recrudecimiento paulatino del clima, en las que se le reclaman deudas y viejos agravios. La cúspide dramática es la llegada a la suya, que encuentra vacía y decrépita; y, el desenlace, retrospectivo, sutilísimo: el reconocimiento de que todo ha sido una ensoñación etílica, producto de la resaca, y que el presente de la narración es el de la decrepitud y la ruina. En realidad, hemos acompañado a Neddy Merrill en una amarga recreación de su descenso al infierno desde una idea tan refrescante —recordemos— como regresar a casa nadando.. No estoy sugiriendo que un destino así de sombrío aguarde a quienes andan a la busca de ideas refrescantes. Tengo el mayor respeto por los inventores de las piscinas, del helado, de las neveras, de los toldos, de las fuentes, de los aspersores, de los abanicos, de los pantalones cortos, de los ventiladores y —no siempre— del aire acondicionado. Pero, quitando casos concretos como estos, o como ingerir líquidos fríos, remojarse o buscar sombra, ¿de verdad hay ideas refrescantes? En un sentido metafórico, se podría aplicar a cualquier ruptura del orden de las cosas que suponga una mejoría respecto de la situación anterior. Tras la pandemia, por ejemplo, quienes dejaron la ciudad y se fueron al campo para llevar una vida más cercana a la naturaleza, se supone que tuvieron una idea refrescante. ¿Pero cuánto duró la fiesta? ¿Cuánto tardó la vida en colarse por los intersticios? ¿Hasta cuándo estuvo la mercancía en el escaparate? ¿Cuándo se hizo vieja? El narrador del cuento de Cheever lo expresa así: ¿en qué momento aquella travesura, aquella broma, aquella payasada, se había convertido en algo muy serio?. Tal vez se deba a que asocio el término al tono especialmente postizo de los magazines televisivos de verano; el caso es que, en el mejor de los casos, refrescante me suena a sección de tendencias. Qué le voy a hacer. El mundo puede dividirse de muchas formas: entre pobres y ricos; entre jóvenes y viejos; entre disidentes y normativos; entre alegres y tristes; entre obesos y delgados; entre amantes fieles e infieles; entre defensores del bien común y partidarios de la rapiña; entre creyentes y no creyentes, entre sensatos y atolondrados, entre violentos y pacíficos; entre urbanitas y periféricos; entre indecisos y resolutivos; entre quienes querrían ser otros y quienes están a gusto con quienes son; entre quienes tratan a los niños ajenos con cortante indiferencia, y quienes les prodigan carantoñas y guiños; entre quienes ponen cuidado en qué comen y quienes sólo engullen; entre lectores y no lectores; y también, por qué no, entre quienes nunca hemos tenido, o no recordamos, una idea refrescante y quienes las tienen a borbotones o son capaces al menos de identificarlas en otros. Cada uno con lo que le toca.. Si yo fuese neutral no sabría con quién preferiría tratar, si con los refrescantes o los reticentes.. Miremos la publicidad: todo lo que nos ofrece caduca más pronto que tarde. Y lo mismo se puede decir de los telediarios. Las cosas suceden sin dejar apenas huella. No sólo los bienes materiales son efímeros, también lo son las ideas, los principios. Todo es consumible, reemplazable, mercadeable, cosificable, adaptable, objetable, y este exitoso axioma capitalista, que, cuando Lipovetsky publicó El imperio de lo efímero en 1987 aún podía considerarse el campo de cultivo y la garantía de las libertades que disfrutamos en el mundo occidental, desde la aceleración digital ya no está tan bien visto. Somos yonquis de lo efímero metidos en una centrifugadora y eso sólo nos lleva a querer acortar los tiempos del estímulo cada vez más, a resumir, a simplificar, a eliminar los matices, a ser, en suma, cada vez más manipulables.. Si más allá de a las obvias me resisto a rendirme a las presuntas virtudes de lo refrescante, es porque lo refrescante no es otra cosa que la quintaesencia de lo efímero; lo efímero elevado al cubo. Como el refresco verdadero, algo momentáneo. Dura lo que dura un anuncio. Y, por cierto: ya no son solo refrescantes los anuncios de compresas, de cruceros, de perfumes, de hoteles, de bebidas, de moda… Ahora también son refrescantes los de seguros. Hemos dado ese paso. Para según quién, los cabezas rapadas son refrescantes.. Lo sé: mi argumento está lleno de puntos flacos. Debería haberlo enfocado de otra forma. Buscar ejemplos de cambios refrescantes en el arte o en la música, o hacer una desiderata y enumerar lo que hoy en día consideraría refrescante: que incapaciten a Trump; que la Unión Europea abandone su complicidad con Israel; que impere el derecho internacional; que se actúe contra el cambio climático; que se intervengan los oligopolios tecnológicos y farmacéuticos para someterlos a un control ético… Lo malo es que parece que seguiremos esperando. Estamos, como el nadador de John Cheever, en la piscina. ¿Vamos camino de ver nuestra casa en ruinas o aún podremos darnos la vuelta? ¿Y para ir adónde?. Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) es escritor y crítico literario. Su último libro es la novela Los ilusionistas (Anagrama, 2025).
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