La primera gran decisión fue contratar una excavadora. Una excavadora que arrasara con los escombros repartidos por un recinto de dos hectáreas de extensión que rodeaba los dos edificios del instituto público de Educación Secundaria y Formación Profesional Las Musas del distrito de San Blas. Así lo hubieran hecho el poeta Juan Ramón Jiménez o el pedagogo Francisco Giner de los Ríos “si hubiera estado en sus manos” y así lo hizo José Antonio Expósito cuando se convirtió en 2015 en director del centro. Si, según cuenta la leyenda, Juan Ramón Jiménez plantó 3.000 árboles en la Residencia de Estudiantes de Madrid, la hazaña de Expósito es haber dejado 300 en lo que hasta entonces era un secarral donde incluso los vecinos tiraban la basura. “Los tiempos de la naturaleza son necesarios. La naturaleza enseña mucho más que los ordenadores. Hoy la escuela tiene la misión de enseñar a tener paciencia, la vida profunda tiene otros ritmos a los de las redes sociales. Por eso los legisladores se equivocan cuando se pone en comparan los horarios de una fábrica o una industria a los de una escuela. El tempo educativo tiene que ser diferente, más próximo a los árboles”, reflexiona Expósito, hoy jubilado, mientras muestra los 150 cipreses que plantaron hace años los alumnos de 1º de la ESO.. Seguir leyendo
A raíz de la publicación del libro “La rebelión de las Musas” por parte de su ex director José Antonio Expósito, el Observatorio de los Derechos Humanos de España premia a la institución por “emprender un camino exploratorio en medio de un contexto social muy vulnerable”
La primera gran decisión fue contratar una excavadora. Una excavadora que arrasara con los escombros repartidos por un recinto de dos hectáreas de extensión que rodeaba los dos edificios del instituto público de Educación Secundaria y Formación Profesional Las Musas del distrito de San Blas. Así lo hubieran hecho el poeta Juan Ramón Jiménez o el pedagogo Francisco Giner de los Ríos “si hubiera estado en sus manos” y así lo hizo José Antonio Expósito cuando se convirtió en 2015 en director del centro. Si, según cuenta la leyenda, Juan Ramón Jiménez plantó 3.000 árboles en la Residencia de Estudiantes de Madrid, la hazaña de Expósito es haber dejado 300 en lo que hasta entonces era un secarral donde incluso los vecinos tiraban la basura. “Los tiempos de la naturaleza son necesarios. La naturaleza enseña mucho más que los ordenadores. Hoy la escuela tiene la misión de enseñar a tener paciencia, la vida profunda tiene otros ritmos a los de las redes sociales. Por eso los legisladores se equivocan cuando se pone en comparan los horarios de una fábrica o una industria a los de una escuela. El tempo educativo tiene que ser diferente, más próximo a los árboles”, reflexiona Expósito, hoy jubilado, mientras muestra los 150 cipreses que plantaron hace años los alumnos de 1º de la ESO.. En esta ocasión, el último reconocimiento que han recibido no está tan relacionado con los resultados ni con ningún nuevo plan de estudios. Tras la publicación por parte de Expósito del libro La rebelión de las Musas (Editorial Debate), el instituto ha sido galardonado con el Premio Catalejo 2026 en categoría de Educación otorgado por el Observatorio de los Derechos Humanos de España. “Es la primera vez que un instituto público recibe esta distinción. Lo que buscamos son iniciativas que, sin tener ninguna obligación, construyen derechos humanos en positivo. Sobre todo si afecta a algún colectivo que tiene dificultad para alcanzar ciertos niveles de calidad de vida o en contextos sociales muy vulnerables”, dice Mario Rigau, presidente del Observatorio. “Las Musas es una rara avis. Nosotros no nos hemos fijado en su excelencia académica sino en cómo un colegio público decide emprender un camino exploratorio que transforma todo lo que tiene alrededor. Se han valorado otros parámetros menos conocidos como su bajo absentismo, la inclusión o la propia motivación de los estudiantes”, observa.. En esta línea, por ejemplo, en el año 2019 Las Musas comenzó una cooperación entre con UNICEF, “a condición” de que se incluyera en el Proyecto Educativo del Centro (PEC) la Convención sobre los Derechos del Niño. Primero se iniciaron como Escuela Amiga hasta que en 2024 se les concediera el nivel 3: la máxima categoría. Una distinción que solo cinco institutos en toda España ha logrado.. La materia prima del instituto Las Musas —conocido por su carácter innovador y ambicioso en cuanto programas educativos relacionados con la investigación, la ciencia, la tecnología, el voluntariado o la política internacional— son los chicos y chicas del distrito de San Blas procedentes de los colegios públicos que les tienen asignados. En total, 1.500 adolescentes de un barrio multicultural y obrero de Madrid cuyas familias responden al perfil de clase trabajadora. Salvo alguna excepción en la ESO, solo en Bachillerato y en los grados de FP el porcentaje de alumnos que llegan de fuera — atraídos por la “excelencia académica” con la que se asocia a Las Musas— es más significativo.. “Los alumnos que no son tan brillantes también necesitan su espacio”. La idea “socrática” que Expósito trató de implantar ha logrado permanecer. “En la educación pública, con el movimiento de docentes que hay, es muy difícil que los proyectos sean sostenibles en el tiempo. Hay que hacer cantera también entre los docentes”, manifiesta Expósito. Víctor Barbero, el nuevo director, ha tomado las riendas para dar continuidad al proyecto.. En un centro tan asociado a la excelencia académica pero de educación pública, una de las preguntas clave es cómo se gestiona y defienden los derechos de los estudiantes que no destacan y cómo se convive con ese agravio comparativo. Marta González, jefa de estudios adjunta de la ESO, es la persona encargada de dirigir a esa mayoría “terrenal” de alumnos. “Para mí, según está el sistema educativo, los únicos alumnos que brillan son los muy inteligentes o los que estudian mucho. La valía no siempre tiene que ver con eso, muchas veces otros que son menos brillantes tienen, por ejemplo, mucha más creatividad”, opina. “Lo que intentamos es dar también su espacio a los alumnos que no son académicamente brillantes pero que importan tanto o más que los que lo son. Para eso tenemos un equipo de mediación y de mentorización”, explica. La mentorización es un programa que trata de detectar, desde 1º de la ESO, a los alumnos que tienen más dificultades —“sobre todo organizativas”— para asignarles un profesor del instituto que actúe como mentor. Durante una hora a la semana sale para estar con estos alumnos y guiarles, hacer de puente entre el estudiante y el resto de los profesores o mismamente en la comunicación con las familias.. “Se trata de detectar a los alumnos que empiezan a sentir un desapego con el sistema educativo. Está comprobado que los que muestran dificultades tienen a la larga la autoestima por los suelos. Es ahí donde una atención más personalizada es necesaria. El mentor se encarga de eso”, dice Víctor, el director. “El problema es que el sistema educativo tiene una presión bestial por lo curricular. Lo que nosotros nos proponemos es priorizar otras cosas”, añade. “Y si hay que saltarse el currículo o directamente pasar de él, aquí se hace”, reivindica Expósito. “A veces se dice que en Las Musas hay más recursos que en otros sitios. La realidad es que tenemos las mismas ratios: 1.500 alumnos y 109 profesores. Echa los cálculos. Estamos igual de mal que el resto”, asegura el actual director.. “Nosotros lo que hacemos es que en muchas ocasiones sacrificamos los desdobles de los profesores para que estos docentes puedan hacer el trabajo de mentoría”, agrega. “La mentora es una herramienta de confianza para el alumno, pero también entre profesores. Muchas veces se piensa que el estudiante que suspende es que no estudia, pero no es así. El mentor ha comprobado que, aún sabiéndose el contenido, algunos no son capaces de plasmarlo en el examen. Entonces el problema está en otra parte. Esta información no la tendríamos sin el mentor. Eso es rehumanizar la enseñanza”, razona Marta.. Para José Antonio Expósito los árboles que rodean Las Musas son la metáfora que hubiera utilizado Juan Ramón Jiménez para explicar lo que han sido, según él, “los años más felices de su vida profesional”. Por eso quiso introducir un sin fin de adelfas, el arbusto favorito del poeta. Por eso, quizá, los 150 cipreses llevan cada uno el nombre del niño que los plantó. “Porque los tiempos de la naturaleza eran necesarios”.
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