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Con humor y recuerdos personales, el actor Nicolás Litman lleva al teatro su propia historia y abre preguntas sobre la neurodiversidad, el bullying y la inserción laboral EL PAÍS
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Nicolás Litman tenía diez años cuando se enamoró perdidamente de Dana, una compañera de su escuela. El día que tomó coraje para hablarle, el intercambio fue tan breve como doloroso. Así lo recuerda.
-Dana, me gustás mucho.
-Ay, nene. Sos un monstruo.
Ese niño es hoy un hombre de 38 años, pero recuerda esas cinco palabras. “Son las más dolorosas de mi vida. Me sentí feo. Me di asco. Me dio vergüenza ajena. Como en los cuentos -la princesa de Disney y en este caso el jorobado de Tourette Dame-, no hubo final feliz”, dice Litman con ironía.
La anécdota de Nico y Dana forma parte de Mazel Toc, un biodrama escrito a partir de la vida del actor, diagnosticado en la infancia con el síndrome de Tourette. Construida desde el humor y los recuerdos personales, la obra no se limita al trastorno neurológico: aborda el judaísmo, el bullying escolar, la inserción laboral, la amistad y la vida cotidiana de una familia con un hijo neurodivergente.
A los cuatro años, Litman recibió el diagnóstico de un trastorno neurológico caracterizado por tics motores y fónicos. Los síntomas, que suelen aparecer en la primera infancia, incluyen movimientos involuntarios de la cara, los brazos y el tronco. Con el tiempo, ese niño creció, se acercó al teatro y, años más tarde, se animó a contar su historia en escena.

“Rechazaba la idea de contar mi vida en el teatro porque quería que se me reconociera por mi talento actoral y no por el Tourette. Quizá porque no tenía una buena relación con el síndrome. En la obra digo que yo tengo Tourette, pero no soy el Tourette. Me llevó muchos años aprenderlo y entenderlo”, dijo Litman poco antes de iniciar una de las funciones, en el que actúa y es coautor junto a Fernando Ricco.
Mazel Toc no es solo la historia de una persona con Tourette. Nicolás cuenta con sensibilidad sus primeros -y difíciles- años en la escuela, la adolescencia, los amigos, los miedos de la familia, la vida adulta, la identidad judía y las dificultades en el mercado laboral, en una galería de personajes que va sacando de unos cubos que forman parte de la escenografía mínima pero funcional. El Tourette funciona como un vehículo para hablar de empatía y de nuestra capacidad -o incapacidad- para aceptar las diferencias.
“El Tourette es un punto de partida para abordar distintas temáticas de experiencias que también atraviesan a otras neurodivergencias e incluso a personas neurotípicas. De ahí surgen los puntos de identificación con el público”, analiza Litman, quien dice que uno de los desafíos fue hacer un espectáculo divertido sin caer en el tono médico ni explicativo. El humor, de hecho, funciona como un gran aliado. “A mí me salvó y me sacó de situaciones en las que la hubiese pasado muy mal. Hace que todo sea más liviano”.

Fernando Ricco es el coautor y director del espectáculo, además de amigo de Litman y compañero en las clases de teatro con el maestro Luis Agustoni. Fue quien le insistió en llevar adelante el proyecto. “Un día le dije: ‘Tenés que contar tu historia de alguna manera’. Él me dijo: ‘Ni en pedo lo hago’. Después, con el paso de los años, se animó. Comenzamos a dividir su vida en momentos y colores. Hablamos del bullying, de los amores y desamores y de los personajes de su historia, como el rabino, su bobe y temas como la circuncisión. Es un espectáculo que interpela a públicos diversos. Nico se expresa con mucho amor y sensibilidad”, definió.
El director define al teatro como una práctica con potencial sanador y destaca el poder de la palabra. En este caso, la apuesta es mayor: la palabra en escena contando la propia historia en carne viva. “Ponemos el cuerpo, la energía y la acción en algo que amamos. El teatro sana porque permite hablar desde otro lado y estoy convencido de que lo que Nico cuenta nos toca a todos. Cuando ves a alguien que le pasa lo mismo que a vos, no te sentís más un bicho raro. Todavía tenemos muy presente la costumbre de encasillar y etiquetar a las personas”, agrega.
Fundada en 2012, Tourette Argentina trabaja en la concientización y difusión de información sobre el síndrome en el país. Su fundadora Andrea Bonzini, que tiene una hija de 29 años con el síndrome, destacó el valor de la obra que visibiliza el tema.

“Nicolás cuenta desde las entrañas lo que vive, sus emociones y el esfuerzo de su familia, que se replica en muchas familias con algún integrante con el síndrome. Es muy sanador lo que hizo y logra generar empatía con el espectador”, dijo Bonzini, quien es docente y embajadora argentina de la organización Tics and Tourette Across The Globe (TTAG).
El espectáculo ayuda, según su mirada, a vencer prejuicios que aún están vigentes sobre el síndrome. “Muchos piensan que las personas con Tourette dicen groserías de forma compulsiva. Eso se llama coprolalia y solo está presente en alrededor del 10% de las personas con esta condición. ¿Cuántas veces te subiste a un tren y viste a alguien haciendo gestos y lo mirás con cara rara sin entender? La mirada del otro es importante y etiqueta. Los prejuicios siguen muy vigentes y muchos chicos la pasan mal por el Tourette y los trastornos que suelen asociarse, como el TOC, el déficit de atención, la hiperactividad y los trastornos del ánimo”, finalizó.
Es viernes por la noche en el barrio de Villa Crespo. En la sala La Pausa Teatral, Nicolás Litman acaba de terminar su función a sala llena. A la salida del teatro, lo saludan y le dicen que su obra los emocionó e hizo pensar. Esta no es su primera experiencia teatral, pero sí su primer unipersonal: un reto mayor para cualquier actor. “Este es mi gran desafío: dejar de ser actor de reparto, tanto en el teatro como en la vida, y empezar a tomar las riendas”, zanja.
