De vez en cuando conviene dejar de escuchar y ver a los políticos, aunque estemos a pocos días de elecciones. Hace bien escuchar a los otros, a los muchos que apuestan por tramitarlo todo con palabras, con música, con arte, con relatos diversos en los que todo universo es posible. De vez en cuando es bueno ver que miles de personas se movilizan para escuchar una conversación, comprar un libro o dos, comer una mazorca o pasar un rato distinto en una feria que es una pequeña muestra de un país que resiste a pesar de sus políticos.. Seguir leyendo
Apuesto por cada Feria del Libro como lugar de encuentro, porque siempre será mejor que haya palabras acertadas o desacertadas que una guerra que dispara con precisión con las armas o en los debates políticos
De vez en cuando conviene dejar de escuchar y ver a los políticos, aunque estemos a pocos días de elecciones. Hace bien escuchar a los otros, a los muchos que apuestan por tramitarlo todo con palabras, con música, con arte, con relatos diversos en los que todo universo es posible. De vez en cuando es bueno ver que miles de personas se movilizan para escuchar una conversación, comprar un libro o dos, comer una mazorca o pasar un rato distinto en una feria que es una pequeña muestra de un país que resiste a pesar de sus políticos.. Pasaron por la Feria del Libro de Bogotá, en medio del colapso de tráfico y de la lluvia, los que van a votar por uno o por otra, los que no votan, los que no saben por quién hacerlo. Coincidieron todos en el río humano que cruzó de pabellón a pabellón y que se repartió por plazoletas y salas para dejar que las palabras fueran esta vez la alternativa. Y parecía como si el odio que promueven las campañas no existiera, como si de verdad se pudiera convivir en diferencia. Se habló de violencia, ¿qué duda cabe? Porque este es un país dolido y escribir lo que pasa ha sido una catarsis permanente para tratar de entender lo que nos pasa. Muchos hablamos de duelo y muerte en nuestros libros y algunos poetas lograron hacer versos para describir el genocidio en Gaza. El libro de Gisele Pelicot nos recordó a cada paso que la vergüenza debe cambiar de lado y el Mural de Ricardo Silva Romero plasmó, historia por historia, cada detalle de la toma del Palacio de Justicia. Será el relato que conocerán los que vengan.. Pero hubo más, mucho más en ese territorio de todos. Se habló del corazón roto de un migrante y de cómo ser efectivo en la estrategia comercial, del tarot, de feminismo y de nueva masculinidad. Pasó por alguna sala el fantasma de Humboldt y en otra se contó quiénes mandan en Colombia. Vinieron mujeres del Guaviare, de Boyacá, de Antioquia, del Meta y de muchos lugares más para hablar de menopausia porque hay silencios que ya era hora de romper. Los periodistas presentaron sus investigaciones, los filósofos y politólogos hicieron esfuerzos por ayudarnos a entender lo que pasa hoy y lo que la historia nos ha dejado. Psicólogos, médicos y terapeutas hablaron de cómo llevar una vida sana. Mauricio García Villegas en su libro Antes de perder el juicio hace una apuesta por la razón en medio del delirio. José Manuel Acevedo sigue en su apuesta por hacer visible el futuro con sus 40 menores de 40. Esos jóvenes que, como millones más, nos permiten tener esperanza. Si no hay fe en ellos, ¿en quién podemos creer? Y a su lado se habló de abuelos y de nueva longevidad.. Era fácil perderse en el recinto de la feria, no encontrar la sala, el libro o el autor al que queríamos encontrar. Había filas para todo y en un par de días llegaron tantas personas que literalmente no cabían en el lugar y los celulares colapsaron por momentos. Miles de personas de todas las edades deambulaban ávidas de un puñado de palabras, de una foto o de un momento distinto en una feria que hace rato dejó de ser de libros para ser de todo, para ser encuentro, fiesta y un poco de caos también. Costaba escuchar a otros y escucharse. En una feria que invitaba al silencio, era difícil encontrarlo y encontrarse.. Piedad Bonnett nos tradujo en versos La voz de las cosas y nos recordó en el homenaje a León de Greiff que “Colombia no ha sido muy agradecida con sus poetas”. ¡Cuánta poesía necesitamos para sobrevivir! Y pasaron de mano en mano los libros de Mario Mendoza, los de Juan Gabriel Vásquez, los de Pilar Quintana, los de autoras jóvenes que tienen su propia voz. La India llenó de magia, de sabores y de olores el recinto. Nos trajo autores, libros, danzas tradicionales y nos habló de su proyecto espacial. Las grandes editoriales vendieron por miles y acompañaron a los autores en eternas filas para firmar libros y tomar las fotografías que se quedaron en las redes en donde van a desaparecer empujadas por millones de píxeles. Y vimos también los esfuerzos de editoriales independientes que ponen al alcance de la mano otros formatos, otros relatos, otras miradas. Quijotes todos batallando contra molinos de viento, convencidos de que contar historias es parte de lo que nos hace humanos y hay que contarlas todas aunque el mercado no lo pida.. Un experto en encuestas corría para hacer la fila con su hijo en el pabellón del cómic, un periodista ofrecía su libro autopublicado en los pasillos mientras Jineth Bedoya nos narraba la feria desde la mirada de muchas mujeres. Un poco más allá, los jóvenes podcasteros, celular en mano, contaban su pedazo de historia en esa feria cargada también de influencers que ahora publican libros, para bien o para mal. En el auditorio se leyeron fragmentos del guion de Cien años de soledad y la actriz Marleyda Soto nos mostró por qué logró encarnar en la pantalla a la Úrsula Iguarán, en la cual viven millones de mujeres poderosas y vulnerables a la vez.. Algunos libros, como ese del Macondo mágico, están llamados a perdurar, a ser leídos por hijos y nietos, a trascender generaciones. No serán muchos, pero ahí están. Otros serán producto de momento, pequeñas instantáneas nacidas de métricas y de algoritmos o de un escándalo que, mientras se imprime, ya va muriendo. Miles y miles de libros de calidad diversa y, por allí escondidas entre ellos, pequeñas joyas que conviene leer, releer y atesorar. Seguiremos debatiendo sobre la calidad de lo que se publica y sobre el mercado que manda en todo y deja por fuera tanto valor. Más allá de los críticos, todo libro puede llegar a interpelar a alguien. No se necesita de un Nobel para tocar el alma. Por eso apuesto por cada Feria del Libro como lugar de encuentro, de palabra escrita y de oralidad, porque siempre será mejor que haya palabras acertadas o desacertadas que una guerra que dispara con precisión con las armas o en los debates políticos.
EL PAÍS
