El fuego lento es garantía de calidad en muchas disciplinas, pero sus efectos en el cine pocas veces se distinguen y celebran. Leer
El fuego lento es garantía de calidad en muchas disciplinas, pero sus efectos en el cine pocas veces se distinguen y celebran. Leer
¿Cuándo es una película grande y cuándo es pequeña? La respuesta más simple se da consultando el presupuesto, algo que el cine pone especialmente fácil. Pero no vamos a caer en esa bajeza, ¿no? Nadie se siente civilizado sugiriendo que las diez películas más grandes de todos los tiempos sean las diez más caras. Lo siguiente sería proponer que el tamaño de una película se calcule a partir de la cantidad y variedad de elementos que van circulando ante la cámara. Así, una película con tres personajes de entrada es más pequeña que una con cinco y una película con diez escenarios ya es diez veces más grande que una rodada contra el mismo horizonte. Pero el cinéfilo seguiría quedando en ridículo ante los amantes de las otras artes. Porque nadie cuenta el número de manzanas pintadas en un bodegón ni la cantidad de calles descritas en una novela. Todos intuimos que el plato de cocina que hay que pedir con un día de antelación es más grande que el que nos sirven en cinco minutos, aunque los dos pesen lo mismo, porque añadimos a la ecuación las horas de dedicación que requiere la obra. El fuego lento es garantía de calidad en muchas disciplinas, pero sus efectos en el cine pocas veces se distinguen y celebran. De hecho, el autor que se toma su tiempo puede acabar despertanto sospechas y desprecio entre la prensa y la industria, que a veces comparten la misma prisa.. Anoche conquisté Tebas, de Gabriel Ortiz, una de las películas más grandes que se han estrenado en lo que vamos de década, es una película de romanos y viajes en el tiempo. También funciona como un concentrado de esa trilogía de Richard Linklater que transcurría antes del amanecer, del atardecer y la medianoche, con un añadido espectacular: la presencia en su totalidad y en estricto tiempo real, sin trucos de montaje, del mismísimo amanecer, el mismísimo atardecer y, por último, pero no menos importante, la mismísima medianoche. Los personajes también se abren en canal, pero como sucedía en Mixtape (2026), la obra más citada en esta columna por la razón que sea, los sentimientos que se ponen en bandeja trascienden los límites del amor o la amistad. Pertenecen a una categoría a la que no hemos querido poner nombre, las emociones más grandes que uno mismo, que irrumpen cuando llega el fin de curso o el comienzo de una guerra. Esos momentos en los que se puede escuchar el presente agotándose y la persona que nos acompaña hasta las tantas, quizás por última vez, es lo único que se distingue en la oscuridad. Gabriel Ortiz y los suyos han invertido cinco años y pico en una labor monumental: describir en detalle qué salió de nuestra boca durante aquella noche y bajo qué específico firmamento.
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