Me sobra lenguaje para poder llegar a lo que quisiera. Lo que sí puedo contar es cómo salimos todos de ‘Las gratitudes’, llorando Leer
Me sobra lenguaje para poder llegar a lo que quisiera. Lo que sí puedo contar es cómo salimos todos de ‘Las gratitudes’, llorando Leer
Hace unos meses le dio un ictus a mi abuela. Como mujer casi centenaria que ha vivido de todo, se recuperó inesperadamente. Recuperó el andar, el movimiento y recuperó el lenguaje, aunque no todas las palabras y, a veces, todavía le cuesta decir las cosas. Lo que no llegó a recuperar es la visión. El otro día le pregunté cómo estaba, si veía un poco más y ella, señalándome el ojo izquierdo para explicármelo bien, me dijo que no, que ya no veía nada, que estaba desesperada y añadió, después de un rato intentando encontrar las palabras: «Es que no me ha dado la luz que yo merecía». No sé qué quería decir mi abuela cuando dijo aquello, pero sé lo que terminó diciendo. También sé que la ceguera no le impidió llegar al centro del lenguaje. Al lugar donde se articulan nuestros anhelos.. El sábado fui al teatro y salí llorando. No recuerdo haber llorado antes con ninguna obra. Emocionarme sí, emocionarme mucho. ¿Pero llorar? Una chica se rompió un par de asientos más allá y su llanto inundó toda La Abadía. Estábamos viendo Las gratitudes, la adaptación de la novela homónima de Delphine de Vigan, que han llevado a escena Marta Betoldi y Juan Carlos Fisher.. En Las gratitudes, la anciana protagonista Michka va perdiendo el lenguaje por una afasia. Está en una residencia acompañada de su logopeda y de una chica que no es su hija, pero como si lo fuera. Las palabras se le trastocan. Dice «resistentes», cuando quiere decir «residentes». Dice «suenan las almas», cuando quiere decir que sonaron las alarmas. Su único deseo es encontrar a las personas que la salvaron de la guerra cuando era niña para poder darles las gracias, antes de perder el lenguaje para siempre. Es una de mis novelas favoritas. Cuando la leí, me di cuenta de que era una de esas novelas que iban a cambiarme la vida, que iban a enseñarme a ser un poco mejor. Me aferré a ella, le hablé de ella a todo el mundo, la llevé de la mano. Y un día se la regalé a la psicóloga que me salvó cuando yo quise desaparecer tanto.. No puedo explicar con mi lenguaje la magia que hicieron Gloria Muñoz, Macarena Sanz y Rómulo Assereto en el teatro, cómo se apropiaron de los personajes y crearon una intimidad única y tiernísima. Me sobra lenguaje para poder llegar a decir lo que quisiera. Lo que sí puedo contar es cómo salimos de ahí todos, llorando por esas palabras de agradecimiento que nos quedan por decir y por algunas que, desgraciadamente, ya nunca diremos. Cómo salimos sintiéndonos un poco mejor, rodeados de esa luz que tanto nos merecemos.
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