Isabel Peña, Eduardo Villanueva, Elena Martín y Sandra Romero relatan la evolución de la trata ilegal de mujeres y de la prostitución desde su gran bum a finales de los años 90 Leer
Isabel Peña, Eduardo Villanueva, Elena Martín y Sandra Romero relatan la evolución de la trata ilegal de mujeres y de la prostitución desde su gran bum a finales de los años 90 Leer
Prostíbulo, burdel, mancebía, lupanar, puticlub, romería, quilombo, casa de putas, putería, chongo… El español, el idioma, es versátil, ocurrente, original y rico, y el español, el hombre, es putero. Así lo dicen tanto el acerbo popular como la academia —la Real de la Lengua para ser precisos—, sin descuidar distintos estudios que afirman que España es uno de los principales consumidores de prostitución en Europa, con estimaciones que sitúan entre 100.000 y 150.000 las mujeres explotadas o víctimas del lenocinio (otro sinónimo más). Digamos que éste es el contexto. España es putera.. La Nacional 401 une Toledo con Ciudad Real. Es ahí, en un punto sin identificar del todo, donde arranca El castillo. «El tráfico es constante», se lee en el guion. «Un hombre fuma y mira un edificio abandonado con el cartel de una inmobiliaria», continúa el libreto. Ese hombre —descrito como «corpulento, feo, manipulador, expansivo y analfabeto»— ronda los 40 años, se hace llamar Suizo y es encarnado por un inédito Raúl Arévalo que aparece con el cráneo rapado, con casi 20 kilos sobre su peso habitual y con una perilla que recuerda al inefable Walter White. Inmenso, intimidante. Esa es la primera impresión que recibirá el espectador a la vuelta del verano, cuando se estrene en Movistar+ Plus la serie creada por Isabel Peña y Eduardo Villanueva y que dirigen Elena Martín y Sandra Romero. Los dos primeros son socios, coguionistas y cómplices de Rodrigo Sorogoyen (juntos idearon, entre más cosas, Antidisturbios); la tercera es responsable de películas tan crudas y vibrantes como Creatura, y la cuarta, que no necesariamente última, sorprendió en 2024 con un debut de pedernal en el cine Por donde pasa el silencio. La serie, basada en el libro de Mabel Lozano El proxeneta, se empezó a filmar en noviembre de 2025 y ahora, a finales de marzo del año siguiente, se encamina a su última semana de rodaje más tres días de trabajo en Cali, Colombia.. El lugar preciso de la acción hoy ha cambiado desde aquella primera indicación del guion, pero se diría que el paisaje permanece idéntico. Ahora, un viernes de finales de marzo, estamos cerca de Santa Olalla, en la provincia de Toledo, pero en la carretera de Extremadura, que no en la N-401. Siempre en La Mancha, tierra de molinos… y de puticlubs. El tráfico sigue siendo constante con su monocorde y sucio aliento de asfalto y vómito. El edificio abandonado que antes fue burdel (Joy, se lee en el hueco fantasmal de unas letras inexistentes) es ahora un improvisado plató convertido en, precisamente, otro burdel. Suizo-Arévalo sigue ahí en un remozado e imaginario Club Zamora. Y, enfrente de él y de todo el equipo de la serie, otro prostíbulo, mancebía, lupanar, puticlub, romería, quilombo, casa de putas, putería, chongo…, como se quiera. Éste, perfectamente real, perfectamente activo, perfectamente lleno de coches a su vera y tan perfectamente español como el toro de Osborne que se adivina en el horizonte unos kilómetros más allá. Se llama Hey. Debajo del rotulo se lee: «Entre y verá». Un burdel falso para una serie que cuenta una historia verdadera y, al otro lado de la autopista, un burdel verdadero que cobija, con toda probabilidad, un grupo de vidas fracturadas y, por ello, falsas en su sentido genuino. «Lo que no queremos», precisa Villanueva, «es dar dinero al negocio de la trata. Podríamos rodar en los locales ahora mismo abiertos, pero preferimos crear de cero, o casi, los decorados». Puticlubs abandonados que remozar y convertir en escenario no faltan. Digamos que éste es el contexto. La España putera.. En la orden de rodaje, se lee, a modo de encabezamiento, Edén. Ese es el título de trabajo, que no original. Hace referencia al nombre de uno de la media docena de locales entre los que discurre la serie. Hasta que se cambió por el definitivo. «El castillo», explica Peña, «habla de un sistema establecido y muy viejo que nadie es capaz de tirar abajo. Por otro lado, designa algo muy masculino, en el que un rey lo domina todo. Es fácil entrar y muy complicado salir». Tiene sentido. A su lado, Villanueva le da la razón y añade un campo semántico más al poderío feudal del nombre: «Las mujeres captadas, todas vulnerables y menores, en países de Sudamérica como Colombia llegaban, y llegan, convencidas de venir a trabajar a un país moderno y, cuando aterrizan en uno de los locales de carretera de La Mancha o de la costa de Valencia, una de las imágenes que más les llaman la atención es la de esos castillos que jalonan el paisaje, que apelan a un pasado de conquistadores y colonización, y que se presentan como fortalezas inexpugnables. Al fin y al cabo, la trata de mujeres es otra forma de colonización». Vuelve a tener sentido.. Raúl Arévalo, Laia Marull y Omar Ayuso en el rodaje de El castillo.. Para situarnos, la serie discurre a finales de los años 90. Lo explica justo al final de la primera de las seis entregas un rótulo: «El primer macroburdel de España se empezó a construir en 1999. No existen datos oficiales del número de mujeres de deuda [en referencia al sistema para retenerlas] que han llegado a nuestro país entre 1996 y 2023. La trata ilegal de mujeres no se consideró delito en España hasta 2010». Digamos que este es el contexto. Toda la aventura, que también es revelación de una palmaria injusticia, discurre en tres escenarios con tres protagonistas en cada uno de ellos. Suizo-Arévalo encarna al proxeneta que en la España del boom —en la España del «España va bien y del volquete de putas»— descubre la posibilidad del más rentable (y ni siquiera fuera de la ley del todo) de los negocios. Claudia, a la que da vida la actriz colombiana, debutante y auténtico descubrimiento Valentina Vidal, guía el relato de la verdadera protagonista, la víctima. Y luego está la trama policial, la que animan Omar Ayuso y Laia Marull desde la UCRIF (Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal y Falsedades Documentales), que pasa de cuerpo despreciado y apodado «el de las putas» a auténtico vengador del mayor y más cruel de los delitos.. El sistema, el de la deuda, es sencillo. Y cruel muy cerca de la esclavitud. Una mujer, probablemente menor y con toda seguridad en situación de indefensión, es tentada a viajar a Europa para allí, hacer dinero y devolver algo de prosperidad a los suyos. Todos los gastos pagados. La libertad llegará cuando, en efecto, abone una deuda que crece, y crece. «Los países de procedencia», explica Villanueva, «van cambiado. Primero, la mayoría de las mujeres venían de Colombia. Cuando limitaron la emigración dentro del espacio Schengen por culpa de narcotráfico colombiano, fue Panamá. Antes Brasil. Siempre Nigeria y Rumanía. Digamos que para los proxenetas trabajan abogados que ven el telediario». «El problema», habla ahora Isabel Peña, «es general. Esto no va de buenos y malos. Esto va de pobreza y de un sistema que convierte todo en mercancía y, especialmente, el cuerpo de la mujer. Llámalo patriarcado, capitalismo o las dos cosas juntas». Queda claro. Queda la deuda.. «Esto no va de buenos y malos. Esto va de pobreza y de un sistema que convierte todo en mercancía y, especialmente, el cuerpo de la mujer. Llámalo patriarcado, capitalismo o las dos cosas juntas». «Recuerdo», comenta Elena Martín, «que cuando me llamaron para incorporarme, lo primero que confesé es que no creía que fuera la persona adecuada. No me veía repitiendo los tópicos de una historia demasiadas veces contada y siempre de la misma manera. Y eso, mis dudas, es lo que precisamente le gustó a Isabel y Eduardo. Cuando leí el guion, también vi que las cosas se contaban de otra manera. Esta serie no va de sexo. La vida dentro de los burdeles no tiene nada de erótico. El mismo sitio en el que duermen las mujeres es donde trabajan. Los zapatos de tacón y los rollos de papel higiénico conviven con las zapatillas de Hello Kitty. Es tierno y desolador a la vez». Pausa. Y es ahora cuando la directora explica lo que podría considerarse el libro de estilo de todo esto: «Lo que se ha procurado es no romantizar ni al criminal ni a la prostitución. Detrás de este negocio, siempre hay alguien que sufre. Éramos conscientes de que demasiado verismo se podía interpretar como un deseo casi obsceno de epatar al espectador. Pero, por otro lado, todo tiene que resultar veraz. Sin estetizar nada, es muy fácil caer en el feísmo porque sí. Y no es eso», comenta didáctica minutos antes de ser llamada al set para la siguiente escena. «El compromiso con la verdad te salva de ser paternalista con los clubes», añade a la carrera y para despejar las dudas de antes Fran Bassi, el director de arte.. Sobre la barra del ficticio club Zamora, Claudia-Valentina se acerca al propietario del local para anunciarle su firme voluntad de dejarlo. No sabe cómo reaccionará el proxeneta, pues eso es pese a que se autopresente como empresario de la noche. Se respira tensión en una escena entre el miedo, la vergüenza y la liberación. «Lo más importante», toma la palabra Omar Ayuso, «es no dejarse llevar por el estereotipo. Putas, policías y chulos. Es imposible imaginar tres clichés más evidentes en la historia del cine y de la tele. Y, sin embargo, cada uno de ellos son, de alguna manera, tipos de personas muy normales». A su lado, Arévalo, ya desvestido de Suizo, le da la razón. «Mi personaje, por ejemplo, no es un villano en el sentido tradicional. Él es un hombre cualquiera que, desde su concepción machista de la época, ni siquiera tiene claro que esté haciendo nada malo. Hablamos de un delito que ni siquiera se consideró delito hasta hace nada. De alguna manera, desde la mentalidad de los 90, es relativamente fácil identificarse con él. Y es eso lo que da miedo», dice. «Siempre que se habla de prostitución, se piensa en top models y camioneros desaseados tipo Torrente. Y no es así, todo es mucho más natural», insiste ahora Isabel Peña por aquello de cerrar la conversación con un escalofrío. Es decir, y por continuar el razonamiento, Suizo es un monstruo, sí, pero demasiado parecido a cualquiera de nosotros. Digamos que éste es el contexto.. Valentina Vidal en un momento del rodaje de El castillo.. Para la directora de fotografía de la serie, el reto es mirar donde han mirado tantos y tantas películas, pero con otra mirada. Alana Mejía dice haber rellenado antes de iniciar el rodaje una carpeta entera con todo lo que no se podía hacer. Algo así como la carpeta Anti Pretty Woman. «Ayuda saber exactamente en lo que no hay que caer para dar con lo que quieres», dice. Podría decirse que buena parte el trabajo ya estaba medio organizada después del rodaje junto a Elena de Creatura [la cinta que rodaran juntas en 2023] que iba exactamente de eso, del cuerpo de la mujer contemplado desde otros ojos más justos, más ciertos, más transparentes y civilizados. «Hay una serie de constantes siempre que se retrata el cuerpo de la mujer en contextos, digamos, eróticos. Hay una obsesión, en primer lugar, por fragmentarlo: aquí el tobillo, aquí el culo, aquí los labios… Como si se despiezara. Por otro lado, hay un plano recurrente en el que aparece el plano del hombre mientras mira una parte del cuerpo de la mujer, las piernas o las tetas. Digamos que de todo eso hemos huido», concluye medio rotunda, medio orgullosa incluso.. El capítulo primero acaba con una serie de acotaciones casi impresionistas: «Obreros extranjeros y maquinaria de construcción. Están colocando un enorme cartel luminoso: Club La Playa. Suizo fuma y observa cómo avanzan las obras de su gran proyecto: el macro burdel más grande de España. Apura su cigarro y emprende la marcha hacia su coche. Dentro espera Alison (20, colombiana). Acaba de recogerla del aeropuerto. El negocio no se detiene». Mientras, ya avanzada la tarde, el puticlub Hey, justo en enfrente del set de rodaje, enciende las luces. Arranca la jornada. «Entre y verá», se lee. No es ficción. Prostíbulo, burdel, mancebía, lupanar, puticlub, romería, quilombo, casa de putas, putería, chongo… Digamos que éste es el contexto.
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